miércoles, 29 de noviembre de 2017

CURSANTES NO PASANTES calificaciones 1er. y 2do. parciales


1er. parc
TP Amaya
TP
Vanotti
2do. parc
LOPEZ ORTIZ
5
6
9
7.50
MACIAS INES
5
8
9
8.50
CARDOZO FANNY
4
7
8
7.50
ROSSI AILEN
4,5
7
9
8
SERRUDO DANIELA
5,5
6
9
7.50
PORCEL AGUSTINA
6,5
7
8
7.50
CARRIZO PAOLA
7,5
9
10
9.50
ANILE LUCIANA
5
7
9
8




AVILA GABRIELA
5
8
9
8.50
CORGIAT CAMILA
6,5
8
9
8.50

sábado, 18 de noviembre de 2017

para seguir pensando adolescencia(s)

Adolescentes

Los adultos seguimos convencidos de que la soledad, la incomprensión y el vacío son cosas de la edad

Un grupo de adolescentes en una playa. Tráiler de 'Por 13 razones'. GETTY IMAGES / VÍDEO: NETFLIX
El 3 de agosto, en la ciudad de La Plata, Argentina, una chica de 15 años sacó un revólver en clase y se disparó un tiro en la cabeza. Murió cuatro días después. Dejó una nota a sus compañeros: “Chau, mierdas, dejo un juego en la mochila. El que lo encuentre se lo queda”. El juego era Metal Gear Solid 5 Ground Zeroes. Hay una serie llamada 13 reasons why. Cuenta la historia de una adolescente que se suicida y deja, grabadas, 13 razones por las cuales lo hace. La serie tiene problemas —de guion, de verosimilitud—, pero es exitosa reconstruyendo la soledad y la incomprensión que, como lentes de aumento, agigantan situaciones —desengaños, burlas, brutalidad entre pares, indiferencia de los padres— y las vuelven insoportables. Le pregunté a un conocido si la había visto. Me dijo: “¡No! Es para adolescentes”. Resulta curiosa la forma en que los adultos hablamos de “los adolescentes” como quien dice “los marcianos” o “esa gentuza”. A veces pienso que es debido al estrés postraumático: todos pasamos por esa etapa de desgracia fantástica y casi nadie quiere volver. La revista Time publicó que en 2015 tres millones de adolescentes tuvieron un episodio depresivo grave en Estados Unidos. En la Argentina, el Ministerio de Salud indica que de las 6.500 muertes que se producen por año entre personas de 15 a 24 casi 1.000 son suicidios. Según datos de 2017 de la OMS, el suicidio es la tercera causa de mortalidad de adolescentes en el mundo, la primera en Europa, y la tasa sube año tras año. Mientras eso pasa, los adultos seguimos convencidos de que la soledad, la incomprensión y el vacío que a veces sobrevienen en esa etapa no son problemas de la condición humana, sino “cosas de adolescentes”. Como quien menta —qué alivio— una peste con fecha de caducidad.

jueves, 16 de noviembre de 2017

acerca de las nuevas constelaciones familiares

"... el concepto “complejo de Edipo”, tal como fue teorizado en la obra freudiana y retomado a partir del estructuralismo psicoanalítico. ¿Qué vigencia tiene este articulador fundamental en la actualidad, cuando la familia tal como la hemos conocido a lo largo de los siglos XIX y XX (respecto a este último en su primera mitad) está en vías de mutación, no sólo por las formas sociales que toman los acoplamientos sino por la aparición de aquello que he denominado, hace ya algunos años, “el estallido de la contigüidad biológica”?
Bajo su forma tan difundida como banalizada, este complejo, que consiste en el amor por el progenitor del sexo opuesto y por el odio al del mismo sexo, puede ser derribado en su carácter de organizador general del psiquismo a partir de las nuevas formas de procreación y crianza, dado que asistimos a nuevos modelos que si bien no necesariamente estarían en vías de generalizarse, dan cuenta de la posibilidad de falsación de la novela edípica tal cual fue construida en tanto ya asistimos a nuevos modos de acceso a la producción psíquica en sujetos que no provienen de un modelo con diferencia sexual masculino/femenino, sino que pueden ser no sólo criados sino hasta engendrados en el interior de alianzas de distinto orden: 

femenino/femenino, 
masculino/masculino, 
femenino/espermatozoide donado /masculino, 
masculino/óvulos-vientre prestados/masculino, 
femenino/espermatozoide donado/ femenino; 
femenino/probeta/masculino, 
femenino/vientre prestado/masculino, 
masculino/óvulo donado/ femenino... 
en fin, un conjunto de combinaciones posibles que inciden, por supuesto, en la fantasmática particular de progenitores e hijos."

