, ESCRITORA PARA
CHICOS
"Desde chiquito, todo lector es un
rebelde, un insatisfecho"
¿Cómo crece una pasión? De la
perplejidad, de la incertidumbre y hasta del aburrimiento nacen los lectores.
Aceptan los riesgos de la literatura y con ojos voraces leen también el mundo.
Pero habrá que estimularlos desde chicos para que esa disponibilidad no se
diluya entre adultos que suelen negarse a la aventura de los libros.
Graciela Montes, que tiene casi una
centena de títulos para chicos. "Y el árbol siguió creciendo",
"Historia de un amor exagerado" y "Otroso" son apenas tres
de sus clásicos. Tiene también ensayos especializados. El último es
"Literatura infantil. Creación, censura y resistencia"
(Sudamericana), con la brasileña Ana María Machado. (reportaje año 2003)
Para un sector importante de chicos
(desde la clase media hacia arriba), la vida ocurre, me parece, demasiado
organizada. Hablo de chicos con agenda completa de actividades, a los que hasta
el cumpleaños se les organiza, con animador incluido. ¿Todo esto promueve que
sean más creativos y mejores lectores?
—Es arriesgado dar una respuesta
que cubra todos los ejemplos. Pero, de todas maneras, digo que no, que una vida
tan pautada no favorece la creatividad ni la lectura. Empecemos por ver qué
entiendo yo por lectura. Es una actividad más amplia que "leer
libros": es sentirse desconcertado frente al mundo, buscar signos y
construir sentido. Para leer de esa manera, con esa intensidad, la vacancia, la
disponibilidad, el no asustarse por el vacío es fundamental. Y cuando la
programación de la vida es muy rigurosa, parecería que no hay grietas ni lugar
donde sentirse desconcertado, perplejo, cuestionador, inquieto por todo lo que
a uno lo rodea. El aburrimiento —eso que de chicos llamábamos aburrimiento y
que siempre terminaba en algún juego interesante o en alguna lectura— me parece
útil, imprescindible para el desarrollo de una persona.
En general, a los adultos nos
preocupa y hasta nos asusta el aburrimiento de los chicos...
—Lo que pasa es que es difícil de
tolerar. Nuestra cultura lo rechaza porque no tolera ver pasar el tiempo; quiere
anularlo, simular que no existe.
Uno suele tener miedo de que un
chico aburrido se convierta en un chico triste.
—No hay que desesperarse. Ese vacío
siempre tiene un punto de angustia, pero que no necesariamente supone tristeza,
sino generalmente la posibilidad de imaginar y construir sentidos nuevos. Es
como la página vacía para inaugurar una escritura. Es el momento en el que uno
se mira a sí mismo, ve sus cosas y el entorno de una manera extrañada, no
utilitaria, no instrumental. Ahí pueden aparecer preguntas y respuestas
originales. "¿Y? ¿Para qué eran todas estas cosas? ¿Y yo quién era?"
De ese desacomodamiento, de esa incertidumbre, siempre salen cosas positivas.
¿Uno se hace lector entonces por
insatisfacción, porque tiene algún tipo de angustia y necesita aplacarla?
—Por una insatisfacción,
seguramente. Yo creo que la lectura nace del desequilibrio, no del equilibrio.
Nace del cuestionamiento, de la inquietud, del anhelo, del deseo. De todo lo
que nos muestra que no somos seres completos. Desde chiquito, todo lector es un
insatisfecho, un rebelde. La conciencia primera, cuando uno empieza a ver el
mundo y a verse, es desasosegante, desequilibra. Y uno lee, hace sus pequeños
universos de sentido para de alguna manera lograr equilibrios precarios. Y digo
precarios porque son equilibrios siempre en movimiento, que se hacen y se
deshacen, pero realmente útiles, porque ese dinamismo asegura vida, plenitud.
Por su descripción, parece que hay
rasgos innatos que nos hacen o no lectores. ¿Un lector nace o se hace?
—Yo creo que todos tenemos una
disponibilidad natural para la lectura. Seguramente hay personas con deseos más
insatisfechos o con una fantasía más amplia y con impulsos más fuertes y
perdurables hacia la lectura. Pero todos nacemos lectores. Todos tenemos
inclinación a interrogarnos sobre las cosas. Por eso es fundamental saber cómo
la escuela actúa sobre esa "naturaleza" entre comillas, porque sabemos
que la cultura influye siempre sobre cualquier disponibilidad. La escuela no
debería entonces aniquilar esa disposición inicial a preguntarse todo y a
intentar respuestas por vía de la lectura.
