martes, 6 de junio de 2017

Narración y subjetividad. GRACIELA MONTES

, ESCRITORA PARA CHICOS

 "Desde chiquito, todo lector es un rebelde, un insatisfecho"

¿Cómo crece una pasión? De la perplejidad, de la incertidumbre y hasta del aburrimiento nacen los lectores. Aceptan los riesgos de la literatura y con ojos voraces leen también el mundo. Pero habrá que estimularlos desde chicos para que esa disponibilidad no se diluya entre adultos que suelen negarse a la aventura de los libros.

Graciela Montes, que tiene casi una centena de títulos para chicos. "Y el árbol siguió creciendo", "Historia de un amor exagerado" y "Otroso" son apenas tres de sus clásicos. Tiene también ensayos especializados. El último es "Literatura infantil. Creación, censura y resistencia" (Sudamericana), con la brasileña Ana María Machado. (reportaje año 2003)

Para un sector importante de chicos (desde la clase media hacia arriba), la vida ocurre, me parece, demasiado organizada. Hablo de chicos con agenda completa de actividades, a los que hasta el cumpleaños se les organiza, con animador incluido. ¿Todo esto promueve que sean más creativos y mejores lectores?

—Es arriesgado dar una respuesta que cubra todos los ejemplos. Pero, de todas maneras, digo que no, que una vida tan pautada no favorece la creatividad ni la lectura. Empecemos por ver qué entiendo yo por lectura. Es una actividad más amplia que "leer libros": es sentirse desconcertado frente al mundo, buscar signos y construir sentido. Para leer de esa manera, con esa intensidad, la vacancia, la disponibilidad, el no asustarse por el vacío es fundamental. Y cuando la programación de la vida es muy rigurosa, parecería que no hay grietas ni lugar donde sentirse desconcertado, perplejo, cuestionador, inquieto por todo lo que a uno lo rodea. El aburrimiento —eso que de chicos llamábamos aburrimiento y que siempre terminaba en algún juego interesante o en alguna lectura— me parece útil, imprescindible para el desarrollo de una persona.

En general, a los adultos nos preocupa y hasta nos asusta el aburrimiento de los chicos...

—Lo que pasa es que es difícil de tolerar. Nuestra cultura lo rechaza porque no tolera ver pasar el tiempo; quiere anularlo, simular que no existe.


Uno suele tener miedo de que un chico aburrido se convierta en un chico triste.

—No hay que desesperarse. Ese vacío siempre tiene un punto de angustia, pero que no necesariamente supone tristeza, sino generalmente la posibilidad de imaginar y construir sentidos nuevos. Es como la página vacía para inaugurar una escritura. Es el momento en el que uno se mira a sí mismo, ve sus cosas y el entorno de una manera extrañada, no utilitaria, no instrumental. Ahí pueden aparecer preguntas y respuestas originales. "¿Y? ¿Para qué eran todas estas cosas? ¿Y yo quién era?" De ese desacomodamiento, de esa incertidumbre, siempre salen cosas positivas.


¿Uno se hace lector entonces por insatisfacción, porque tiene algún tipo de angustia y necesita aplacarla?

—Por una insatisfacción, seguramente. Yo creo que la lectura nace del desequilibrio, no del equilibrio. Nace del cuestionamiento, de la inquietud, del anhelo, del deseo. De todo lo que nos muestra que no somos seres completos. Desde chiquito, todo lector es un insatisfecho, un rebelde. La conciencia primera, cuando uno empieza a ver el mundo y a verse, es desasosegante, desequilibra. Y uno lee, hace sus pequeños universos de sentido para de alguna manera lograr equilibrios precarios. Y digo precarios porque son equilibrios siempre en movimiento, que se hacen y se deshacen, pero realmente útiles, porque ese dinamismo asegura vida, plenitud.

Por su descripción, parece que hay rasgos innatos que nos hacen o no lectores. ¿Un lector nace o se hace?

—Yo creo que todos tenemos una disponibilidad natural para la lectura. Seguramente hay personas con deseos más insatisfechos o con una fantasía más amplia y con impulsos más fuertes y perdurables hacia la lectura. Pero todos nacemos lectores. Todos tenemos inclinación a interrogarnos sobre las cosas. Por eso es fundamental saber cómo la escuela actúa sobre esa "naturaleza" entre comillas, porque sabemos que la cultura influye siempre sobre cualquier disponibilidad. La escuela no debería entonces aniquilar esa disposición inicial a preguntarse todo y a intentar respuestas por vía de la lectura.


El docente suele ser también un adulto para el que el aburrimiento de los chicos es inmanejable, inquietante. Me imagino que la escuela tiende entonces a aquietar toda insatisfacción y no a estimularla.