Silvia Bleichmar

para pensar ADOLESCENCIA(S)

Hermann Hesse - Demián


Muy pocos saben hoy lo que es el hombre. Muchos lo sienten y, por sentirlo, mueren más aliviados, como yo moriré aliviado cuando termine de escribir esta historia.
No soy un hombre que sabe. He sido un hombre que busca y lo soy aún, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí. Mi historia no es agradable, no es suave y armoniosa como las historias inventadas: sabe a insensatez ya confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse más a sí mismos.
(...)
Dos mundos fluían allí confundidos; el día y la noche venían de dos polos diferentes.
Uno de tales mundos se reducía a la casa paterna, y ni siquiera la abarcaba toda, sino que, en realidad, sólo comprendía a mis padres. Este mundo me era bien conocido en su mayor parte: se llamaba madre y padre, se llamaba amor y severidad, ejemplo y escuela. Sus atributos eran un suave resplandor, claridad y limpieza. Las palabras cariñosas, las manos lavadas, los vestidos limpios y las buenas costumbres tenían en él su centro. En él se cantaba el coral matutino y se festejaba la Nochebuena. En este mundo había líneas rectas y caminos rectos que conducían al porvenir; había el deber y la culpa, el remordimiento y la confesión, el perdón y los buenos propósitos, el amor y la veneración, la palabra de la Biblia y la sabiduría. En este mundo debía uno mantenerse para que la vida fuese clara y limpia, bella y ordenada.
El otro mundo comenzaba, sin embargo, en medio de nuestra propia casa y era completamente distinto, olía de otro modo, hablaba de otro modo, prometía y exigía otras cosas. En este segundo universo había criadas y aprendices, historias de aparecidos y rumores de escándalo; había una abigarrada marea de cosas monstruosas, atrayentes, terribles y enigmáticas, cosas como el matadero y la cárcel, hombres borrachos y mujeres escandalosas. (...) en derredor nuestro existían todas esas cosas bellas y espantables, salvajes y crueles (...) en todas partes brotaba y fluía este otro mundo impetuoso, en todas partes menos en nuestras habitaciones, en donde estaban mi madre y mi padre. Y esto era excelente. Era maravilloso que allí, en nuestra casa, hubiera paz, orden y reposo, deber y buena conciencia, perdón y amor, y era maravilloso que también existiera todo los demás, lo estruendoso y agudo, sombrío y violento, de lo cual podía uno huir en un instante, refugiándose de un salto al lado de la madre.
Lo más singular era que los dos mundos confinaban uno con otro, estrechamente yuxtapuestos.

NARRACION y SUBJETIVIDAD. Un lector llamado Lucio Cerdá

CÓMO ME ACERCO A UN TEXTO


por Lucio Cerdá


¿Cómo me acerco a un texto o más precisamente, qué ocurre entre un libro y mis perplejidades? Leo siempre, desde siempre. Mis libros suelen parecerse a la memoria de lo que soy o creo ser: acuden a trabajar mi identidad, no se privan de cincelarme como múltiples artesanos prepotentes.  Leer, creo, es siempre un encuentro y no quise elaborar nunca ninguna estrategia previa ante unas páginas desconocidas.

Sí, en cambio, reconozco un gesto habitual: acaricio casi impúdicamente la tapa, mis dedos recorren las hojas vírgenes de pupilas como si allí fuera a encontrar algún aviso de lo que vaya a ocurrirme. Nada; siempre es lo mismo. El lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro, dijo alguien y así, justamente, me siento al comenzar la lectura.

Diferentes son, claro, las experiencias una vez que dejamos de ser el texto y yo, desconocidos. Hay libros que cierro definitivamente y mi semblante se parece a sí mismo; hay otros,  sin embargo, que estallan como estrellas inocentes: son aquellos libros que se incrustan en mi alma y me inundan de conversaciones, de anhelos, de preguntas, de desazones. A estos últimos necesito imposiblemente tenerlos cerca y es así que intento oponerme a las leyes de la física. Donde hay varios, muchos libros, no puede haber otra multitud de ellos. Los alejo entonces pidiéndoles disculpas (ya te traeré cerca nuevamente, son sólo unas pocas semanas de separación).

Fui acusado de ensimismarme entre páginas, a veces con razón,  y no faltó el rudo familiar que señalara la pérdida de tiempo que leer suponía (en aquellos días los acusados eran los libros del Príncipe Valiente). Mucho, mucho más tarde, encontré una justa réplica en Saramago: Son plácidas todas las horas que perdemos, si en el perderlas, como en una jarra, ponemos flores.