El docente suele ser también un
adulto para el que el aburrimiento de los chicos es inmanejable, inquietante.
Me imagino que la escuela tiende entonces a aquietar toda insatisfacción y no a
estimularla.
—Sí, seguramente. Siempre hay
asimilación y acomodación, como decía Piaget. Es decir, siempre hay un anhelo de
tragarse el mundo y hay un mundo que a uno lo pone en caja. Ese es un juego
permanente en el que la escuela es socializadora y necesita por lo tanto
controlar algunas cosas. Pero conozco muchos docentes que son capaces de
mantener viva la inquietud creativa de los chicos. Hay muchos docentes que no
domestican. Hay gente que cree que la escuela tiene que domesticar; yo creo que
por supuesto esa no es su tarea.
Pero hay muchos que creen que la
escuela es la única responsable de que los chicos no lean más.
—Los adultos suelen estar muy
preocupados porque los chicos no leen, pero no se miran a sí mismos con
honestidad. Los padres siempre traen esas quejas a la Feria del Libro, por
ejemplo. Generalmente, los que no leen son ellos. No se tientan con un libro ni
con el diario; no están en postura de lectura.
¿Qué significa "postura de
lectura"?
—Hablo de esa actitud de lectura
que implica, como le decía antes, insatisfacción, perplejidad, búsqueda. Me
inquieta ver que hay padres que organizan concursos de lectura a ver qué hijo
lee más libros o qué pagan por libro leído. Es un poco sonso pensar que con eso
se está estimulando la lectura o creando lectores.
¿Qué sugiere usted entonces?
—Les diría a los padres que se
pongan no solamente a leer un libro con los chicos, sino a mirar el mundo con
ellos. A mirar el barrio, los cambios que hubo en un año, por ejemplo. En esas
pequeñas "lecturas del mundo" los chicos son plásticos, activos,
creativos y tienen mucha más disponibilidad que los adultos. Si se les estimula
ese juego, enseguida se enganchan. Sugiero también que los adultos les lean en
voz alta, o que lean juntos cada uno su libro, o que lean primero un capítulo
uno, después un capítulo otro, o como sea: lo importante es que compartan el
hábito y el placer. Es fundamental leer cosas que resulten significativas,
valiosas. Es decir, que la lectura tenga un sentido. Si leer es algo tan
sustancioso, tan nutritivo, también va a tener sentido compartir esos momentos,
consolidar el vínculo, enriquecerlo. Que padres e hijos frecuenten
espectáculos, librerías. Que los papás, en definitiva, saquen a los chicos de
los carriles; que unos y otros salgan del corral, que corran los límites de la
imaginación.
¿La televisión y la computadora son
parte de ese corral que aprisiona o pueden estimular la creatividad y la
lectura?
—La computadora tiene posibilidades
extraordinarias, porque es una máquina de producir textos. Con ella uno es
actor, nunca un ser pasivo. Los chicos en general lo descubren muy pronto y
están desarrollando una escritura propia de correo electrónico y de chat
bastante interesante, a la que habría que prestar atención y ver cómo se está
desarrollando.
¿No le asusta un poco la
simplificación que los chicos hacen del lenguaje en la computadora e incluso la
tergiversación de los signos?
—No, no me asusta porque nada que
sea una transformación en el lenguaje me asusta. Quizá me inquieta, pero
gozosamente. Me digo ¡adónde iremos!, ¡qué divertido!, ¡qué va a pasar!, ¡cómo
se va a transformar esto! No me parece que tenga que abroquelarme detrás de la Academia de la Lengua. No , porque el
lenguaje es vivo, y yo estoy del lado del lenguaje vivo; yo soy una escritora,
no una académica. Así que me parece fantástico que modifiquen, que rompan y que
creen un lenguaje nuevo si hace falta. La cuestión es que lo usen. Y que lo
usen para decir su palabra, una palabra personal, no para repetir un esquema.
