sábado, 31 de agosto de 2019

Libro cátedra - capítulo 3



UN DISPOSITIVO DE INICIO EN LA CLÍNICA PSICOPEDAGÓGICA: LA ENTREVISTA DE ADMISIÓN. UNA REVISIÓN PERTINENTE[1]

 Susana Osorio

 

El nacimiento de un niño determina
un momento fundamental en su desarrollo,
la salida del útero materno implicará para el pequeño
infans un cambio espacial, temporal y orgánico marcado
por su crecimiento, por su maduración y por la
herencia congénita con la que el neonato ha nacido.

Esteban Levin



Introducción


El presente capítulo tiene como propósito realizar algunas revisiones acerca de una práctica institucional que pertenece al dispositivo clínico SAOP (Servicio de Atención y Orientación Psicopedagógica), y puede resultar de utilidad para el ejercicio de nuestra clínica, aún por fuera de esta institución: me refiero a lo que se conoce como Entrevista de Admisión.

El SAOP, como un espacio  de extensión universitaria[2] de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNLZ, no sólo brinda respuesta a la demanda de atención psicopedagógica a niños, niñas y adolescentes provenientes de sectores de extrema vulnerabilidad social, sino que además, a partir de las prácticas clínicas que allí se realizan, se transforma en espacio de permanente formación para todos los profesionales que lo componen y de los estudiantes de la carrera de psicopedagogía que desarrollan sus pasantías prácticas en esta institución.

La permanente revisión de nuestras prácticas, la búsqueda de respuestas en los aportes de otras disciplinas como la neuropediatría, la genética, la psicología cognitiva, el psicoanálisis, entre otras, hace que pasados unos años desde la creación del dispositivo institucional “Entrevista de Admisión”, nos veamos en la necesidad de profundizar algunos temas allí presentados.
Toda consulta psicopedagógica supone un proceso de diagnóstico para el posterior establecimiento de las estrategias de intervención; dentro de ese proceso, la entrevista de admisión se constituye en una herramienta fundamental, ya que no sólo posibilita evaluar si resulta pertinente o no un tratamiento psicopedagógico para el posible paciente, sino que además permite al entrevistador la posibilidad de indagar aspectos tendientes a orientar el tratamiento, a partir de una primera hipótesis general.

Consideramos oportuno definir el concepto de hipótesis, que, siguiendo a Hernández Sampieri y cols. (2010), entenderemos como aquellas “guías para una investigación o estudio. Las hipótesis indican lo que tratamos de probar y se definen como explicaciones tentativas del fenómeno investigado”. Es importante aclarar que las hipótesis no son necesariamente verdaderas, sino explicaciones posibles, tal como lo mencionan Black y Champion (1976), citado en Sampieri y cols. “una hipótesis es diferente de la afirmación de un hecho”.

En la referida obra se hace mención también al hecho de que todos y cada uno de nosotros en nuestra vida cotidiana realizamos permanentemente hipótesis: “he estudiado lo suficiente, por lo tanto debería aprobar el examen”, lo cual deja en claro la idea de que las hipótesis pueden formularse aunque no exista un cuerpo teórico abundante (ibídem). La clasificación de las hipótesis en investigación clínica es muy amplia, pero en el caso que nos ocupa, nos referiremos únicamente a las hipótesis que establecen relaciones de causalidad, las cuales instauran relaciones entre dos variables y la manera en que se manifiestan; dichas variables en la entrevista de admisión están constituidas por los datos con que contamos y por las dificultades de aprendizaje que el futuro paciente estaría presentando, de acuerdo al relato de los padres. Establecidas dichas hipótesis de causalidad, luego podrán ser comprobadas o refutadas durante el trabajo con el/la paciente.