Una revelación final. No me suele ser grato que interrumpan la lectura más de lo debido con una excepción: una perrita llamada Azúcar no toma a veces demasiado en cuenta la seriedad de mis meditaciones y me hace saber,  mirándome fijo largos instantes, que ha llegado la hora de jugar: allá voy.

jueves, 2 de noviembre de 2017

para pensar Narración y subjetividad

INSTRUCCIONES PARA ENSEÑAR A LEER A UN NIÑO


Gustavo Martín Garzo
Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así, muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.
Palabras del día y de la noche

Por eso los adultos deben contarle cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que estan ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga.
Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.
Jardín secreto

Pero los libros son como aquel jardín secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre novela homónima: No basta con saber que estan ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En la novela de F.H. Burnett es un petirrojo quien lo hace, y gracias a ello la niña puede visitar el jardín escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni más inteligentes, ni siquiera más buenos o compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una sola línea y eso no les impidió concebir algunos de los cuentos más hermosos que se han escuchado jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.
(Artículo publicado el 17 de abril de 2003 por el suplemento Blanco y Negro Cultural del diario ABC)

ACERCA DE LA LENGUA ESCRITA II

Implicancias en el análisis de los procesos de apropiación y sus complejidades


"En la interpretación de este proceso de apropiación, se imponen además otros interrogantes centrales: ¿en qué consisten los procesos a través de los cuales los niños se convierten en poseedores eficaces de la lengua escrita?, es decir, ¿Cuáles son los caminos cognitivos que el niño deberá transitar para comprender las propiedades, el valor social y las funciones de la escritura?, ¿cómo interpreta un niño en proceso de aprendizaje las relaciones entre la lengua oral (lo que se dice) y la lengua escrita (lo que se escribe)?, por mencionar algunos.

Se trata de comprender que niños y niñas se posicionan tempranamente en lectores y escritores: “un lector-escritor es una persona que necesita y desea leer y escribir cotidianamente y que sabe cómo hacerlo. El ´saber como´ es un elemento central para mantener la actividad, ya que nadie incrementa aquello que le resulta difícil sino que tiende a evitarlo y, en lo posible, a abandonarlo” (Mirta Castedo).

"Pero también se trata de comprender que de igual modo, se erigen en intérpretes de este objeto sociocultural: “Lo escrito es un conjunto de marcas no figurativas, organizadas prolijamente en líneas y en cadenas enmarcadas por espacios en blanco, marcas que suscitan de manera misteriosa una oralidad adulta con altos grados de extrañeza léxica e incluso sintáctica. Un adulto lee el periódico y dice, en voz alta: “el vencimiento es el próximo lunes; no habrá prórroga”. ¿Qué comprende el niño de 4 o 5 años que escucha este acto de habla producto de una lectura que no le está destinada? La actitud de los adultos le indica que lo que acaba de escuchar es serio, o sea, es del orden del SI, no del COMO SI, ese como si que se instala en la ficción cuando uno de esos mismos adultos le lee un cuento. La escritura tiene el poder de suscitar ciertas acciones y reacciones emocionales que, aunque resulten incomprensibles, contribuyen a que, desde el inicio, se cobre confusa conciencia sobre una ambivalencia fundamental de los usos sociales de lo escrito. Porque la escritura tiene un doble valor social: por un lado, la escritura como medio para el ejercicio de la autoridad, del poder; por el otro, la escritura como juego de lenguaje, la ficción literaria o la poesía.”


Emilia Ferreiro

ACERCA DEL SISTEMA DE LA LENGUA ESCRITA

Preguntas epistemológicas


¿La escritura es un código de transcripción gráfico de unidades sonoras o constituye un sistema de representación del lenguaje?

Si se trata de un sistema de representación ¿cuál es la naturaleza de la relación entre lo real y su representación?

 ¿En qué consiste el proceso de diferenciación de los elementos y relaciones existentes en el objeto a ser representado? ¿qué elementos y relaciones se seleccionan para ser retenidos en a representación?

 ¿Qué es lo que la escritura representa?

1-¿se trata de representar las diferencias existentes en los significados?

2-¿se trata de representar las diferencias en los significados en relación con las propiedades de los referentes?

3-¿se trata de representar las diferencias entre los significantes?


