miércoles, 29 de junio de 2016

parcial recuperatorio - cursantes no pasantes

ABREGU Silvina       Aprobado +
MAURICIO Estefanía    Aprobado +
MUÑOZ Mariana         Aprobado

para seguir pensando narración y subjetividad (III)

ELLEN DUTHIE PRESENTA MUNDO CRUEL, SU LIBRO DE “FILOSOFIA VISUAL PARA NIÑOS”

“La crueldad es algo muy interesante”

Publicado originalmente en España y editado aquí por iamiqué, Mundo cruel está hecho de preguntas, para las cuales nunca cabe una respuesta única. Un libro creado para chicos, pero que deja pensando, y haciendo más preguntas, a lectores de todas las edades.






¿Matar hormigas te parece cruel? ¿Sienten dolor las hormigas? ¿Sienten miedo? ¿Importa? ¿Te gusta ir al zoológico? ¿Y te gustaría vivir en uno? ¿Hay alguna diferencia entre comer pollo y comer gato? ¿Es cruel hacer vivir a un perro grande en un departamento chico? ¿Qué es “portarse bien” cuando hablamos de perros? ¿Y cuando hablamos de niños? De estas y otras preguntas por el estilo está hecho Mundo cruel, el libro que escribió la filósofa Ellen Duthie e ilustró Daniela Martagón, publicado originalmente en España y editado ahora aquí por iamiqué. Se trata de un libro hecho exclusivamente de preguntas. Ninguna plantea una respuesta, a ninguna le cabe una respuesta única. Allí radica gran parte del encanto y valor de este libro creado para chicos, pero que deja pensando –y haciendo más preguntas– a lectores de todas las edades.
Mundo cruel es uno de los títulos de la serie de “filosofía visual para niños” bien bautizada Wonder Ponder: la traducción abarca el preguntarse y el asombrarse. Pensado para lectores a partir de unos siete u ocho años, parte de escenas un poco divertidas y un poco paradójicas, planteadas con un trazo simple, casi infantil, para luego dejar una cantidad de preguntas que, por su disposición, vuelven circular al libro, obligando a muchos puntos de vista. Un adulto que queda engrillado en un sótano, castigado por tres niños; roedores gigantes de guardapolvo blanco que experimentan con niños cautivos; adultos que se ríen de otros adultos y niños que se ríen de otros más chicos, representan escenas que tienen algo en común: ponen en cuestión la idea de crueldad, de maldad y bondad de los seres humanos, y de los animales. Algunas de estas escenas son de lo más comunes: un perro gigante en un pequeño ambiente, un nene obligado a bañarse entre gritos y pataleos. Entonces, ¿es cruel obligar a alguien a hacer algo que no quiere hacer? ¿Bañarse, por ejemplo?
Duthie es de origen español, nacionalizada británica. Vivió en Reino Unido, Edimburgo y Madrid, donde trabajó como traductora y docente, en proyectos de filosofía con niños en instituciones públicas y privadas. Aquella experiencia práctica dio lugar, con el tiempo, a este proyecto. Mundo cruel nació en España, con versiones en español e inglés, se publicó también en Corea del Sur y ahora en la Argentina por iamiqué, un sello dedicado exclusivamente a producir libros informativos para chicos. Aunque en su formato original se plantea en una caja con láminas y un poster desplegable, en la Argentina se editó como un libro tradicional. “Nos encanta el formato original, pero seguimos muy de cerca el proceso de diseño del libro con las editoras de iamiqué y estamos muy contentas con el resultado. Creemos que han conseguido mantener el aspecto juguetón del original”, advierte la autora.

–¿Hubo alguna experiencia puntual que diera origen a Mundo cruel?

–Más bien fue una observación constatada en muchos momentos durante mi trabajo con chicos. Desde que son recién nacidos, los padres y madres se refieren a sus bebés en términos de bondad: “es muy bueno”, dicen cuando no llora. Un poco más tarde, dicen “es muy bueno” cuando sigue sin llorar, comparte sus juguetes y se come todo lo que hay en el plato sin rechistar. La distinción entre acciones buenas y malas, también entre personajes buenos y malos en los cuentos, es algo a lo que se expone a los niños desde bien chicos. Es natural, por tanto, que empiecen a interesarse por aprender a juzgar los actos propios y de los demás como malos o buenos, aceptables o inaceptables, crueles o amables. Prueban las reacciones de los demás ante su propio comportamiento, para testar los límites de lo aceptable. Observan esas acciones y las condenan o las aplauden, en imitación a las condenas y aplausos de los adultos. Muy pronto empiezan a detectar algunas de las contradicciones, arbitrariedades e injusticias que cometemos los adultos en nuestras condenas y nuestros aplausos, y las intentan comprender y desentrañar.

–¿Y qué suele decir ese discurso adulto sobre la crueldad?

–La crueldad y la maldad son temas que resultan incómodos de tratar con chicos, por lo que no se les suele dar oportunidad para explorar estos conceptos. El discurso de los adultos con los niños en materia de crueldad suele reducirse a una versión de “eso no se hace”. Pero la crueldad es muy interesante. Ellos quieren desentrañarla, comprenderla, saber dónde situarse frente a ella y preguntar sobre ella. Llevaba tiempo observando que los niños con los que trabajaba con frecuencia hacían preguntas o contaban historias que tocaban la crueldad de un modo u otro y no encontraba ningún material que me convenciera para abordarlo como quería.

–¿Cómo fue eligiendo las diferentes situaciones o dilemas abordados?