Si para poder construir esa palabra personal tienen que destruir algunas cosas,
bueno, tendrán que destruirlas, ya veremos qué hacemos luego. Mientras tanto,
uno podría, como adulto, contribuir acercándoles los buenos textos, para
nutrirlos y enriquecer la transformación.
¿Cuáles son los buenos textos?
¿Cómo darse cuenta?
—Teniendo en cuenta que, de todas
maneras, los chicos van a leer de todo y que en ese todo hay un montón de cosas
adocenadas que, por fortuna, no dejan huellas, ni buenas ni malas. La ventaja
de ir incorporando otros textos, urticantes, desasosegantes, fuera de los
márgenes habituales, es que mueven la cabeza, lo cambian a uno, lo
desestructuran y permiten construir algo más personal. Por eso, un buen texto
literario, aunque sea uno cada tanto, está lleno de fermento, de muchísimas
posibilidades de producir cosas en uno.
Cuando usted dice
"urticante", ¿se refiere a los temas, como cuando fue la fiebre de
cuentos de terror para chicos, por ejemplo?
—No, no pensaba en los temas. Los
cuentos de terror, una vez que se repetía la receta, terminaron también
adocenándose y no resultaban urticantes. Yo pienso más bien en el texto, en lo
literario, en el uso del idioma, en el punto de vista, en la ironía, en el
humor del bueno, en el juego de palabras, en las rupturas sintácticas, es
decir, en cómo se trabaja el lenguaje. Pienso en el lenguaje como algo que está
en producción, que no es una cajita ya armada que se llena más o menos con
cualquier cosa. Quiero decir que si un texto es "urticante" en este
aspecto, es bueno.
¿La libertad creativa del autor
estimula la del lector?
—Exactamente. Porque si no, si el
libro responde a una receta, puede aparecer lo políticamente correcto que es,
por ejemplo, tratar este tema porque debe ser tratado. ¿Hay un problema con el
alcoholismo? Hagamos un cuento que trate el alcoholismo. Es tan fácil caer en
eso.
¿Por qué?
—Porque la literatura de los chicos
es tan vigilada que es muy fácil que aparezcan mandatos y que se busque
responder a ellos. Pero eso, a la larga, siempre es sospechoso para un chico:
porque lo recibe como lección, como moraleja, y no funciona como literatura. La
literatura es otra cosa: es un lugar donde se producen rupturas. Es cierto que
hay que tener en cuenta los temas, pero no es lo esencial, me parece. Hay
cuentos de terror, sobre el amor, sobre la muerte... En fin, temas que quizá
antes no se trataban.
El tema de la muerte es
particularmente difícil. ¿Cómo hacer un buen cuento para chicos con ese tema?
—Hay hermosos cuentos que tratan la
muerte muy bien, porque la transforman no en tema sino en literatura. Uno es de
Laura Devetach, "Monigote en la arena". El otro, de Gustavo Roldán,
"Como si el ruido pudiera molestar", y otro, muy irónico, que aparece
en "Los imposibles" de Ema Wolf, que es el del señor Lanari, un señor
hecho de lana que se desteje. Cuando termina de destejerse, llega a la casa de
la abuela, y la abuela lo empieza a tejer. Es una hermosísima imagen. Eso es
literatura. No es literatura armar una historia del tipo "éste es el caso
de un niño al que se le murió alguien, entonces, vamos a ver cómo lo consolamos
con una novela". No tengo nada contra la gente que hace eso, lo que digo
es que no me refiero a eso cuando repito que la buena literatura es urticante y
desestructura.
Según esos criterios, ¿Harry Potter
es un buen libro para chicos?
—Es muy difícil separar el libro
del aparato comercial que lo rodea, ¿no cree? Harry Potter es un libro
extraordinariamente eficaz, que tiene todos los ingredientes: ma gia, emoción,
aventuras... Es también previsible, cerrado, casi un libro del siglo XIX. Pero
no me parece mal. Lo terrible es que alguien piense que si lee Harry Potter ya
se recibió de lector y no necesita leer nada más. Porque cualquier cosa que
funcione en la lectura como talismán, como cierre —"bueno, después de
esto, el desierto; se acabó la historia, leemos esto y ya no leemos nada
más"— es perjudicial, porque la lectura es siempre una construcción
provisoria, llena de quiebres. La lectura, para nuestra felicidad, es como el
señor Lanari: está tejiéndose y destejiéndose siempre.
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