4-¿se trata de representar diferencias entre los significantes en relación con los significados?

miércoles, 25 de octubre de 2017

cursantes no pasantes

parcial rendido el jueves pasado
calificaciones

AVILA 5 cinco
CORGIAT 6,50 seis concincuenta

jueves, 5 de octubre de 2017

para seguir pensando INFANCIA: jugar

Se tapa la cara con un pañuelo azul, y dice que no está. Se cae el pañuelo y mi hija aparece, porque la iluminación en un escenario no es real. Hay un redondel de luz que se mueve dentro y fuera de lo que estamos viendo, y todo lo que allí pase va a ser aceptado, como quien acepta la historia. Mi hija aparece tras el pañuelo azul; su cara se ilumina como en cualquier escenario, y ahora dice que está, como quien confirma la magia.



Irene Gruss

perspectivas constructivistas: Piaget

Piaget plantea que la acción del sujeto es la que determina lo que conoce, y sólo conoce en los límites de lo que el sujeto puede hacer.

para seguir pensando infancia: orígenes de la espontaneidad

ORIGENES DE LA ESPONTANEIDAD


 Los bebés saben jugar

Una singular experiencia clínica en la década de 1940 rebatió un paradigma clásico: el de que primero está la necesidad de comer y sólo después el deseo de jugar. Pero en ese momento no se extrajeron todas las consecuencias posibles. El psicoanalista René Spitz descubrió entonces lo que conocemos como “hospitalismo”. Se trataba de bebés internados, por prematurez u otros accidentes tempranos, en buenos hospitales, que contaban con la mejor tecnología de la época: a salvo de infecciones, bien balanceada su alimentación: sin embargo, enfermaban y hasta morían; su crecimiento se detenía, perdían peso, exhibían un comportamiento compatible con la palabra depresión. ¿Qué sucedía? Spitz apuntó al hecho de que esos bebés recibían de todo, sí, menos trato y contacto humano; bien manipulados en tanto objetos-organismos, nadie los pensaba como subjetividades, nadie se vinculaba con ellos afectivamente; dicho de otra manera, nadie jugaba con ellos.
El modo de que dispongo para relacionarme en serio con un bebé es jugando con él de alguna manera. Los adultos que “no saben” jugar con los bebés son impotentes para conectarse con ellos; deben esperar a que el chico hable, y bastante, para poder acercarse. Los que sí “saben” son instintivamente diestros en jugar con ellos, incluso con la voz: los bebés no hablan, pero les gustan los juegos musicales y se incorporan a ellos enseguida. Saber estar con un bebé es saber jugar con él y esto es desde el principio. Cuando un recién nacido no se prende al pezón, algo falla en ese encuentro y regularmente hallaremos una madre tensa, que “no sabe” manipular su pezón como un juguete.
Spitz no llegó a advertir lo que sí advirtió Donald Winnicott: no hay necesidad más perentoria que la necesidad de otro, y esta necesidad tiene curso adecuado en la experiencia de jugar con otro. Supongamos que observo a un bebé: hay una cosa, y sólo una, que me dará la pauta de que no estoy en presencia de un mero organismo, limitado a comer, llorar, dormir y cosas así: es descubrir, acaso en un momento fugaz, que juega. El que juegue excede su naturaleza de organismo; jugar no es un capítulo de la biología (sí de la etología y, sobre todo, de la primatología). No puedo justificar el que juegue apelando a ninguna necesidad “básica” o “biológica” tradicionalmente considerada, no responde a ninguna “apetencia” concreta determinable como tal. Otro punto decisivo: no se lo enseñó nadie. El deseo de jugar, la necesidad de jugar, la emergencia espontánea del jugar es una emergencia incondicionada, impredecible, irreductible. Esto es particularmente incómodo para el adulto, acostumbrado a pensar, adultocéntricamente, que él “da” y el pequeño “recibe”. Ciertamente, él juega con (si todo anda bien), pero no le “dio” eso al bebé, eso que hace que cualquier cosa –un sonido, un botón, un pezón– devenga objeto de juego.
A esta emergencia incondicionada, originaria sin origen, siguiendo a Winnicott la denominamos espontaneidad. No en el sentido corriente de que alguien “haga lo que quiere”, sino de que haga algo que nadie “quiere”, que nadie tenía previsto. Le cambio los pañales: bien pronto descubre lo divertido que es patalear, no quedarse quieto, desacomodando todo lo que intenta hacer la madre. Esto no estaba previsto en el encuadre adulto de los cuidados, donde el juego siempre es inoportuno e innecesario. Pero el ser humano empieza por necesitar eso innecesario y el no quedarse quieto es capital. Jugar es no quedarse quieto.
(...)
Jugar no es un hecho entre tantos otros: es el hecho capital de la existencia psíquica en su emerger. Es la manera originaria de subjetivarse: mucho antes de poder decir “yo”, el bebé se subjetiva cuando cuando agarra algo con decisión, para jugar con eso.