Este tipo de hipótesis estarán formuladas siempre de manera afirmativa, y atentos a la complejidad y a las diferentes dimensiones que componen el fenómeno “dificultades de aprendizaje” (Cerdá, 2009) nos parece adecuado el uso de verbos en condicional, para evitar caer en certezas que además de obturadoras de todo nuevo conocimiento, no han sido sometidas a prueba aún.
Mencionamos anteriormente “la complejidad y las diferentes dimensiones que componen el fenómeno <dificultades de aprendizaje>”, y en tal sentido, acordamos con el pensamiento de Edgar Morin (2001), quien plantea que el pensamiento complejo aspira a la construcción de un conocimiento multidimensional. (el concepto de “pensamiento complejo” se ampliará más adelante).

Por último, y siempre fundamentándonos en Sampieri y cols., existen también las hipótesis nulas, es decir aquellas que constituyen “el reverso de las hipótesis de investigación”; (ibídem). Ejemplo de ello sería: “El paciente no presenta indicios de daño orgánico”.

Retomando las características específicas del dispositivo en cuestión, en este primer encuentro con los padres del posible paciente se indaga acerca del motivo de consulta y la historia vital conocida habitualmente con el nombre de “anamnesis”, término acuñado por Platón, que significa recuerdo: “Como actualidad de lo vivido, concede al presente lo que éste del pasado requiere, recogiendo la historia para la construcción del aquí y ahora, permitiendo planes y programas que tienen de obligado la anticipación del futuro”.[3]

De acuerdo a diversos autores, tales como Albajari, V. (1996), Mannoni, M. (1981) y Bleger, J. (1971), entre otros, existen variadas modalidades y categorizaciones en relación al tema, diversas formas de realizar una entrevista y diferentes objetivos; el “para qué” de la entrevista condiciona cómo se escucha y qué se escucha.

En el caso que nos ocupa, este momento inicial único -y quizás irrepetible- en el que los padres manifiestan en el espacio clínico cuestiones referentes a sus hijos, podríamos definirlo, siguiendo la clasificación que realiza V. Albajari (1996), como una “entrevista de investigación”, en la que resulta indispensable una escucha integradora, una lectura que pueda totalizar las dimensiones biológica, psicológica, los aspectos cognitivos y el contexto social. Esta mirada integradora es la que nos permitirá no perder de vista eventos que acontecen al interior del sistema nervioso central y que hacen a la organización psicomotriz, el lenguaje y la noción de espacio, pedestales fundamentales tanto para la organización psíquica como cognitiva, evitando de esta manera atribuir una etiología “emocional” o psicológica a algunas perturbaciones conductuales, cuyo origen podría residir en factores orgánicos.

En ocasiones nos encontramos con la mirada atónita de los padres (en las escasas ocasiones en las que suelen concurren ambos) que parecen no encontrar sentido a las preguntas del admisor. Mientras que ellos acuden a consultar porque su hijo/a tiene dificultades para apropiarse de los contenidos escolares, nosotros indagamos cuestiones tales como ¿en qué momento del embarazo comenzaron los controles médicos?, ¿con qué frecuencia se realizaron?, ¿qué estudios se hicieron? También solicitamos detalles del parto: cuánto tiempo transcurrió desde las primeras contracciones hasta el nacimiento, características del recién nacido, color de piel, si su hijo/a les fue entregado/a inmediatamente o recibió algún tipo de asistencia neonatal, entre otras cuestiones. Indagamos además por antecedentes familiares, existencia o no de parientes que hayan manifestado dificultades para aprender, síndromes genéticos, etc.

Estas preguntas adquieren particular relevancia puesto que a partir de los datos recabados y de una jerarquización de los mismos, podremos realizar inferencias tendientes a hipotetizar acerca de la posible etiología de las dificultades referidas y posterior dirección del tratamiento.