—Sí, seguramente. Siempre hay asimilación y acomodación, como decía Piaget. Es decir, siempre hay un anhelo de tragarse el mundo y hay un mundo que a uno lo pone en caja. Ese es un juego permanente en el que la escuela es socializadora y necesita por lo tanto controlar algunas cosas. Pero conozco muchos docentes que son capaces de mantener viva la inquietud creativa de los chicos. Hay muchos docentes que no domestican. Hay gente que cree que la escuela tiene que domesticar; yo creo que por supuesto esa no es su tarea.


Pero hay muchos que creen que la escuela es la única responsable de que los chicos no lean más.

—Los adultos suelen estar muy preocupados porque los chicos no leen, pero no se miran a sí mismos con honestidad. Los padres siempre traen esas quejas a la Feria del Libro, por ejemplo. Generalmente, los que no leen son ellos. No se tientan con un libro ni con el diario; no están en postura de lectura.


¿Qué significa "postura de lectura"?

—Hablo de esa actitud de lectura que implica, como le decía antes, insatisfacción, perplejidad, búsqueda. Me inquieta ver que hay padres que organizan concursos de lectura a ver qué hijo lee más libros o qué pagan por libro leído. Es un poco sonso pensar que con eso se está estimulando la lectura o creando lectores.


¿Qué sugiere usted entonces?

—Les diría a los padres que se pongan no solamente a leer un libro con los chicos, sino a mirar el mundo con ellos. A mirar el barrio, los cambios que hubo en un año, por ejemplo. En esas pequeñas "lecturas del mundo" los chicos son plásticos, activos, creativos y tienen mucha más disponibilidad que los adultos. Si se les estimula ese juego, enseguida se enganchan. Sugiero también que los adultos les lean en voz alta, o que lean juntos cada uno su libro, o que lean primero un capítulo uno, después un capítulo otro, o como sea: lo importante es que compartan el hábito y el placer. Es fundamental leer cosas que resulten significativas, valiosas. Es decir, que la lectura tenga un sentido. Si leer es algo tan sustancioso, tan nutritivo, también va a tener sentido compartir esos momentos, consolidar el vínculo, enriquecerlo. Que padres e hijos frecuenten espectáculos, librerías. Que los papás, en definitiva, saquen a los chicos de los carriles; que unos y otros salgan del corral, que corran los límites de la imaginación.


¿La televisión y la computadora son parte de ese corral que aprisiona o pueden estimular la creatividad y la lectura?

—La computadora tiene posibilidades extraordinarias, porque es una máquina de producir textos. Con ella uno es actor, nunca un ser pasivo. Los chicos en general lo descubren muy pronto y están desarrollando una escritura propia de correo electrónico y de chat bastante interesante, a la que habría que prestar atención y ver cómo se está desarrollando.


¿No le asusta un poco la simplificación que los chicos hacen del lenguaje en la computadora e incluso la tergiversación de los signos?

—No, no me asusta porque nada que sea una transformación en el lenguaje me asusta. Quizá me inquieta, pero gozosamente. Me digo ¡adónde iremos!, ¡qué divertido!, ¡qué va a pasar!, ¡cómo se va a transformar esto! No me parece que tenga que abroquelarme detrás de la Academia de la Lengua. No, porque el lenguaje es vivo, y yo estoy del lado del lenguaje vivo; yo soy una escritora, no una académica. Así que me parece fantástico que modifiquen, que rompan y que creen un lenguaje nuevo si hace falta. La cuestión es que lo usen. Y que lo usen para decir su palabra, una palabra personal, no para repetir un esquema. Si para poder construir esa palabra personal tienen que destruir algunas cosas, bueno, tendrán que destruirlas, ya veremos qué hacemos luego. Mientras tanto, uno podría, como adulto, contribuir acercándoles los buenos textos, para nutrirlos y enriquecer la transformación.


¿Cuáles son los buenos textos? ¿Cómo darse cuenta?

—Teniendo en cuenta que, de todas maneras, los chicos van a leer de todo y que en ese todo hay un montón de cosas adocenadas que, por fortuna, no dejan huellas, ni buenas ni malas. La ventaja de ir incorporando otros textos, urticantes, desasosegantes, fuera de los márgenes habituales, es que mueven la cabeza, lo cambian a uno, lo desestructuran y permiten construir algo más personal. Por eso, un buen texto literario, aunque sea uno cada tanto, está lleno de fermento, de muchísimas posibilidades de producir cosas en uno.


Cuando usted dice "urticante", ¿se refiere a los temas, como cuando fue la fiebre de cuentos de terror para chicos, por ejemplo?