–Lo primero que hice, como suelo hacer antes de abordar cualquier tema con niños, es hacerme un mapa del concepto para mí misma. Primero pensé en los elementos básicos (víctima, agresor, relación de poder, etc.) a tener en cuenta cuando se piensa en la crueldad. Para cada uno de esos elementos, pienso en una serie de preguntas básicas. Luego, poniéndome en la piel de un niño, voy apuntando posibles situaciones que puedan resultarles familiares o reconocibles. Aquí tiro de mi propia experiencia como niña, de la de mi hijo y otros niños que conozco, o los niños con los que trabajo. Algunas de las escenas en las que pienso son muy concretas y detalladas: un zoo de un planeta alienígena donde hay un tigre y varios animales más y también un niño, todos ellos enjaulados. Otras, más generales: “una niña matando un bicho”, no especifico cómo, ni dónde ni con qué arma, ni con qué expresión facial… Con Daniela, la ilustradora, hablamos de las escenas y las vamos concretando; ella aporta su experiencia propia, igual que la editora del proyecto, Raquel Martínez Uña. Luego las enseñamos a niños y a adultos y observamos su reacción.

–¿Y modifican los libros en base a esta observación?

–Algunas veces sí, las escenas cambian o se descartan y se sustituyen por otras después de mostrárselas a los niños. Si les enseñamos una imagen y el diálogo se dispara en una dirección completamente imprevista, sabemos que no hemos conseguido lo que buscábamos. Pero lo cierto es que a veces, esa dirección sorprendente que no habíamos previsto resulta tremendamente interesante, a veces incluso más que la que habíamos planteado en un inicio. Hay casos concretos dentro de las escenas que finalmente se incluyeron en el libro que surgieron de esta forma.

–¿Encuentra diferencias en la recepción de acuerdo a las diferentes culturas en que se lee el libro?

–El caso más alejado culturalmente ha sido Corea del Sur y el trabajo con ellos ha sido interesante. Pensamos, por ejemplo, que la escena de la sopa de gato tendría una recepción distinta, ya que ahí es un debate más pegado a la realidad que en España. Pero precisamente quizás por eso les interesó especialmente. Otra cuestión que sugirieron fue la necesidad de calmar a los padres y profesores coreanos frente a la ausencia total de respuestas en el libro. Pero finalmente les convencimos de que ese nerviosismo no era en absoluto cultural, sino de lo más universal, y que la decisión de no dar respuestas era una parte esencial del proyecto.

–¿Hubo alguna devolución de lectores que les haya sorprendido especialmente?

–Una muy bonita surgió con la escena en la que una familia está a punto de sentarse a compartir una deliciosa sopa de gato. Al mostrarla, todos los niños y la mayoría de los adultos presentes reaccionaron con onomatopeyas diversas de asco. Pero una abuela que acompañaba a uno de los niños confesó que ella sí había comido gato, de pequeña, en la posguerra española, cuando otras carnes escaseaban. De repente, una escena que parecía del todo remota y culturalmente reprobable se convirtió en una experiencia real relatable y susceptible de ser compartida. Aquí la sorpresa no fue tanto para nosotras, sino para los propios niños y muchos de los adultos asistentes. Que nos cambien los esquemas que creíamos sólidos nos provoca asombro. Y el asombro es el gran motor de la pregunta y de la filosofía.
“Poniéndome en la piel de un niño, apunto situaciones que puedan serle familiares”, dice Duthie.

lunes, 27 de junio de 2016

domingo, 26 de junio de 2016

para seguir pensando narración y subjetividad

GRACIELA MONTES, ESCRITORA PARA CHICOS"Desde chiquito, todo lector es un rebelde, un insatisfecho"





¿Cómo crece una pasión? De la perplejidad, de la incertidumbre y hasta del aburrimiento nacen los lectores. Aceptan los riesgos de la literatura y con ojos voraces leen también el mundo. Pero habrá que estimularlos desde chicos para que esa disponibilidad no se diluya entre adultos que suelen negarse a la aventura de los libros.






Graciela Montes, que tiene casi una centena de títulos para chicos. "Y el árbol siguió creciendo", "Historia de un amor exagerado" y "Otroso" son apenas tres de sus clásicos. Tiene también ensayos especializados. El último es "Literatura infantil. Creación, censura y resistencia" (Sudamericana), con la brasileña Ana María Machado. (reportaje año 2003)


Para un sector importante de chicos (desde la clase media hacia arriba), la vida ocurre, me parece, demasiado organizada. Hablo de chicos con agenda completa de actividades, a los que hasta el cumpleaños se les organiza, con animador incluido. ¿Todo esto promueve que sean más creativos y mejores lectores?

—Es arriesgado dar una respuesta que cubra todos los ejemplos. Pero, de todas maneras, digo que no, que una vida tan pautada no favorece la creatividad ni la lectura. Empecemos por ver qué entiendo yo por lectura. Es una actividad más amplia que "leer libros": es sentirse desconcertado frente al mundo, buscar signos y construir sentido. Para leer de esa manera, con esa intensidad, la vacancia, la disponibilidad, el no asustarse por el vacío es fundamental. Y cuando la programación de la vida es muy rigurosa, parecería que no hay grietas ni lugar donde sentirse desconcertado, perplejo, cuestionador, inquieto por todo lo que a uno lo rodea. El aburrimiento —eso que de chicos llamábamos aburrimiento y que siempre terminaba en algún juego interesante o en alguna lectura— me parece útil, imprescindible para el desarrollo de una persona.

  • En general, a los adultos nos preocupa y hasta nos asusta el aburrimiento de los chicos...

    —Lo que pasa es que es difícil de tolerar. Nuestra cultura lo rechaza porque no tolera ver pasar el tiempo; quiere anularlo, simular que no existe.
  • Uno suele tener miedo de que un chico aburrido se convierta en un chico triste.