Si nos remitimos al concepto “jerarquización”,
La palabra jerarquizar es usada en nuestro idioma para referir a la acción a partir de la cual ordenamos, organizamos cosas, siguiendo un determinado criterio y yendo de lo más a lo menos trascendente. Esta jerarquización, tal como se llama al proceso de ordenar de la manera indicada dejará organizada las cosas en cuestión, por grados o clases… es un término que se aplica a diferentes ámbitos y que aparecerá cada vez que en los mismos sea necesario llevar a cabo una clasificación siguiendo un orden por condiciones de superioridad que ostenten las cosas, las personas, las organizaciones o cualquier otra cuestión. (Definición ABC. web)[4]

Vale la pena aclarar que este relevamiento de ninguna manera implica que al momento de ordenar los datos en función de la importancia o incidencia que estos acontecimientos pudieran tener en la explicación de lo que aparentemente se presentaría como dificultad en el paciente, se torne imperioso priorizar indefectiblemente los factores orgánicos presentes (así como ningún otro factor), ya que quizás no representan factores de riesgo para su desarrollo neurocognitivo.

En síntesis, el/la profesional a cargo de la evaluación y tratamiento de ese paciente, deberá tener en cuenta  las particularidades de todos los factores señalados en la admisión, de cuyo análisis y según el caso del que se trate, surgirá el criterio de jerarquización correspondiente.

Retomando lo postulado por Edgar Morin (2001) en relación al pensamiento complejo, señalamos que el estudio de cualquier fenómeno que incluya la experiencia humana ha de ser indefectiblemente multifacético. Este autor plantea concebir la mente humana no solamente como un cerebro, ya que éste no existe disociado del contexto en el cual se desarrolla, sin tradiciones familiares, sin sus creencias, sin sus características étnicas y raciales, en suma, hablamos de cerebros encarnados en cuerpos y culturas, hablamos de “seres biológicos y culturales” (ibídem).

En síntesis, lo que el pensamiento complejo nos propone (en oposición a un pensamiento simplificador que intenta desintegrar en partes analizables una realidad esencialmente compleja), es poder integrar las diferentes maneras simplificadoras de pensar. Uno de los principales axiomas de la complejidad es “la imposibilidad, incluso teórica, de una omniciencia” (ibídem)

Este pensamiento se caracteriza por lo perturbadora, azarosa y confusa que se transforma nuestra capacidad para delimitar y definir de manera clara los fenómenos abordados y poner orden en nuestras ideas. La propuesta es, en definitiva, alejarnos de las certezas que nos brindan las explicaciones simplistas y reduccionistas.

Estimamos pertinente considerar las palabras de Lucio Cerdá (2009) que sostiene: “preferimos sostener la frustración de aceptar que no alcanzaremos nunca un saber “completo”, a la falsa creencia que imagina una presunta sabiduría satisfecha de sí misma escudada en la hegemonía de una disciplina (cualquiera ella sea) que imagina poseer todas las respuestas”.
De allí la importancia de contar con nuestra “caja de herramientas”, de manera de poder lograr que se constituyan en instrumentos de análisis y reflexión, evitando transformarlas en sistemas conceptuales cerrados (Cerdá, 2009).

Los primeros obstáculos

José Bleger (1971) sostiene  que “el entrevistador debe operar disociado; en parte actuando con una identificación proyectiva con el entrevistado y en parte permaneciendo fuera de esta identificación (...) tiene que jugar los roles que en él son promovidos por el entrevistado, pero sin asumirlos en su totalidad (...) fastidio, cansancio, sueño, irritación, bloqueo, lástima, cariño, rechazo, seducción, etc., son todos indicios contratransferenciales que el entrevistador debe percibir como tales en la medida en que se producen, y tiene que resolverlo analizándolos para sí mismo en función de la personalidad del entrevistado, de la suya propia, y en función del contexto y el momento en que aparecen...”.