Ricardo Rodulfo, psicoanalista

para seguir pensando la clínica

ETICA Y PSIQUIATRÍA*


Alain Badiou

¿Cuál es la concepción de la ética hoy en día? Es una concepción negativa, dominada por el problema del mal y por la figura de la víctima. Auxiliar a las víctimas, asegurar los derechos del hombre contra el sufrimiento: tal es el contenido concreto de la ética. El imperativo ético se aplica teniendo como referencia el espectáculo del mal; su única función es impedir ese espectáculo. Pienso en la bella fórmula de Paul Ricoeur: "el sufrimiento obliga". La ética se basa en la obligación derivada del hecho de que el sufrimiento es un dato inequívoco. Este, en efecto, es el principio de las legislaciones, y también de las intervenciones humanitarias en los lugares donde la guerra y la tiranía devastan la vida y la dignidad de las personas.
Así, en el documento de la comisión de ética de los psiquiatras europeos leo la siguiente declaración: "Nadie puede ser sometido a tortura, a castigos o tratamientos inhumanos o degradantes". Solo cabe estar absolutamente de acuerdo con esta máxima clara. Pero la palabra "inhumano" retiene forzosamente la atención del filósofo. ¿Qué es lo inhumano? ¿Sería racional identificar al hombre de una manera esencialmente negativa, por el conjunto de sufrimientos y maleficios que es posible infligirle?
Con lo inhumano como referencia no se responde a nuestra pregunta inicial, que subsiste agravada. Es en este punto que se impone la referencia al trastorno mental, a la locura, a la psiquiatría. Pues si la experiencia de lo inhumano es clara, y la de lo humano oscura; si lo humano es lo que delimita el punto de aplicación de los derechos del hombre; si el hombre es una negación doble (lo que no es inhumano), entonces la locura le plantea al pensamiento ético un interrogante que hay que tener en cuenta.
La pregunta sería: si es lo inhumano lo que les da todo su peso de evidencia y de experiencia a los derechos del hombre, ¿no corremos el nesgo de repetir el gesto de exclusión del cual Foucault, en su Historia de la locura, mostró todo el poder? Si lo humano es la negación de lo inhumano, cabría temer que la locura penetre en el campo de lo que lo humano no puede reconocer como propio.
¿Qué relación existe entre la locura y la experiencia de lo inhumano? Toda la historia de la psiquiatría demuestra que tales preguntas apuntan a cuestiones decisivas.
En la relación con los locos, la ética impone que se reconozca que son hombres. Pero como en ellos está afectado el pensamiento, y a veces hasta la desorganización extrema, es preciso renunciar a decir que es el pensamiento operante y claro lo que define la humanidad del hombre. ¿No volveríamos de este modo a una definición puramente biológica del hombre, reduciendo la locura a la condición de una simple enfermedad orgánica? En resumen, el hombre no sería más que una salud normal, y la locura, una deficiencia del cuerpo.
Supongamos que la locura sea en el hombre la desaparición de su humanidad ¿Que límite habría que fijarle entonces al tratamiento de esa deshumanización? El horroroso exterminio de los enfermos mentales por parte de los nazis demostró hasta donde podía llegar este celo higienista, que lleva la humanidad a una estricta definición normativa y biológica, a su vez construida según una cierta idea de lo inhumano.
Este ejemplo es muy importante. Un filosofo francés, Philippe Lacoue-Labarthe, provocó un  escándalo hace algunos años al declarar que el nazismo había sido un humanismo. ¿Qué quiso decir? Quiso decir que la política nazi definía explícitamente lo humano a partir de lo inhumano y que, para ella, la realización racial de los arios se construía a partir de la subhumanidad judía. Los nazis sostenían que la vida digna y creadora del alemán normal era la negación de la vida obscura y vana del loco. Estaban convencidos de que lo humano solo se afirma por su negación, y de que era preciso eliminar de la humanidad todo lo que ella incluía de subhumanidad (los judíos) o de inhumanidad (los locos). Los nazis extrajeron las consecuencias mortíferas de una teoría ya presente en la razón clásica: si la vida del loco es inhumana, debe ser tratada como tratamos todo que es inhumano, por el dominio, el encarcelamiento o la eliminación.
No basta con decir que los nazis definían lo inhumano de modo arbitrario. Sin duda, declarar inhumano al judío era una construcción irracional y criminosa. Pero detrás subsistía el esquema de la negación: afirmar lo humano contra lo inhumano, afirmar la razón normal contra la locura.