    —No hay que desesperarse. Ese vacío siempre tiene un punto de angustia, pero que no necesariamente supone tristeza, sino generalmente la posibilidad de imaginar y construir sentidos nuevos. Es como la página vacía para inaugurar una escritura. Es el momento en el que uno se mira a sí mismo, ve sus cosas y el entorno de una manera extrañada, no utilitaria, no instrumental. Ahí pueden aparecer preguntas y respuestas originales. "¿Y? ¿Para qué eran todas estas cosas? ¿Y yo quién era?" De ese desacomodamiento, de esa incertidumbre, siempre salen cosas positivas.
  • ¿Uno se hace lector entonces por insatisfacción, porque tiene algún tipo de angustia y necesita aplacarla?

    —Por una insatisfacción, seguramente. Yo creo que la lectura nace del desequilibrio, no del equilibrio. Nace del cuestionamiento, de la inquietud, del anhelo, del deseo. De todo lo que nos muestra que no somos seres completos. Desde chiquito, todo lector es un insatisfecho, un rebelde. La conciencia primera, cuando uno empieza a ver el mundo y a verse, es desasosegante, desequilibra. Y uno lee, hace sus pequeños universos de sentido para de alguna manera lograr equilibrios precarios. Y digo precarios porque son equilibrios siempre en movimiento, que se hacen y se deshacen, pero realmente útiles, porque ese dinamismo asegura vida, plenitud.
  • Por su descripción, parece que hay rasgos innatos que nos hacen o no lectores. ¿Un lector nace o se hace?

    —Yo creo que todos tenemos una disponibilidad natural para la lectura. Seguramente hay personas con deseos más insatisfechos o con una fantasía más amplia y con impulsos más fuertes y perdurables hacia la lectura. Pero todos nacemos lectores. Todos tenemos inclinación a interrogarnos sobre las cosas. Por eso es fundamental saber cómo la escuela actúa sobre esa "naturaleza" entre comillas, porque sabemos que la cultura influye siempre sobre cualquier disponibilidad. La escuela no debería entonces aniquilar esa disposición inicial a preguntarse todo y a intentar respuestas por vía de la lectura.
  • El docente suele ser también un adulto para el que el aburrimiento de los chicos es inmanejable, inquietante. Me imagino que la escuela tiende entonces a aquietar toda insatisfacción y no a estimularla.

    —Sí, seguramente. Siempre hay asimilación y acomodación, como decía Piaget. Es decir, siempre hay un anhelo de tragarse el mundo y hay un mundo que a uno lo pone en caja. Ese es un juego permanente en el que la escuela es socializadora y necesita por lo tanto controlar algunas cosas. Pero conozco muchos docentes que son capaces de mantener viva la inquietud creativa de los chicos. Hay muchos docentes que no domestican. Hay gente que cree que la escuela tiene que domesticar; yo creo que por supuesto esa no es su tarea.
  • Pero hay muchos que creen que la escuela es la única responsable de que los chicos no lean más.

    —Los adultos suelen estar muy preocupados porque los chicos no leen, pero no se miran a sí mismos con honestidad. Los padres siempre traen esas quejas a la Feria del Libro, por ejemplo. Generalmente, los que no leen son ellos. No se tientan con un libro ni con el diario; no están en postura de lectura.
  • ¿Qué significa "postura de lectura"?

    —Hablo de esa actitud de lectura que implica, como le decía antes, insatisfacción, perplejidad, búsqueda. Me inquieta ver que hay padres que organizan concursos de lectura a ver qué hijo lee más libros o qué pagan por libro leído. Es un poco sonso pensar que con eso se está estimulando la lectura o creando lectores.
  • ¿Qué sugiere usted entonces?

    —Les diría a los padres que se pongan no solamente a leer un libro con los chicos, sino a mirar el mundo con ellos. A mirar el barrio, los cambios que hubo en un año, por ejemplo. En esas pequeñas "lecturas del mundo" los chicos son plásticos, activos, creativos y tienen mucha más disponibilidad que los adultos. Si se les estimula ese juego, enseguida se enganchan. Sugiero también que los adultos les lean en voz alta, o que lean juntos cada uno su libro, o que lean primero un capítulo uno, después un capítulo otro, o como sea: lo importante es que compartan el hábito y el placer. Es fundamental leer cosas que resulten significativas, valiosas. Es decir, que la lectura tenga un sentido. Si leer es algo tan sustancioso, tan nutritivo, también va a tener sentido compartir esos momentos, consolidar el vínculo, enriquecerlo. Que padres e hijos frecuenten espectáculos, librerías. Que los papás, en definitiva, saquen a los chicos de los carriles; que unos y otros salgan del corral, que corran los límites de la imaginación.
  • ¿La televisión y la computadora son parte de ese corral que aprisiona o pueden estimular la creatividad y la lectura?

    —La computadora tiene posibilidades extraordinarias, porque es una máquina de producir textos. Con ella uno es actor, nunca un ser pasivo. Los chicos en general lo descubren muy pronto y están desarrollando una escritura propia de correo electrónico y de chat bastante interesante, a la que habría que prestar atención y ver cómo se está desarrollando.
  • ¿No le asusta un poco la simplificación que los chicos hacen del lenguaje en la computadora e incluso la tergiversación de los signos?