En relación a lo antedicho, dos son las dificultades que a la hora de realizar una entrevista de admisión nos vemos enfrentados a dirimir: por un lado, aquello que los padres nos relatan suele no ajustarse siempre a la realidad de los hechos; algunas veces por negación de la problemática por la que atraviesa su hijo/a, otras por carencia de recursos simbólicos con los que poder explicar su historia vital. Con frecuencia nos encontramos en situaciones en las que impresiona no haber un registro cierto respecto del período de gestación, parto y primeros años del niño/a, lo cual pone en cuestión aspectos cualitativos de la función materna y nos estaría hablando de ciertos factores de orden psicológico que podrían incidir en las dificultades del paciente.

Además de considerar cuestiones relativas a la epigénesis[5], tomamos en cuenta las teorizaciones de Silvia Bleichmar cuando afirma que son los cuidados parentales (en especial la madre) los encargados de la libidinización del “cachorro humano”; las fallas producidas en éste vínculo originario no serán sin consecuencia para el desarrollo psíquico del niño o niña.

En los orígenes de la vida, el cachorro humano no conforma unidad alguna, por el contrario, lo que lo caracteriza es “la necesidad de afecto y un cierto grado de maduración psicofisológica endeble y desajustada”.

En este sentido la autora plantea que todo niño es un sujeto histórico y por ende, debe realizar un recorrido que contribuye a clivar su aparato psíquico. Este camino recorrido, estas primeras experiencias vinculares, se transforman así en una serie de “actos constitutivos” que generarán la diferenciación tópica. La unidad que se constituye es la instancia yoica, condición indispensable y sede de los futuros aprendizajes. (Cerdá, 2009)

Nuestra escucha clínica, en consecuencia, debe estar siempre abierta a la duda, a la “sospecha”. Esto es lo que nos permite colegir que existan antecedentes que no concuerden, que en ocasiones la información se contradiga o no resulte verosímil; constituye nuestra tarea preguntar y despejar aquellos datos que aparezcan algunas veces imprecisos, otras ambiguos.

Es aquí donde adviene la segunda dificultad: nuestra pregunta. Cuando comenzamos en el ejercicio de nuestra profesión, resulta un tanto difícil encontrar el punto de equilibrio entre preguntar lo que es imperioso y no sobrepasar los límites de la discreción, es decir, mantener cierta cautela, prudencia y sensatez a la hora de formular nuestras preguntas, con el objeto de no generar en los entrevistados una situación incómoda o de invasión de su privacidad.

Nos encontramos en la entrevista de admisión con nuestro bagaje teórico, “nuestra caja de herramientas” que nos orienta hacia los aspectos que merecen ser investigados con mayor profundidad; pero también nos acompaña nuestra propia subjetividad, nuestras historias personales, nuestras propias imago parentales ya constituidas.

Es aquí entonces donde cobra relevancia una adecuada “disociación instrumental” (Bleger, 1971), ya que una de nuestras herramientas de trabajo es, en efecto, nuestra subjetividad, que se pone en juego en la relación establecida con los entrevistados, puesto que al indagar la vida de ellos, queda implicada la revisión de nuestra propia existencia, conflictos, ansiedades y angustias.

Es entonces cuando se torna necesario asumir un posicionamiento profesionalmente sólido que nos permita intervenir desde la repregunta, los señalamientos de contradicciones y/o inverosimilitudes, teniendo como propósito ordenar datos que aparecen desligados, o bien fundamentaciones “bizarras” que suelen aportar los padres, frecuentemente originadas en una inadecuada información suministrada por los profesionales que han observado al paciente previamente (neurólogos, psicólogos o fonoaudiólogos, entre otros) y, en ocasiones, como una explicación tranquilizadora que han alcanzado a elaborar acerca de las dificultades de su hijo/a.

En cualquier caso, nuestra tarea como admisores tendrá que estar orientada a “correr el velo” que cubre los motivos por los cuales ese niño/a no está pudiendo alcanzar, por ejemplo, el desempeño escolar esperado. Y esto resultará posible solo a partir de una intervención crítica, generadora de interrogantes en relación a lo que los padres pueden relatarnos acerca de su hijo/a.