Creo que es necesario terminar definitivamente con ese esquema. Es preciso determinar la meditación ética por una definición positiva de la humanidad del hombre, que no sea, sin embargo, una definición biológica. Diría más: es necesario que esta definición abarque incluso lo inhumano, aquello que está más allá del animal humano. La locura, si bien la consideramos una enfermedad, puede también pensarse como una dimensión posible de la experiencia humana, como esa verdad ofuscante y ciega de la cual Edipo, al final de la obra de Sófocles, da el mayor testimonio.
Para esto es necesario romper con la concepción victimista del hombre y de sus derechos, y dejar de pensar que la figura humana solo se perfila entre la víctima y la compasión por la víctima. La humanidad es sin duda una especie animal. Es mortal y cruel. Pero ni la mortalidad ni la crueldad pueden definir la singularidad humana en el mundo de los vivos. El hombre, como verdugo, es una abyección animal. Pero (y hay que tener coraje para decirlo) como víctima no vale por lo general más que el verdugo. Todos los relatos de los torturados que se salvaron demuestran que si los verdugos pudieron tratar a sus víctimas como animales, fue porque las víctimas se convirtieron sencillamente en animales. Para obtener el efecto consabido, el verdugo hizo lo que tenía que hacer. Algunos, sin embargo, siguen siendo hombres y lo testimonian; siempre en virtud de un esfuerzo inaudito. En ellos se resiste algo que no coincide con la identidad de víctima. Allí está el Hombre, en aquello que hace que él se obstine en seguir siendo lo que él es. Ó sea, algo diferente de una víctima, de un ser-para-la-muerte y, entonces, algo distinto de un mortal. Un inmortal: eso es verdaderamente el Hombre en las peores situaciones.
El derecho del Hombre es en primer lugar el derecho a la resistencia humana. Al final, todos morimos y solo queda polvo. Pero hay una identidad del Hombre como inmortal en el momento en que afirma lo que es contra el querer-ser-un-animal al que lo expone la circunstancia. Todo hombre puede ser inmortal, en las grandes o pequeñas circunstancias, por una verdad importante o secundaria, poco importa. En todos los casos la subjetivación es inmortal y hace al Hombre. Fuera de ella existe solamente una especie biológica sin singularidad. Fuera de ella existe solo una especie biológica sin singularidad.
De modo que la locura se puede pensar en dos direcciones. La locura es esa dimensión de la experiencia humana en la que la subjetivación es imposible, y loco es aquel en quien la posibilidad de lo inmortal está bloqueada por una irremediable resistencia del ser-para-la-muerte. Pero también se puede decir, con una visión heroica de la locura, que ella es una subjetivación excesiva, una inmortalidad inerte, en la que la capacidad para la vida ordinaria de lo mortal humano se ha vuelto imposible. En todos los casos se trata de la humanidad ante la prueba de la subjetivación; la locura circula, como toda experiencia, entre los intereses ordinarios del animal humano y los intereses extraordinarios del inmortal en que este animal puede convertirse. Digamos que la locura es una desregulación de esta circulación paradójica, paradoja que es la propia subjetivación.
Esta desregulación ¿es una enfermedad? Sin duda. Una enfermedad de lo que, en el animal humano, autoriza que él se convierte en sujeto. En consecuencia, la ética nos prohíbe considerar la enfermedad, la locura, como lo que colocaría el ser humano fuera del devenir-sujeto en el que lo humano se realiza. La ética nos lleva a pensar la locura como un proceso singular que impide o exalta excesivamente el devenir-sujeto. La locura será entonces un limite de la experiencia, y no su negación. A veces el límite inferior, por el bloqueo y estancamiento repetitivo, otras veces un límite superior, por el exceso y la fijación en el exceso.
Lo que es imperativo conservar es la idea de una subjetivación siempre posible, de la cual la locura es una simple imposibilidad contingente. La psiquiatría debe consagrar su pensamiento y su acción únicamente a los mecanismos singulares de esta imposibilidad. Debe ser, en la perspectiva de la gran tradición clínica, una teoría del proceso patológico y un intento obstinado de interrumpir su curso. Para el psiquiatra, la posibilidad del inmortal no mortal, del sujeto no animal, debe ser un axioma absoluto. Sean cuales fueren los desgastes de la presión mortífera del delirio o la depresión, la posibilidad de la subjetivación debe afirmarse sin restricciones.