—No, no pensaba en los temas. Los cuentos de terror, una vez que se repetía la receta, terminaron también adocenándose y no resultaban urticantes. Yo pienso más bien en el texto, en lo literario, en el uso del idioma, en el punto de vista, en la ironía, en el humor del bueno, en el juego de palabras, en las rupturas sintácticas, es decir, en cómo se trabaja el lenguaje. Pienso en el lenguaje como algo que está en producción, que no es una cajita ya armada que se llena más o menos con cualquier cosa. Quiero decir que si un texto es "urticante" en este aspecto, es bueno.


¿La libertad creativa del autor estimula la del lector?

—Exactamente. Porque si no, si el libro responde a una receta, puede aparecer lo políticamente correcto que es, por ejemplo, tratar este tema porque debe ser tratado. ¿Hay un problema con el alcoholismo? Hagamos un cuento que trate el alcoholismo. Es tan fácil caer en eso.


¿Por qué?

—Porque la literatura de los chicos es tan vigilada que es muy fácil que aparezcan mandatos y que se busque responder a ellos. Pero eso, a la larga, siempre es sospechoso para un chico: porque lo recibe como lección, como moraleja, y no funciona como literatura. La literatura es otra cosa: es un lugar donde se producen rupturas. Es cierto que hay que tener en cuenta los temas, pero no es lo esencial, me parece. Hay cuentos de terror, sobre el amor, sobre la muerte... En fin, temas que quizá antes no se trataban.

El tema de la muerte es particularmente difícil. ¿Cómo hacer un buen cuento para chicos con ese tema?

—Hay hermosos cuentos que tratan la muerte muy bien, porque la transforman no en tema sino en literatura. Uno es de Laura Devetach, "Monigote en la arena". El otro, de Gustavo Roldán, "Como si el ruido pudiera molestar", y otro, muy irónico, que aparece en "Los imposibles" de Ema Wolf, que es el del señor Lanari, un señor hecho de lana que se desteje. Cuando termina de destejerse, llega a la casa de la abuela, y la abuela lo empieza a tejer. Es una hermosísima imagen. Eso es literatura. No es literatura armar una historia del tipo "éste es el caso de un niño al que se le murió alguien, entonces, vamos a ver cómo lo consolamos con una novela". No tengo nada contra la gente que hace eso, lo que digo es que no me refiero a eso cuando repito que la buena literatura es urticante y desestructura.

Según esos criterios, ¿Harry Potter es un buen libro para chicos?


—Es muy difícil separar el libro del aparato comercial que lo rodea, ¿no cree? Harry Potter es un libro extraordinariamente eficaz, que tiene todos los ingredientes: ma gia, emoción, aventuras... Es también previsible, cerrado, casi un libro del siglo XIX. Pero no me parece mal. Lo terrible es que alguien piense que si lee Harry Potter ya se recibió de lector y no necesita leer nada más. Porque cualquier cosa que funcione en la lectura como talismán, como cierre —"bueno, después de esto, el desierto; se acabó la historia, leemos esto y ya no leemos nada más"— es perjudicial, porque la lectura es siempre una construcción provisoria, llena de quiebres. La lectura, para nuestra felicidad, es como el señor Lanari: está tejiéndose y destejiéndose siempre. 

NARRACION y SUBJETIVIDAD. Un lector llamado Lucio Cerdá

CÓMO ME ACERCO A UN TEXTO, por Lucio Cerdá

¿Cómo me acerco a un texto, o más precisamente, qué ocurre entre un libro y mis perplejidades? Leo siempre, desde siempre. Mis libros suelen parecerse a la memoria de lo que soy o creo ser: acuden a trabajar mi identidad, no se privan de cincelarme como múltiples artesanos prepotentes.  Leer, creo, es siempre un encuentro y no quise elaborar nunca ninguna estrategia previa ante unas páginas desconocidas.

Sí, en cambio, reconozco un gesto habitual: acaricio casi impúdicamente la tapa, mis dedos recorren las hojas vírgenes de pupilas como si allí fuera a encontrar algún aviso de lo que vaya a ocurrirme. Nada; siempre es lo mismo. El lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro, dijo alguien y así, justamente, me siento al comenzar la lectura.

Diferentes son, claro, las experiencias una vez que dejamos de ser el texto y yo, desconocidos. Hay libros que cierro definitivamente y mi semblante se parece a sí mismo; hay otros,  sin embargo, que estallan como estrellas inocentes: son aquellos libros que se incrustan en mi alma y me inundan de conversaciones, de anhelos, de preguntas, de desazones. A estos últimos necesito imposiblemente tenerlos cerca y es así que intento oponerme a las leyes de la física. Donde hay varios, muchos libros, no puede haber otra multitud de ellos. Los alejo entonces pidiéndoles disculpas (ya te traeré cerca nuevamente, son sólo unas pocas semanas de separación).