La pregunta adecuada, el señalamiento oportuno, nos permitirá realizar una lectura más amplia y profunda, posibilitando indagar aspectos que por una aparente obviedad, pueden distorsionar el diagnóstico, llevándonos a atribuir una etiología emocional a procesos claramente orgánicos, disfuncionales o por el contrario, priorizar factores que aparecen como marcando una etiología orgánica y dejar sin considerar importantes cuestiones psicológicas. Como se ha señalado en párrafos anteriores, nuestra escucha clínica debe poder integrar el cúmulo de informaciones obtenidas.

Una aclaración oportuna

En relación a los aprendizajes, resulta necesario aclarar que si bien nuestros pacientes llegan a consulta en su gran mayoría por derivación de la escuela, se trata de niños, niñas y adolescentes que han realizado reiteradas permanencias en el sistema escolar y aun así no logran la construcción de nociones respecto del sistema de la lengua escrita o la constitución de un pensamiento operatorio, que los contenidos escolares requieren. A fin de comprender este complejo fenómeno en profundidad, es que la concepción de aprendizaje -de acuerdo a nuestra formación clínica- adquiere un carácter de fenómeno plural y complejo, es decir, tomando en cuenta los diferentes contextos socio-cognitivos en los que niños y niñas se desempeñan, además del ámbito escolar. (Cerdá, 2009)

Por lo tanto, es necesario realizar una pesquisa acerca del funcionamiento holístico del paciente, esto es, cuestiones relativas a sus vínculos tales como: si tiene amigos, cuáles son sus juegos preferidos, cómo es la relación con sus pares, hermanos, progenitores, entre otras cuestiones.

Resulta preciso indagar también aspectos referidos a la organización de su vida cotidiana y su autonomía personal: ¿se baña solo?, ¿se viste solo?, ¿cómo están distribuidos los ambientes de la casa y dónde duerme? Acostumbramos solicitar que los padres describan a su hijo/a: suelen manifestar caracterizaciones tales como “cuidadoso”, “desordenado”, “responsable”, “cariñoso”, “desobediente”, entre otros; solicitamos entonces -en la medida de lo posible- que expresen el significado, el sentido que para ellos tiene cada uno de esos calificativos.

Esto nos va suministrando información acerca de los diferentes modos de relacionarse que tiene el paciente con los objetos del mundo y con los otros (pares y adultos), ya que en ocasiones refleja una modalidad peculiar a la hora de establecer vínculos y asignar/asumir ciertos posicionamientos subjetivos al interior del seno familiar, que podrían atravesar las dificultades que luego serán detectadas en su desempeño escolar.

Por otra parte, y aquí en relación a aspectos específicamente neurofuncionales, se indaga si el niño/a puede atarse los cordones, abrocharse botones, andar en bicicleta, si corre sin dificultades, cuál es su comportamiento en los juegos de las plazas; aspectos todos que proveen indicadores relativos a funciones gnósico-práxicas.

De esta manera, se trata de obtener datos relevantes que otorguen información inherente a los aprendizajes concebidos como un fenómeno plural y complejo, tal como se mencionó en párrafos anteriores.



¿Por qué resulta necesario indagar  los aspectos pre y perinatales?

En los últimos años, la neuropsicología ha realizado invalorables aportes a nuestra profesión, y es por ello necesario que los psicopedagogos clínicos ampliemos nuestra mirada y podamos abordar nuestra intervención con cada paciente desde las diferentes disciplinas que la problemática de ese niño en particular nos demanda articular.