    —No, no me asusta porque nada que sea una transformación en el lenguaje me asusta. Quizá me inquieta, pero gozosamente. Me digo ¡adónde iremos!, ¡qué divertido!, ¡qué va a pasar!, ¡cómo se va a transformar esto! No me parece que tenga que abroquelarme detrás de la Academia de la Lengua. No, porque el lenguaje es vivo, y yo estoy del lado del lenguaje vivo; yo soy una escritora, no una académica. Así que me parece fantástico que modifiquen, que rompan y que creen un lenguaje nuevo si hace falta. La cuestión es que lo usen. Y que lo usen para decir su palabra, una palabra personal, no para repetir un esquema. Si para poder construir esa palabra personal tienen que destruir algunas cosas, bueno, tendrán que destruirlas, ya veremos qué hacemos luego. Mientras tanto, uno podría, como adulto, contribuir acercándoles los buenos textos, para nutrirlos y enriquecer la transformación.
  • ¿Cuáles son los buenos textos? ¿Cómo darse cuenta?

    —Teniendo en cuenta que, de todas maneras, los chicos van a leer de todo y que en ese todo hay un montón de cosas adocenadas que, por fortuna, no dejan huellas, ni buenas ni malas. La ventaja de ir incorporando otros textos, urticantes, desasosegantes, fuera de los márgenes habituales, es que mueven la cabeza, lo cambian a uno, lo desestructuran y permiten construir algo más personal. Por eso, un buen texto literario, aunque sea uno cada tanto, está lleno de fermento, de muchísimas posibilidades de producir cosas en uno.
  • Cuando usted dice "urticante", ¿se refiere a los temas, como cuando fue la fiebre de cuentos de terror para chicos, por ejemplo?

    —No, no pensaba en los temas. Los cuentos de terror, una vez que se repetía la receta, terminaron también adocenándose y no resultaban urticantes. Yo pienso más bien en el texto, en lo literario, en el uso del idioma, en el punto de vista, en la ironía, en el humor del bueno, en el juego de palabras, en las rupturas sintácticas, es decir, en cómo se trabaja el lenguaje. Pienso en el lenguaje como algo que está en producción, que no es una cajita ya armada que se llena más o menos con cualquier cosa. Quiero decir que si un texto es "urticante" en este aspecto, es bueno.
  • ¿La libertad creativa del autor estimula la del lector?

    —Exactamente. Porque si no, si el libro responde a una receta, puede aparecer lo políticamente correcto que es, por ejemplo, tratar este tema porque debe ser tratado. ¿Hay un problema con el alcoholismo? Hagamos un cuento que trate el alcoholismo. Es tan fácil caer en eso.
  • ¿Por qué?

    —Porque la literatura de los chicos es tan vigilada que es muy fácil que aparezcan mandatos y que se busque responder a ellos. Pero eso, a la larga, siempre es sospechoso para un chico: porque lo recibe como lección, como moraleja, y no funciona como literatura. La literatura es otra cosa: es un lugar donde se producen rupturas. Es cierto que hay que tener en cuenta los temas, pero no es lo esencial, me parece. Hay cuentos de terror, sobre el amor, sobre la muerte... En fin, temas que quizá antes no se trataban.
  • El tema de la muerte es particularmente difícil. ¿Cómo hacer un buen cuento para chicos con ese tema?

    —Hay hermosos cuentos que tratan la muerte muy bien, porque la transforman no en tema sino en literatura. Uno es de Laura Devetach, "Monigote en la arena". El otro, de Gustavo Roldán, "Como si el ruido pudiera molestar", y otro, muy irónico, que aparece en "Los imposibles" de Ema Wolf, que es el del señor Lanari, un señor hecho de lana que se desteje. Cuando termina de destejerse, llega a la casa de la abuela, y la abuela lo empieza a tejer. Es una hermosísima imagen. Eso es literatura. No es literatura armar una historia del tipo "éste es el caso de un niño al que se le murió alguien, entonces, vamos a ver cómo lo consolamos con una novela". No tengo nada contra la gente que hace eso, lo que digo es que no me refiero a eso cuando repito que la buena literatura es urticante y desestructura.

  • Según esos criterios, ¿Harry Potter es un buen libro para chicos?

    —Es muy difícil separar el libro del aparato comercial que lo rodea, ¿no cree? Harry Potter es un libro extraordinariamente eficaz, que tiene todos los ingredientes: ma gia, emoción, aventuras... Es también previsible, cerrado, casi un libro del siglo XIX. Pero no me parece mal. Lo terrible es que alguien piense que si lee Harry Potter ya se recibió de lector y no necesita leer nada más. Porque cualquier cosa que funcione en la lectura como talismán, como cierre —"bueno, después de esto, el desierto; se acabó la historia, leemos esto y ya no leemos nada más"— es perjudicial, porque la lectura es siempre una construcción provisoria, llena de quiebres. La lectura, para nuestra felicidad, es como el señor Lanari: está tejiéndose y destejiéndose siempre. 
  • jueves, 23 de junio de 2016

    miércoles, 22 de junio de 2016

    genéticamente determinados para ser únicos

    "Somos individuos únicos, porque así lo determina la genética"
    Lo afirma el biólogo Pierre Magistretti, que rescata el aporte del psicoanálisis

    “Si el descubrimiento del genoma fue algo así como el hallazgo de nuestro alfabeto interior, ahora viene lo mejor: descubrir la manera en que cada ser humano escribe con esas mismas letras su propia novela, ya que estamos genéticamente determinados para ser únicos.”

    El hombre que enuncia con tanta claridad cuál será el desafío de la ciencia en los próximos años se llama Pierre Magistretti. Experto en neurobiología, con significativas contribuciones al estudio del metabolismo de la energía cerebral, este científico suizo que obtuvo en 2002 la medalla Emil Kraepelin del instituto alemán Max Planck pasó hace algunas semanas por Buenos Aires y ofreció una conferencia en la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

    Codirector del Brain Mind Institute y director del Center for Psychiatric Neuroscience en la Universidad de Lausana, Suiza, Magistretti no vino solo. Lo acompañó otro investigador cuyo campo de acción podría resultar, a simple vista, incompatible con el suyo: el psicoanalista François Ansermet. Ambos son autores de A cada cual su cerebro (Katz Editores), un ensayo que deja de lado el prejuicio de la incompatibilidad y propone, en cambio, un encuentro posible: el de la neurobiología y el psicoanálisis.