Fui acusado de ensimismarme entre páginas, a veces con razón,  y no faltó el rudo familiar que señalara la pérdida de tiempo que leer suponía (en aquellos días los acusados eran los libros del Príncipe Valiente). Mucho, mucho más tarde, encontré una justa réplica en Saramago: Son plácidas todas las horas que perdemos, si en el perderlas, como en una jarra, ponemos flores.


Una revelación final. No me suele ser grato que interrumpan la lectura más de lo debido con una excepción: una perrita llamada Azúcar no toma a veces demasiado en cuenta la seriedad de mis meditaciones y me hace saber,  mirándome fijo largos instantes, que ha llegado la hora de jugar: allá voy.

ACERCA DE LA LENGUA ESCRITA II

Implicancias en el análisis de los procesos de apropiación y sus complejidades

"En la interpretación de este proceso de apropiación, se imponen además otros interrogantes centrales: ¿en qué consisten los procesos a través de los cuales los niños se convierten en poseedores eficaces de la lengua escrita?, es decir, ¿Cuáles son los caminos cognitivos que el niño deberá transitar para comprender las propiedades, el valor social y las funciones de la escritura?, ¿cómo interpreta un niño en proceso de aprendizaje las relaciones entre la lengua oral (lo que se dice) y la lengua escrita (lo que se escribe)?, por mencionar algunos.

Se trata de comprender que niños y niñas se posicionan tempranamente en lectores y escritores: “un lector-escritor es una persona que necesita y desea leer y escribir cotidianamente y que sabe cómo hacerlo. El ´saber como´ es un elemento central para mantener la actividad, ya que nadie incrementa aquello que le resulta difícil sino que tiende a evitarlo y, en lo posible, a abandonarlo” (Mirta Castedo).

"Pero también se trata de comprender que de igual modo, se erigen en intérpretes de este objeto sociocultural: “Lo escrito es un conjunto de marcas no figurativas, organizadas prolijamente en líneas y en cadenas enmarcadas por espacios en blanco, marcas que suscitan de manera misteriosa una oralidad adulta con altos grados de extrañeza léxica e incluso sintáctica. Un adulto lee el periódico y dice, en voz alta: “el vencimiento es el próximo lunes; no habrá prórroga”. ¿Qué comprende el niño de 4 o 5 años que escucha este acto de habla producto de una lectura que no le está destinada? La actitud de los adultos le indica que lo que acaba de escuchar es serio, o sea, es del orden del SI, no del COMO SI, ese como si que se instala en la ficción cuando uno de esos mismos adultos le lee un cuento. La escritura tiene el poder de suscitar ciertas acciones y reacciones emocionales que, aunque resulten incomprensibles, contribuyen a que, desde el inicio, se cobre confusa conciencia sobre una ambivalencia fundamental de los usos sociales de lo escrito. Porque la escritura tiene un doble valor social: por un lado, la escritura como medio para el ejercicio de la autoridad, del poder; por el otro, la escritura como juego de lenguaje, la ficción literaria o la poesía.”


Emilia Ferreiro

ACERCA DEL SISTEMA DE LA LENGUA ESCRITA

Preguntas epistemológicas

¿La escritura es un código de transcripción gráfico de unidades sonoras o constituye un sistema de representación del lenguaje?

Si se trata de un sistema de representación ¿cuál es la naturaleza de la relación entre lo real y su representación?

 ¿En qué consiste el proceso de diferenciación de los elementos y relaciones existentes en el objeto a ser representado? ¿qué elementos y relaciones se seleccionan para ser retenidos en a representación?

 ¿Qué es lo que la escritura representa?

1-¿se trata de representar las diferencias existentes en los significados?

2-¿se trata de representar las diferencias en los significados en relación con las propiedades de los referentes?

3-¿se trata de representar las diferencias entre los significantes?


4-¿se trata de representar diferencias entre los significantes en relación con los significados?

para seguir pensando Infancia

Las preguntas verdaderamente serias son aquéllas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del ser humano.

Milan Kundera

para pensar Narración y subjetividad

INSTRUCCIONES PARA ENSEÑAR A LEER A UN NIÑO
Gustavo Martín Garzo
Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así, muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.
Palabras del día y de la noche
Por eso los adultos deben contarle cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que estan ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga.
Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.
Jardín secreto
Pero los libros son como aquel jardín secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre novela homónima: No basta con saber que estan ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En la novela de F.H. Burnett es un petirrojo quien lo hace, y gracias a ello la niña puede visitar el jardín escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni más inteligentes, ni siquiera más buenos o compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una sola línea y eso no les impidió concebir algunos de los cuentos más hermosos que se han escuchado jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.
(Artículo publicado el 17 de abril de 2003 por el suplemento Blanco y Negro Cultural del diario ABC)