Uno de los enunciados de la Comisión de Ética Psiquiátrica Europea es, en este punto, bastante inadecuado. Este enunciado declara que el psiquiatra debe tratar con pasión, no la enfermedad, sino al enfermo. No estoy seguro de esto. Pues ¿qué es un enfermo, sino un animal humano atrapado en el proceso patológico? ¿Qué es un loco, sino un sujeto en el cual la subjetividad está desregulada? Tratar con pasión a un enfermo, ¿no significa considerarlo, no un enfermo, sino alguien a quien le atañe el axioma de la humanidad, la capacidad de ser un inmortal, pero que está, provisionalmente y por razones contingentes, separado de sus propias capacidades?
En un pronunciamiento célebre, el profesor Hamburger dijo que el enfermo no necesita la compasión del médico, sino su capacidad. Yo interpreto esta máxima como que el médico no es un especialista en la humanidad de los hombres, y no le corresponde divagar, legislar sobre la diferencia entre el animal humano y su capacidad para la subjetivación. La ética psiquiátrica solo puede suponer la igualdad absoluta de las personas en los términos de la subjetivación posible; en particular, la igualdad de los locos y los no locos. Pero esta igualdad de los posibles transciende la competencia específica del psiquiatra. Esta competencia consiste en examinar una situación de imposibilidad contingente, y en trabajar con todos los medios disponibles, para transformarla.
El imperativo del médico, fijado con claridad desde Hipócrates, es simple y fue enunciado como sigue: "Haz todo que está en tu poder para que sea de nuevo posible lo que es provisionalmente imposible, pero de lo cual todo humano es declarado axiomáticamente capaz". Es verdad que el psiquiatra lidia con los límites internos de la subjetivación. Su imperativo propio es entonces: "Haz todo lo que está en tu poder para que desaparezcan el estereotipo excesivo o la fijación regresiva que bloquean en este animal humano la humanidad afirmativa de la cual él es capaz".
Según esta lógica, los psiquiatras tienen hoy una gran responsabilidad, pues nuestro tiempo es cruel, y no mide las capacidades en los términos de la afirmación subjetiva. Yo diría que nuestro tiempo privilegia las capacidades operatorias, es decir animales, en el sentido de la competencia y la supervivencia, y exalta la eficiencia al servicio de los intereses. El loco y el viejo, es preciso decirlo, no se adaptan a estas normas crueles.
El psiquiatra es quizás, ante todo, el guardián y el defensor de una idea fundamental: la idea de la locura como límite interior de la capacidad humana. El psiquiatra nos dice, porque él lo sabe en su vida cotidiana, que el loco está entre nosotros, como señal a veces desesperada, como imagen invertida pero necesaria de aquello de lo que somos capaces.
La ética psiquiátrica debe medir todos los días la distancia entre lo que puede un sujeto y lo que, de este poder, él es capaz de querer. Es necesario no ceder nunca, en nombre de las impotencias de la voluntad, en cuanto a la posibilidad de lo posible. El enemigo del psiquiatra es la idea del loco definitivo, del incurable, proscripto para siempre de la ciudad, del mismo modo que el enemigo del geriatra es la idea del viejo irreversiblemente impotente y condenado.
La enfermedad es una situación. La posición ética no renunciará jamás a buscar en esa situación una posibilidad hasta entonces inadvertida. Aunque esa posibilidad sea ínfima. Lo ético es movilizar, para activar esa posibilidad minúscula, todos los medios intelectuales y técnicos disponibles. Solo hay ética si el psiquiatra, día tras día, confrontado a las apariencias de lo imposible, no deja de ser un creador de posibilidades.
Contra la fijación, contra la regresión mortal, el psiquiatra pone la ciencia al servicio del más pequeño movimiento, del más sutil progreso. Nunca desespera, no pierde la esperanza de una vida afirmativa, y en la situación de mayor derrumbe trata de pensar y activar un lugar, una falla, un pliegue donde la posibilidad de subjetivación sea todavía legible. Contra el proceso patológico, el psiquiatra defiende el camino que lleva de la desestructuración angustiante a algunas posibilidades múltiples. Para hacerlo necesitará el coraje de enfrentar la inhumanidad de lo imposible; deberá tener el arte de discernir las posibilidades mínimas de lo posible. Finalmente, recordará que es el portador del axioma de la igualdad, entre locos y no locos, y que este axioma no es suyo, sino de toda la humanidad. Contra la tentación de ser un maestro o un cura, observará la más rigurosa reserva. Coraje, discernimiento y reserva: tales son las virtudes del psiquiatra.

