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miércoles, 25 de octubre de 2017
jueves, 5 de octubre de 2017
para seguir pensando INFANCIA: jugar
Se tapa la cara con un pañuelo azul, y dice que no está. Se cae el pañuelo y mi hija aparece, porque la iluminación en un escenario no es real. Hay un redondel de luz que se mueve dentro y fuera de lo que estamos viendo, y todo lo que allí pase va a ser aceptado, como quien acepta la historia. Mi hija aparece tras el pañuelo azul; su cara se ilumina como en cualquier escenario, y ahora dice que está, como quien confirma la magia.
Irene Gruss
perspectivas constructivistas: Piaget
Piaget plantea que la acción del sujeto es la que determina lo que conoce, y sólo conoce en los límites de lo que el sujeto puede hacer.
para seguir pensando infancia: orígenes de la espontaneidad
ORIGENES DE LA ESPONTANEIDAD
Los bebés saben jugar
Una singular experiencia clínica en la década de 1940 rebatió un paradigma clásico: el de que primero está la necesidad de comer y sólo después el deseo de jugar. Pero en ese momento no se extrajeron todas las consecuencias posibles. El psicoanalista René Spitz descubrió entonces lo que conocemos como “hospitalismo”. Se trataba de bebés internados, por prematurez u otros accidentes tempranos, en buenos hospitales, que contaban con la mejor tecnología de la época: a salvo de infecciones, bien balanceada su alimentación: sin embargo, enfermaban y hasta morían; su crecimiento se detenía, perdían peso, exhibían un comportamiento compatible con la palabra depresión. ¿Qué sucedía? Spitz apuntó al hecho de que esos bebés recibían de todo, sí, menos trato y contacto humano; bien manipulados en tanto objetos-organismos, nadie los pensaba como subjetividades, nadie se vinculaba con ellos afectivamente; dicho de otra manera, nadie jugaba con ellos.
El modo de que dispongo para relacionarme en serio con un bebé es jugando con él de alguna manera. Los adultos que “no saben” jugar con los bebés son impotentes para conectarse con ellos; deben esperar a que el chico hable, y bastante, para poder acercarse. Los que sí “saben” son instintivamente diestros en jugar con ellos, incluso con la voz: los bebés no hablan, pero les gustan los juegos musicales y se incorporan a ellos enseguida. Saber estar con un bebé es saber jugar con él y esto es desde el principio. Cuando un recién nacido no se prende al pezón, algo falla en ese encuentro y regularmente hallaremos una madre tensa, que “no sabe” manipular su pezón como un juguete.
Spitz no llegó a advertir lo que sí advirtió Donald Winnicott: no hay necesidad más perentoria que la necesidad de otro, y esta necesidad tiene curso adecuado en la experiencia de jugar con otro. Supongamos que observo a un bebé: hay una cosa, y sólo una, que me dará la pauta de que no estoy en presencia de un mero organismo, limitado a comer, llorar, dormir y cosas así: es descubrir, acaso en un momento fugaz, que juega. El que juegue excede su naturaleza de organismo; jugar no es un capítulo de la biología (sí de la etología y, sobre todo, de la primatología). No puedo justificar el que juegue apelando a ninguna necesidad “básica” o “biológica” tradicionalmente considerada, no responde a ninguna “apetencia” concreta determinable como tal. Otro punto decisivo: no se lo enseñó nadie. El deseo de jugar, la necesidad de jugar, la emergencia espontánea del jugar es una emergencia incondicionada, impredecible, irreductible. Esto es particularmente incómodo para el adulto, acostumbrado a pensar, adultocéntricamente, que él “da” y el pequeño “recibe”. Ciertamente, él juega con (si todo anda bien), pero no le “dio” eso al bebé, eso que hace que cualquier cosa –un sonido, un botón, un pezón– devenga objeto de juego.
A esta emergencia incondicionada, originaria sin origen, siguiendo a Winnicott la denominamos espontaneidad. No en el sentido corriente de que alguien “haga lo que quiere”, sino de que haga algo que nadie “quiere”, que nadie tenía previsto. Le cambio los pañales: bien pronto descubre lo divertido que es patalear, no quedarse quieto, desacomodando todo lo que intenta hacer la madre. Esto no estaba previsto en el encuadre adulto de los cuidados, donde el juego siempre es inoportuno e innecesario. Pero el ser humano empieza por necesitar eso innecesario y el no quedarse quieto es capital. Jugar es no quedarse quieto.
(...)
Jugar no es un hecho entre tantos otros: es el hecho capital de la existencia psíquica en su emerger. Es la manera originaria de subjetivarse: mucho antes de poder decir “yo”, el bebé se subjetiva cuando cuando agarra algo con decisión, para jugar con eso.