    Su propuesta parte de una idea muy clara: así como para el psicoanálisis el sujeto ha sido, históricamente, un ser único "como excepción a lo universal", también ahora debería ser único para las neurociencias. ¿Por qué? "Porque, a diferencia de lo que se creía antiguamente, los últimos hallazgos indican que el cerebro es un órgano dinámico que ya no puede ser considerado como una organización definida y fija de redes de neuronas". Por lo tanto, funciona en cada persona de un modo singular.

    Ahora, el sujeto del psicoanálisis y el de las neurociencias es el mismo, afirman los autores del libro. Y lo es en tanto que existe un concepto que une ambas miradas: el de la plasticidad neuronal.

    -¿Podría explicar en qué consiste esa plasticidad?

    -En cada uno de nosotros, la experiencia deja una huella. Y existe un puente claro entre la huella psíquica y la huella sináptica, es decir, la que se produce en la instancia de intercambio de información entre las células cerebrales. En otras palabras: antes pensábamos que el cerebro era un órgano genéticamente determinado, con ciertos mecanismos fijos de tratamiento de la información. Ahora sabemos que, gracias a la plasticidad, nuestra red neuronal es modulable por los acontecimientos y por la experiencia y que esa experiencia modifica en forma permanente las conexiones entre las neuronas. Los mecanismos de plasticidad operan durante toda la vida. El acontecimiento y la experiencia siempre pueden modificar un estado anterior.

    -¿Esa concepción otorga espacio a lo singular, como lo hace el psicoanálisis, pero desde el punto de vista biológico?

    -Sí. Podemos decir que el individuo está genéticamente determinado para no estar genéticamente determinado. O que estamos genéticamente determinados para ser únicos, en tanto que, como lo expresan científicos de la talla de V. G. Cheung y R. S. Spielman, dentro de la realización del programa genético de cada persona hay un lugar reservado a la experiencia y, por lo tanto, a la contingencia y a lo imprevisible.

    -Desde mediados del siglo XX se habla mucho de la predisposición genética, que luego es moldeada por el entorno, el medio ambiente, la cultura. Se dice que un individuo puede tener una predisposición genética que lo lleva a sufrir una depresión y que esa enfermedad podrá desarrollarse, o no, según la participación de otros factores. ¿En qué se diferencia esta visión de la que usted plantea?

    -Desde cierto enfoque de la genética, la aparición de una enfermedad dependerá de la interacción entre el genotipo y el medio ambiente. Es un modelo de interacción: la expresión genotípica está modulada por el afuera. En cambio, para nosotros el concepto de interacción debería ser reemplazado por el de plasticidad, que integra genoma y ambiente en un mismo nivel lógico: genotipo y ambiente se combinan por medio de esa plasticidad para producir un genotipo único e irrepetible. La diferencia es que la determinación genética no es mayor que la ambiental o la psíquica; todas se articulan en forma permanente y durante toda la vida.

    -Si a fines del siglo XX la "estrella" de la ciencia fue la biología del gen, ¿ahora vamos hacia una biología de la mente, según lo propone, entre otros, el premio Nobel de Medicina Eric Kandel?

    -Así es. La biología mental está sólo parcialmente determinada por la biología del gen. Y algo más: si ahora estamos viendo cómo escribimos nuestras propias novelas con las letras contenidas en nuestro mapa genético, también deberíamos cambiar el concepto de desarrollo (algo ya programado genéticamente) por el concepto de devenir: un proceso no determinado, que deja lugar a la contingencia.

    -¿Se puede hablar de una biología del inconsciente?

    -Lo que nosotros decimos es que se le puede atribuir un estatus biológico al inconsciente. Pensemos en situaciones en las que aparece una fantasía en un paciente que está en tratamiento psicoanalítico. En esas situaciones, la plasticidad le permitirá a ese sujeto liberarse de un escenario fantasmático fijo y utilizar esa fantasía, en lugar de ser esclavo de ella.

    -Pero actualmente están en boga otro tipo de tratamientos "psi", como las terapias cognitivo-conductuales...

    -Mire, le voy a dar otro ejemplo: si una persona les tiene miedo a los perros y le cuenta a su terapeuta que de chica fue mordida por un perro, una terapia cognitivo-conductual probablemente la ayude a tratar su miedo o su fobia. Pero si, en cambio, ese miedo está asociado con un problema más profundo, que quizá resida en la relación de esa persona con alguno de sus progenitores, eso es imposible de curar con una terapia que trabaje sobre lo consciente. El individuo en cuestión necesita resignificar eso que le pasa, y lo importante es marcar las diferencias: en el primer caso, existe un reporte directo entre experiencia y huella; en el segundo caso, hay una discontinuidad debida a que existieron reasociaciones o nuevos significados que separaron la experiencia de la huella. Todos esos procesos nos llevan de nuevo a destacar la riqueza de la plasticidad.

    -En la Argentina se suele decir que no tenemos memoria como sociedad, sobre todo a la hora de votar. ¿Estos descubrimientos también podrían aplicarse a cuestiones que van más allá del individuo, como por ejemplo el tema de la memoria colectiva?

