¿Cómo me acerco a un texto, o más precisamente, qué ocurre
entre un libro y mis perplejidades? Leo siempre, desde siempre. Mis libros
suelen parecerse a la memoria de lo que soy o creo ser: acuden a trabajar mi
identidad, no se privan de cincelarme como múltiples artesanos
prepotentes. Leer, creo, es siempre un encuentro y no quise elaborar
nunca ninguna estrategia previa ante unas páginas desconocidas.
Sí, en cambio, reconozco un gesto habitual: acaricio casi
impúdicamente la tapa, mis dedos recorren las hojas vírgenes de pupilas como si
allí fuera a encontrar algún aviso de lo que vaya a ocurrirme. Nada; siempre es
lo mismo. El lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro, dijo
alguien y así, justamente, me siento al comenzar la lectura.
Diferentes son, claro, las experiencias una vez que dejamos de
ser el texto y yo, desconocidos. Hay libros que cierro definitivamente y mi semblante
se parece a sí mismo; hay otros, sin embargo, que estallan como estrellas
inocentes: son aquellos libros que se incrustan en mi alma y me inundan de
conversaciones, de anhelos, de preguntas, de desazones. A estos últimos
necesito imposiblemente tenerlos cerca y es así que intento oponerme a las
leyes de la física. Donde hay varios, muchos libros, no puede haber otra
multitud de ellos. Los alejo entonces pidiéndoles disculpas (ya te traeré cerca
nuevamente, son sólo unas pocas semanas de separación).
Fui acusado de ensimismarme entre páginas, a veces con
razón, y no faltó el rudo familiar que señalara la pérdida de tiempo que
leer suponía (en aquellos días los acusados eran los libros del Príncipe
Valiente). Mucho, mucho más tarde, encontré una justa réplica en Saramago: Son
plácidas todas las horas que perdemos, si en el perderlas, como en una jarra,
ponemos flores.
Una revelación final. No me suele ser grato que interrumpan la
lectura más de lo debido con una excepción: una perrita llamada Azúcar no toma
a veces demasiado en cuenta la seriedad de mis meditaciones y me hace
saber, mirándome fijo largos instantes, que ha llegado la hora de jugar:
allá voy.
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