Ricardo Rodulfo, psicoanalista
para seguir pensando la clínica
ETICA Y PSIQUIATRÍA*
Alain Badiou
¿Cuál es la concepción de la ética hoy en día? Es una concepción negativa, dominada por el problema del mal y por la figura de la víctima. Auxiliar a las víctimas, asegurar los derechos del hombre contra el sufrimiento: tal es el contenido concreto de la ética. El imperativo ético se aplica teniendo como referencia el espectáculo del mal; su única función es impedir ese espectáculo. Pienso en la bella fórmula de Paul Ricoeur: "el sufrimiento obliga". La ética se basa en la obligación derivada del hecho de que el sufrimiento es un dato inequívoco. Este, en efecto, es el principio de las legislaciones, y también de las intervenciones humanitarias en los lugares donde la guerra y la tiranía devastan la vida y la dignidad de las personas.
Así, en el documento de la comisión de ética de los psiquiatras europeos leo la siguiente declaración: "Nadie puede ser sometido a tortura, a castigos o tratamientos inhumanos o degradantes". Solo cabe estar absolutamente de acuerdo con esta máxima clara. Pero la palabra "inhumano" retiene forzosamente la atención del filósofo. ¿Qué es lo inhumano? ¿Sería racional identificar al hombre de una manera esencialmente negativa, por el conjunto de sufrimientos y maleficios que es posible infligirle?
Con lo inhumano como referencia no se responde a nuestra pregunta inicial, que subsiste agravada. Es en este punto que se impone la referencia al trastorno mental, a la locura, a la psiquiatría. Pues si la experiencia de lo inhumano es clara, y la de lo humano oscura; si lo humano es lo que delimita el punto de aplicación de los derechos del hombre; si el hombre es una negación doble (lo que no es inhumano), entonces la locura le plantea al pensamiento ético un interrogante que hay que tener en cuenta.
La pregunta sería: si es lo inhumano lo que les da todo su peso de evidencia y de experiencia a los derechos del hombre, ¿no corremos el nesgo de repetir el gesto de exclusión del cual Foucault, en su Historia de la locura, mostró todo el poder? Si lo humano es la negación de lo inhumano, cabría temer que la locura penetre en el campo de lo que lo humano no puede reconocer como propio.
¿Qué relación existe entre la locura y la experiencia de lo inhumano? Toda la historia de la psiquiatría demuestra que tales preguntas apuntan a cuestiones decisivas.
En la relación con los locos, la ética impone que se reconozca que son hombres. Pero como en ellos está afectado el pensamiento, y a veces hasta la desorganización extrema, es preciso renunciar a decir que es el pensamiento operante y claro lo que define la humanidad del hombre. ¿No volveríamos de este modo a una definición puramente biológica del hombre, reduciendo la locura a la condición de una simple enfermedad orgánica? En resumen, el hombre no sería más que una salud normal, y la locura, una deficiencia del cuerpo.
Supongamos que la locura sea en el hombre la desaparición de su humanidad ¿Que límite habría que fijarle entonces al tratamiento de esa deshumanización? El horroroso exterminio de los enfermos mentales por parte de los nazis demostró hasta donde podía llegar este celo higienista, que lleva la humanidad a una estricta definición normativa y biológica, a su vez construida según una cierta idea de lo inhumano.
Este ejemplo es muy importante. Un filosofo francés, Philippe Lacoue-Labarthe, provocó un escándalo hace algunos años al declarar que el nazismo había sido un humanismo. ¿Qué quiso decir? Quiso decir que la política nazi definía explícitamente lo humano a partir de lo inhumano y que, para ella, la realización racial de los arios se construía a partir de la subhumanidad judía. Los nazis sostenían que la vida digna y creadora del alemán normal era la negación de la vida obscura y vana del loco. Estaban convencidos de que lo humano solo se afirma por su negación, y de que era preciso eliminar de la humanidad todo lo que ella incluía de subhumanidad (los judíos) o de inhumanidad (los locos). Los nazis extrajeron las consecuencias mortíferas de una teoría ya presente en la razón clásica: si la vida del loco es inhumana, debe ser tratada como tratamos todo que es inhumano, por el dominio, el encarcelamiento o la eliminación.
No basta con decir que los nazis definían lo inhumano de modo arbitrario. Sin duda, declarar inhumano al judío era una construcción irracional y criminosa. Pero detrás subsistía el esquema de la negación: afirmar lo humano contra lo inhumano, afirmar la razón normal contra la locura.