    -No creo mucho en el concepto de memoria colectiva. Creo que existen individualidades y relaciones interpersonales. La cultura determina individualidades. Después, hay memorias individuales que pueden interactuar, pero no imagino que podamos llegar a hablar de una memoria colectiva neurobiológica. Eso mejor se lo dejamos a la sociología o a otras disciplinas.

    -¿Qué diría Sigmund Freud de las teorías que usted sostiene?

    -No creo que se sorprendiera. En su Proyecto de una psicología científica , de 1895, él ya entendía el rol de la plasticidad en el aprendizaje y en la memoria. Antes de Freud, Santiago Ramón y Cajal ya había hablado de la "gran movilidad inicial de las expansiones de la neurona". En los años 40, Donald Hebb también retomó el término. Freud fue original, porque dijo que no existía una sola inscripción de la experiencia. Por eso yo creo que hoy el psicoanálisis es un campo válido, importante e interesante. En este momento existen muchas presiones desde la psicología cognitiva que lo consideran perimido. Y a mí me parece que no podemos encarar lo que nos pasa como si las personas no tuvieran inconsciente. En este sentido, hasta hoy, no existe ninguna disciplina que haya encontrado una mejor manera de abordar los procesos inconscientes que el psicoanálisis.

    -Eso suena raro en boca de un neurobiólogo...

    -Bueno, eso es lo que pienso. Al igual que las neurociencias, el psicoanálisis tiene futuro. Hoy, a la luz de los mecanismos biológicos encontrados, las neurociencias deberían tomar del psicoanálisis las herramientas que les permitieran concentrarse en los aspectos únicos del sujeto. Por su parte, los psicoanalistas deberían seguir a Lacan, que en 1965 se preguntó por la existencia de una ciencia que incluyera al psicoanálisis. Creo que ambos pueden nutrirse del concepto de plasticidad y trabajar, en los próximos años, en el devenir de cada sujeto... y de cada cerebro. 

    miércoles, 15 de junio de 2016

    Cursantes no pasantes - TP final

    La fecha y hora de entrega del Trabajo Práctico final es el jueves 23 de junio a las 18.00 hs. en el aula de la materia

    domingo, 12 de junio de 2016

    ¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos?
    Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?
    José Saramago

    CÓMO ME ACERCO A UN TEXTO, por Lucio Cerdá

    ¿Cómo me acerco a un texto, o más precisamente, qué ocurre entre un libro y mis perplejidades? Leo siempre, desde siempre. Mis libros suelen parecerse a la memoria de lo que soy o creo ser: acuden a trabajar mi identidad, no se privan de cincelarme como múltiples artesanos prepotentes.  Leer, creo, es siempre un encuentro y no quise elaborar nunca ninguna estrategia previa ante unas páginas desconocidas.

    Sí, en cambio, reconozco un gesto habitual: acaricio casi impúdicamente la tapa, mis dedos recorren las hojas vírgenes de pupilas como si allí fuera a encontrar algún aviso de lo que vaya a ocurrirme. Nada; siempre es lo mismo. El lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro, dijo alguien y así, justamente, me siento al comenzar la lectura.

    Diferentes son, claro, las experiencias una vez que dejamos de ser el texto y yo, desconocidos. Hay libros que cierro definitivamente y mi semblante se parece a sí mismo; hay otros,  sin embargo, que estallan como estrellas inocentes: son aquellos libros que se incrustan en mi alma y me inundan de conversaciones, de anhelos, de preguntas, de desazones. A estos últimos necesito imposiblemente tenerlos cerca y es así que intento oponerme a las leyes de la física. Donde hay varios, muchos libros, no puede haber otra multitud de ellos. Los alejo entonces pidiéndoles disculpas (ya te traeré cerca nuevamente, son sólo unas pocas semanas de separación).

    Fui acusado de ensimismarme entre páginas, a veces con razón,  y no faltó el rudo familiar que señalara la pérdida de tiempo que leer suponía (en aquellos días los acusados eran los libros del Príncipe Valiente). Mucho, mucho más tarde, encontré una justa réplica en Saramago: Son plácidas todas las horas que perdemos, si en el perderlas, como en una jarra, ponemos flores.


    Una revelación final. No me suele ser grato que interrumpan la lectura más de lo debido con una excepción: una perrita llamada Azúcar no toma a veces demasiado en cuenta la seriedad de mis meditaciones y me hace saber,  mirándome fijo largos instantes, que ha llegado la hora de jugar: allá voy.

    lunes, 6 de junio de 2016

    PARA PENSAR NARRACIÓN Y SUBJETIVIDAD

    http://www.perfil.com/cultura/Literatura-infantil-20160604-0081.html

    ENTREVISTA A WOUTER VAN REECK

    Literatura infantil

    Nacido en Voorschoten, Holanda, en 1960, Wouter van Reek se ha vuelto un nombre conocido entre los más chicos a raíz de la edición de sus libros en la Argentina. PERFIL habló con él sobre cómo se gestan sus libros: haciendo de cuenta que le hablara a una inteligencia alienígena. 