* Este texto (publicado en castellano en Alain Badiou, “Reflexiones sobre nuestro tiempo”, Ediciones del Cifrado, Buenos Aires, 2000) reúne las palabras pronunciadas por Alain Badiou en su conferencia de apertura del XIV Congreso Brasileño de Psiquiatría, realizado en noviembre de 1996.

sábado, 30 de septiembre de 2017

perspectivas constructivistas: Elsa Schmid-Kitsikis

Esta autora plantea un modelo de análisis psicodinámico de la cognición, articulando tres dimensiones que la componen:


-dimensión semiótica o nivel de la expresión imaginaria,
-dimensión racional o nivel de la expresión cognitiva,
-dimensión emocional o nivel de expresión fantasmática

es necesario pensar este modelo desde el paradigma de la complejidad, del mismo modo en que pensamos el modelo multidimensional de los aprendizajes de Lucio Cerdá.

Es decir, considerar la complejidad del sujeto clínico, en sus dimensiones articuladas (no superpuestas), distinguiéndolas pero no por ello descomponiéndolas, aislándolas ni jerarquizándolas- nos permitirá observar predominancias o posibles desequilibrios existentes entre ellas (lo que no convierte a una dimensión en la causa del problema), considerando la lógica subyacente que las organiza: cada una de ellas incluye a la otras, al tiempo que cada una se encuentra incluida en las demás.

Estos modelo configuran un todo funcional y organizado, en el que importan las interacciones que mantienen las dimensiones que lo configuran, que se despliegan de modo individual y a la vez conjunto, mediante procesos dinámicos de regulación. Esto nos permitirá formular interpretaciones e hipótesis significativas, que impliquen conclusiones que no se encuentren confinadas en campos de estudio disciplinares separados e inconmensurables.

Pensar este modelo desde la perspectiva interdisciplinaria invita a “descender” a la singularidad subjetiva, tomando distancia de abstracciones, universales diagnósticos, de tipos de “normalidad” y supuestas desviaciones, a fin de constituir una mirada clínica de la diversidad de singularidades que presentan nuestros pacientes en sus procesos de aprendizajes, y de las problemáticas en torno a estos procesos.

Todo ello es que implica conceptualizar a la clínica psicopedagógica desde el paradigma de la complejidad: algo que requiere de un cuidadoso trabajo, a fin de comprender este posicionamiento y los compromisos teóricos y clínicos que ello implica, puesto que se trata de una tarea difícil y no siempre entendida. No resulta sencillo comprender que un pensamiento complejo no constituye un pensamiento totalizador, no se trata de una explicación que busca la completud, o alguna verdad que todo lo abarque;  se trata de otro modelo diagnóstico y de tratamiento clínicos, que deja abierto un espacio de incertidumbre, de lo incalculable o no anticipable, lo no-cuantificable, de búsqueda no acabada de la comprensión de la singularidad subjetiva. El obstáculo epistemológico al que nos enfrentamos los clínicos psicopedagogos es el siguiente: el problema no es no saber, el problema es no saber que no se sabe, y por lo tanto, suponer que lo que sabemos es la totalidad de lo que puede saberse.


Un dispositivo clínico así planteado posee otra temporalidad diferente a la cronológica, a las urgencias de lo escolar, lo familiar, incluso a la de otros tratamientos. Esa otra temporalidad: la de los procesos de subjetivación de producción de sentido, el trabajo de propiciar que lo que ocurre sea un objeto pensable, lo que permite el advenimiento de posiciones subjetivas del sujeto aprendiente en la apertura de espacios clínicos de reflexión.

perspectivas constructivistas - el arte del clínico

Piaget plantea que el arte del clínico consiste en situar todo síntoma dentro de un contexto mental, en lugar de realizar una abstracción de éste.


Respecto del clínico como entrevistador, plantea que se trata de desarrollar un arte, que no consiste en conseguir que haya respuesta sino en hacer hablar libremente al niño y en descubrir las tendencias espontáneas en vez de canalizarlas y ponerles diques. 

La indagación clínica propicia de modo constante la conversación en un terreno fecundo, constituyendo una experiencia en el sentido de que el clínico se plantea problemas, forma hipótesis, hace variar las condiciones que entran en consideración y finalmente comprueba cada una de sus hipótesis al contacto de las reacciones provocadas por la conversación. Pero, aclara Piaget, la indagación clínica participa también de la observación directa, en el sentido de que, el buen clínico dirigiendo se deja dirigir y tiene en cuenta todo el contexto mental.

El buen experimentador clínico debe reunir dos cualidades con frecuencia incompatibles:
-saber observar, es decir, dejar hablar al niño, no agotar nada, no desviar nada;

-saber buscar algo preciso, tener en todo instante alguna hipótesis de trabajo, alguna teoría, justa o falsa, que comprobar.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

para seguir pensando en Infancia

Las preguntas verdaderamente serias son aquéllas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del ser humano.


Milan Kundera