Creo que es necesario terminar definitivamente con ese esquema. Es preciso determinar la meditación ética por una definición positiva de la humanidad del hombre, que no sea, sin embargo, una definición biológica. Diría más: es necesario que esta definición abarque incluso lo inhumano, aquello que está más allá del animal humano. La locura, si bien la consideramos una enfermedad, puede también pensarse como una dimensión posible de la experiencia humana, como esa verdad ofuscante y ciega de la cual Edipo, al final de la obra de Sófocles, da el mayor testimonio.
Para esto es necesario romper con la concepción victimista del hombre y de sus derechos, y dejar de pensar que la figura humana solo se perfila entre la víctima y la compasión por la víctima. La humanidad es sin duda una especie animal. Es mortal y cruel. Pero ni la mortalidad ni la crueldad pueden definir la singularidad humana en el mundo de los vivos. El hombre, como verdugo, es una abyección animal. Pero (y hay que tener coraje para decirlo) como víctima no vale por lo general más que el verdugo. Todos los relatos de los torturados que se salvaron demuestran que si los verdugos pudieron tratar a sus víctimas como animales, fue porque las víctimas se convirtieron sencillamente en animales. Para obtener el efecto consabido, el verdugo hizo lo que tenía que hacer. Algunos, sin embargo, siguen siendo hombres y lo testimonian; siempre en virtud de un esfuerzo inaudito. En ellos se resiste algo que no coincide con la identidad de víctima. Allí está el Hombre, en aquello que hace que él se obstine en seguir siendo lo que él es. Ó sea, algo diferente de una víctima, de un ser-para-la-muerte y, entonces, algo distinto de un mortal. Un inmortal: eso es verdaderamente el Hombre en las peores situaciones.
El derecho del Hombre es en primer lugar el derecho a la resistencia humana. Al final, todos morimos y solo queda polvo. Pero hay una identidad del Hombre como inmortal en el momento en que afirma lo que es contra el querer-ser-un-animal al que lo expone la circunstancia. Todo hombre puede ser inmortal, en las grandes o pequeñas circunstancias, por una verdad importante o secundaria, poco importa. En todos los casos la subjetivación es inmortal y hace al Hombre. Fuera de ella existe solamente una especie biológica sin singularidad. Fuera de ella existe solo una especie biológica sin singularidad.
De modo que la locura se puede pensar en dos direcciones. La locura es esa dimensión de la experiencia humana en la que la subjetivación es imposible, y loco es aquel en quien la posibilidad de lo inmortal está bloqueada por una irremediable resistencia del ser-para-la-muerte. Pero también se puede decir, con una visión heroica de la locura, que ella es una subjetivación excesiva, una inmortalidad inerte, en la que la capacidad para la vida ordinaria de lo mortal humano se ha vuelto imposible. En todos los casos se trata de la humanidad ante la prueba de la subjetivación; la locura circula, como toda experiencia, entre los intereses ordinarios del animal humano y los intereses extraordinarios del inmortal en que este animal puede convertirse. Digamos que la locura es una desregulación de esta circulación paradójica, paradoja que es la propia subjetivación.
Esta desregulación ¿es una enfermedad? Sin duda. Una enfermedad de lo que, en el animal humano, autoriza que él se convierte en sujeto. En consecuencia, la ética nos prohíbe considerar la enfermedad, la locura, como lo que colocaría el ser humano fuera del devenir-sujeto en el que lo humano se realiza. La ética nos lleva a pensar la locura como un proceso singular que impide o exalta excesivamente el devenir-sujeto. La locura será entonces un limite de la experiencia, y no su negación. A veces el límite inferior, por el bloqueo y estancamiento repetitivo, otras veces un límite superior, por el exceso y la fijación en el exceso.
Lo que es imperativo conservar es la idea de una subjetivación siempre posible, de la cual la locura es una simple imposibilidad contingente. La psiquiatría debe consagrar su pensamiento y su acción únicamente a los mecanismos singulares de esta imposibilidad. Debe ser, en la perspectiva de la gran tradición clínica, una teoría del proceso patológico y un intento obstinado de interrumpir su curso. Para el psiquiatra, la posibilidad del inmortal no mortal, del sujeto no animal, debe ser un axioma absoluto. Sean cuales fueren los desgastes de la presión mortífera del delirio o la depresión, la posibilidad de la subjetivación debe afirmarse sin restricciones.