    Ah. La editorial Adriana Hidalgo adquirió los derechos de sus libros para la lengua española. La colección que los reúne –junto con más libros ilustrados de otros autores–, se llama Pípala.
    Ah. La editorial Adriana Hidalgo adquirió los derechos de sus libros para la lengua española. La colección que los reúne –junto con más libros ilustrados de otros autores–, se llama Pípala. |
    A grandes rasgos, la literatura infantil es un género, o más bien una práctica, que se suele definir en función del receptor: son aquellas obras que se dirigen a los chicos, se dice, o a las representaciones que cada época elabora sobre ellos. Sin embargo, los buenos libros, sean de la naturaleza que fueran, no suelen tener esas fronteras etarias y pueden prescindir de las etiquetas. En particular la literatura infantil, como recuerda María Teresa Andruetto, única hispanoamericana ganadora del premio Hans Christian Andersen, es –o debería ser–, ante todo, literatura, y en consecuencia, sortear todo tipo de “sobreactuaciones, estereotipos y retóricas que pueblan tantos libros para niños; escrituras serviles disfrazadas con ropajes nuevos”.
    Curiosamente ni ella ni muchos escritores cuyos textos son hoy catalogados como “literatura infantil” –Perrault o La Fontaine, por ejemplo–, han tenido como “lector modelo” al niño. En muchos casos, lo que ocurre es que los autores, como dijo alguna vez Michel Tournier, han escrito tan limpidamente que pueden ser comprendidos por todos, incluso por niños –pese a lo cual, por distintos motivos, siempre han proliferado las adaptaciones, o más bien las mutilaciones brutales, cuyo resultado suele ser un texto aséptico, insípido y, por supuesto, con esa dosis de moral prescripta por la gente biempensante, de la que este tipo de literatura todavía no se puede deshacer–, y quizás algo así, o más o menos así, ocurre también con el holandés Wouter van Reek, tal vez uno de los escritores y dibujantes “para chicos” más interesantes de los últimos años, creador de Pinzón: un pájaro antropomórfico que, junto a su perro Tungsteno, acometen todo tipo de aventuras: cavan un túnel para descubrir objetos de otras épocas, diseñan una compleja maquinaria para extraer guindas de un árbol, o construye, Pinzón, una torre de Babel doméstica con la que pretende alcanzar las nubes.
    Acaso uno de los puntos más interesantes de este autor es que, a diferencia de lo que sucede en libros similares, en los suyos no se reproduce el sentido común: más bien se lo pone en cuestión, y las imágenes, como debería ocurrir –pero a veces no ocurre– en todo libro-álbum, no están como figuras decorativas: no hay, de hecho, nada que sea meramente ornamental: todo tiene una función semiótica de cierta importancia; cada elemento está diseñado para decir algo relevante, quizás en parte porque Wouter se ha formado en una escuela de arte y proviene del diseño audiovisual (Pinzón, de hecho, nace a través de una animación).
    Recientemente, la editorial  argentina Adriana Hidalgo ha editado varios de sus libros a través de la colección Pípala, y desde PERFIL tuvimos la oportunidad de dialogar con él sobre su trabajo y sobre el panorama actual de la literatura infantil: un género, o práctica, del que cada autor suele tener una visión muy personal, y cuya existencia algunos ponen en duda.
    —¿Qué es para Wouter la literatura infantil?
    —Para mí la literatura infantil no tiene tanto que ver con la edad como con otras cuestiones que me atraen. Tiene que ser fácilmente accesible, pero también se pueden introducir significados latentes, siempre y cuando no interfieran con la historia. Además no hay muchas expectativas artísticas o intelectuales, y eso da una oportunidad para sorprender al lector con nuevas ideas.
    —¿Por qué escribe literatura infantil?
    —Mi objetivo es hacer libros interesantes tanto para chicos como para adultos. Los chicos me gustan como público porque ellos tienen la mente muy abierta y no le temen a las nuevas ideas, y esto es así porque para ellos el mundo es todavía en gran parte desconocido. Más tarde, con los años, es muy fácil pensar que uno lo conoce todo, y desinteresarse por todo lo nuevo. También me gusta el público infantil porque los chicos tienden a re-leer los libros muchas veces; ellos son susceptibles a las pequeñas, sutiles adiciones, que sólo son detectadas cuando se lee el libro por vigésimo tercera vez. Y además los chicos son con frecuencia muy perceptivos visualmente, en parte debido a que no están acostumbrados, o no pueden, leer el texto rápidamente. En pocas palabras, los chicos son perceptivos y son lectores con una mente muy abierta que no tienen muchos pre-conceptos, y esto los hace un muy buen público: un poco como una inteligencia extraterrestre.
     —Sin embargo, en muchos libros se los suele subestimar: hay demasiados estereotipos, superficialidad, y si el autor no se adapta a determinados patrones, tal vez tenga que enfrentar algún tipo de censura o reprobación, porque muchos de estos editores usualmente no aprecian la originalidad. Michel Tournier dijo que a veces los editores de literatura infantil obedecen a leyes que excluyen la creación literaria. ¿Está de acuerdo con él?
    —Sí, estoy de acuerdo. Hoy en día los editores están muy presionados por hacer nada más que dinero. Y eso va en contra de la originalidad. Pero no siempre es así. Personalmente, yo no he tenido esa experiencia: mi editor siempre me dio libertad para hacer lo que yo quiera. De todos modos, creo que hay un malentendido muy común en relación a los chicos: sólo porque son más jóvenes y han adquirido menos conocimientos, los adultos tienden a pensar que no son inteligentes, o no pueden apreciar cosas de una calidad más alta. Por supuesto ellos no son expertos que van a evaluar la calidad artística, pero ésa no es una razón para darles nada más que libros mediocres.  
     —¿Hay cosas que intenta evitar cuando dibuja o escribe?