Uno de los enunciados de la Comisión de Ética Psiquiátrica Europea es, en este punto, bastante inadecuado. Este enunciado declara que el psiquiatra debe tratar con pasión, no la enfermedad, sino al enfermo. No estoy seguro de esto. Pues ¿qué es un enfermo, sino un animal humano atrapado en el proceso patológico? ¿Qué es un loco, sino un sujeto en el cual la subjetividad está desregulada? Tratar con pasión a un enfermo, ¿no significa considerarlo, no un enfermo, sino alguien a quien le atañe el axioma de la humanidad, la capacidad de ser un inmortal, pero que está, provisionalmente y por razones contingentes, separado de sus propias capacidades?
En un pronunciamiento célebre, el profesor Hamburger dijo que el enfermo no necesita la compasión del médico, sino su capacidad. Yo interpreto esta máxima como que el médico no es un especialista en la humanidad de los hombres, y no le corresponde divagar, legislar sobre la diferencia entre el animal humano y su capacidad para la subjetivación. La ética psiquiátrica solo puede suponer la igualdad absoluta de las personas en los términos de la subjetivación posible; en particular, la igualdad de los locos y los no locos. Pero esta igualdad de los posibles transciende la competencia específica del psiquiatra. Esta competencia consiste en examinar una situación de imposibilidad contingente, y en trabajar con todos los medios disponibles, para transformarla.
El imperativo del médico, fijado con claridad desde Hipócrates, es simple y fue enunciado como sigue: "Haz todo que está en tu poder para que sea de nuevo posible lo que es provisionalmente imposible, pero de lo cual todo humano es declarado axiomáticamente capaz". Es verdad que el psiquiatra lidia con los límites internos de la subjetivación. Su imperativo propio es entonces: "Haz todo lo que está en tu poder para que desaparezcan el estereotipo excesivo o la fijación regresiva que bloquean en este animal humano la humanidad afirmativa de la cual él es capaz".
Según esta lógica, los psiquiatras tienen hoy una gran responsabilidad, pues nuestro tiempo es cruel, y no mide las capacidades en los términos de la afirmación subjetiva. Yo diría que nuestro tiempo privilegia las capacidades operatorias, es decir animales, en el sentido de la competencia y la supervivencia, y exalta la eficiencia al servicio de los intereses. El loco y el viejo, es preciso decirlo, no se adaptan a estas normas crueles.
El psiquiatra es quizás, ante todo, el guardián y el defensor de una idea fundamental: la idea de la locura como límite interior de la capacidad humana. El psiquiatra nos dice, porque él lo sabe en su vida cotidiana, que el loco está entre nosotros, como señal a veces desesperada, como imagen invertida pero necesaria de aquello de lo que somos capaces.
La ética psiquiátrica debe medir todos los días la distancia entre lo que puede un sujeto y lo que, de este poder, él es capaz de querer. Es necesario no ceder nunca, en nombre de las impotencias de la voluntad, en cuanto a la posibilidad de lo posible. El enemigo del psiquiatra es la idea del loco definitivo, del incurable, proscripto para siempre de la ciudad, del mismo modo que el enemigo del geriatra es la idea del viejo irreversiblemente impotente y condenado.
La enfermedad es una situación. La posición ética no renunciará jamás a buscar en esa situación una posibilidad hasta entonces inadvertida. Aunque esa posibilidad sea ínfima. Lo ético es movilizar, para activar esa posibilidad minúscula, todos los medios intelectuales y técnicos disponibles. Solo hay ética si el psiquiatra, día tras día, confrontado a las apariencias de lo imposible, no deja de ser un creador de posibilidades.
Contra la fijación, contra la regresión mortal, el psiquiatra pone la ciencia al servicio del más pequeño movimiento, del más sutil progreso. Nunca desespera, no pierde la esperanza de una vida afirmativa, y en la situación de mayor derrumbe trata de pensar y activar un lugar, una falla, un pliegue donde la posibilidad de subjetivación sea todavía legible. Contra el proceso patológico, el psiquiatra defiende el camino que lleva de la desestructuración angustiante a algunas posibilidades múltiples. Para hacerlo necesitará el coraje de enfrentar la inhumanidad de lo imposible; deberá tener el arte de discernir las posibilidades mínimas de lo posible. Finalmente, recordará que es el portador del axioma de la igualdad, entre locos y no locos, y que este axioma no es suyo, sino de toda la humanidad. Contra la tentación de ser un maestro o un cura, observará la más rigurosa reserva. Coraje, discernimiento y reserva: tales son las virtudes del psiquiatra.
* Este texto (publicado en castellano en Alain Badiou, “Reflexiones sobre nuestro tiempo”, Ediciones del Cifrado, Buenos Aires, 2000) reúne las palabras pronunciadas por Alain Badiou en su conferencia de apertura del XIV Congreso Brasileño de Psiquiatría, realizado en noviembre de 1996.
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