    —Sí, muchas cosas. Por ejemplo, trato de evitar que el protagonista sea un “héroe”. Creo que el personaje debería ser un poco estúpido, o egoísta, como cualquier persona real. También trato no hacer una mera ilustración del texto, sino un dibujo que cuente por sí mismo una parte de la historia.
    En sus libros, en efecto, la acción en ocasiones avanza más a través de la imagen que a través del texto, e incluso hay dibujos, sin texto, parecidos a ideogramas chinos, a partir de los cuales se desarrollan pequeñas historias dentro de la historia, y que permiten esa lectura no lineal que se sabe que los chicos harían de todos modos, aunque no hubiera demasiados elementos para ello. O sea: en cada ocasión es posible advertir algo distinto, y esto también ocurre porque, como en la “literatura para adultos” –cuando es buena, al menos–, abundan los espacios en blanco, lo no dicho. De algún modo, el sentido lo debe “construir” el pequeño lector: es él quien completa el texto. Wouter, en otras palabras, no les mastica la comida a los chicos, no les piensa todo: los acostumbra a pensar más que a ser pensados, y por eso, entre otras cosas, sus personajes son –tienen que ser– imperfectos: deben equivocarse.
    —¿Cómo nació Pinzón?
    —A partir de intentar todo tipo de cosas. Creo que es imposible inventar algo sin que alguna cosa te haga “click” de una forma inconsciente. Con Pinzón ocurrió así. Luego hubo mucho trabajo para hacerlo realmente vivo.
    —¿Y en qué consistió ese trabajo?
    —Al hacer una producción audiovisual o un libro hay un proceso que tiene tres etapas. En la primera, se hacen los bocetos o fragmentos que algunas veces resultan muy lindos, porque tienen la frescura y calidad de las cosas nuevas. Luego, en la segunda etapa, para hacer de los bocetos un proyecto real, uno tiene que intentar combinar ideas, hacer un esquema, lograr que una cosa encaje con la otra. En esta instancia ya no hay frescura y las mejores ideas nunca parecen encajar en la historia. Hay que hacer muchos trabajos sin ningún progreso. Y a veces uno tiene que tirar cosas muy buenas. Por supuesto, esto lleva mucho tiempo, y a veces todo termina aquí. Pero en la tercera etapa, y luego de muchos meses de lucha, las cosas empiezan a mejorar. Los dibujos se vuelven naturales y recobran su frescura. De repente las nuevas ideas brotan y, de algún modo, encajan de diferentes maneras, y se combinan simultáneamente de una forma ingeniosa que uno nunca podría haber hecho por sí mismo. Es lo contrario de la segunda etapa: ahora es como si todo funcionara libremente. Esto, por supuesto, es una simplificación, pero las cosas parecen funcionar así. Mi sospecha es que la segunda fase te cambia el cerebro: habilita nuevos módulos favorables a tu proyecto, por lo que en la tercera etapa uno puede alcanzar un muy alto nivel en el proceso subconsciente.
     —¿Y de dónde vienen esas ideas que surgen en las primeras etapas?
    —En última instancia, mis ideas vienen de la ciencia. La ciencia es una invención muy extraña: engañando a la naturaleza para que dé respuestas a nuestras preguntas, logramos descubrir cómo funciona el mundo. Y las respuestas son con frecuencia muy extrañas y totalmente diferentes a lo que dicta la intuición, como sucede con la relatividad, la mecánica cuántica, o las supernovas. Aprender sobre todo esto me ayuda a retroceder y ver una pequeña parte de la rareza del universo. Desde ese lugar es posible observar los acontecimientos cotidianos desde una nueva óptica.
    —Pero pensar desde la ciencia, ¿no pone límites a la imaginación?
     —Creo que no, porque en la ciencia no hay pre-conceptos que nos limiten; por el contrario, se trabaja para deshacerse de ellos. Así que yo siento como si mi libertad se incrementara y el mundo se hiciera más grande. A través de la ciencia se puede entrever, literalmente, un poco de la inimaginable vastedad del espacio, o partes invisibles del mundo, como los átomos o los rayos gamma, y estas son cosas que le dan al mundo una riqueza inesperada que alimenta mucho la imaginación.
    —Yo me refería a lo que ocurre, por ejemplo, con los escritores de ciencia ficción hard, que tienen que adaptarse a las leyes científicas, o potenciales leyes científicas... Algunos, de hecho, se han referido al género como “imaginación razonada”.
    —Sí, está bien, eso es cierto, algunas veces yo tengo ese problema también, pero por supuesto en los libros sólo uso la ciencia como inspiración; de hecho hay muchos disparates no científicos...   
    —Y por otro lado también se pueden advertir mensajes cifrados, que parecen dirigirse a los chicos, pero también a los adultos. ¿En qué lector piensa cuando escribe?
    —En ambos, o una mezcla de ambos. En un lector desconocido pero inteligente, que no tiene muchos conocimientos previos, pero que puede ver las cosas de una manera muy intensa. Digamos que tengo en mente algo parecido a una inteligencia alienígena.  
    —¿Qué cosas le parecen positivas y negativas de la literatura infantil actual?
    —Yo no sé mucho sobre literatura infantil, en realidad. Como te dije, mi puerto de entrada es la ciencia. Pero creo que lo negativo es algo que ocurre con todo lo demás también: en nuestros días todo se suele reducir a hacer dinero. Y lo positivo es que hoy hay muchas más posibilidades que las que había antes.

    domingo, 5 de junio de 2016

    IMPORTANTE - CURSANTES NO PASANTES

    Debido a una cuestión de salud del docente, la reunión del lunes 6 de junio se pospone al lunes 13 de junio.

    CALIFICACIONES 1er.PARCIAL

    CURSANTES NO PASANTES

    ARROSSAGARAY 7 siete
    ASSIS 6 seis
    CASTRO 5 cinco
    COUREIRO 6 seis
    CHOQUE 9 nueve
    ESCOBAR 8 ocho
    GRENON 6 seis
    IRIARTE 8 ocho
    MUÑOZ recuperatorio
    ORZABAL 7 siete
    PAGLIETA 9 nueve
    PASUTTI 9 nueve
    RUTL 6 seis
    TOME 8 ocho
    TROVALESI 6 seis
    VALIENTE 6 seis