Nuestra experiencia en el SAOP nos demuestra una fuerte correlación positiva entre factores tales como ausencia o déficit de controles prenatales y/o dificultades perinatales y los problemas de aprendizaje que los pacientes presentan.[6]

Podemos mencionar algunas cuestiones que aparecen como datos significativos en lo que respecta a antecedentes pre-natales, como por ejemplo la edad de la gestante, cantidad de hijos, ingesta de sustancias químicas, presión arterial, enfermedades infecciosas (TORCH), chagas, entre otros[7]. A modo de ejemplo, nos referiremos a algunas situaciones recurrentes en nuestra experiencia realizando admisiones.

Si en una entrevista de admisión se presenta una madre de alrededor de 50 años de edad que consulta por su hijo de 8 años, éste es un dato que no puede ser desestimado: sabido es que si bien una mujer a los 42 años puede ser aún fértil, sus óvulos acompañan el declive general del organismo. Por lo tanto, podría pensarse que desde el momento mismo de la concepción, las condiciones vitales para el desarrollo intrauterino pudieron no haber sido las más apropiadas, ocasionando probablemente daños funcionales sólo observables a posteriori, a partir de indicadores clínicos, así como en otras ocasiones, las consecuencias suelen manifestarse como alteraciones cromosómicas.

Otro ejemplo que nos lleva a elaborar una hipótesis similar a la mencionada, es el caso de una madre de familia numerosa, donde el niño en consulta es el 5º o 6° en orden de nacimiento: en este caso, el deterioro somático que la madre padece con cada uno de los embarazos, restringen las circunstancias óptimas deseables para una nueva gestación.

Asimismo, debería generarnos al menos un llamado de atención, si entre el hermano/a mayor inmediato y el niño/a por el que se consulta, existe un lapso de tiempo considerable, (por ejemplo cinco años o más), ya que en este caso no habría que descartar como posibilidad el hecho de que pudieran haber existido prácticas abortivas que no llegaron a buen término, con las posibles consecuencias en el desarrollo del feto.

En la población que asiste al SAOP, suelen llevarse a cabo este tipo de prácticas “caseras” que forman parte de un bagaje cultural: “la inyección que me recomendaron”; “la pastilla que le dio resultado a una amiga”, suelen ser intentos frustrados de interrumpir un embarazo, pero el efecto que la sustancia química pudo haber tenido en el feto, quizás pueda observarse posteriormente en las habilidades cognitivas del niño/a.

En el mismo sentido y con idénticas posibles consecuencias, es importante en la entrevista despejar si existió por parte de la madre la ingesta de sustancias químicas, ya sean éstas medicamentos, drogas, alcohol o tabaco, entre otras. Teniendo en cuenta la vulnerabilidad del feto -especialmente en las primeras semanas de gestación- cualquier agente tóxico tendrá un efecto negativo sobre los órganos en desarrollo.

Generalmente y ante preguntas que apuntan a indagar los aspectos señalados, las madres suelen darnos una respuesta negativa, o contestar “yo nunca, pero el padre si”. Es el caso de una madre muy joven que se presentó a la admisión con un cierto grado de excitación y ante la pregunta acerca de si había ingerido alcohol, medicamentos o alguna otra sustancia química durante el embarazo de su hijo, dio una respuesta del tipo ya mencionado: “no… yo no… el padre sí,…porro, merca, pastillas…”; avanzada la entrevista, espontáneamente comenzó a relatar que en una oportunidad, su marido la había golpeado estando embarazada y había tenido que tomar ciertos remedios (que no recordaba su nombre) para no perder el embarazo; luego manifestó que además, en el embarazo anterior y en el del niño por el que consultaba, le colocaban siempre una inyección (no sabía para qué era, y al seguir indagando se pudo constatar que la señora tenía sangre factor RH negativo y se le inyectaban los anticuerpos correspondientes). Finalmente, manifestó de manera espontánea que “tenía problemas nerviosos” y que tomaba unas pastillas tranquilizantes; al preguntar acerca del medicamento, no recordó el nombre y extrajo de su bolsillo un blister con Rivotril (clonazepam) [8]

Estos son datos que provocan en el admisor al menos dudas o sospechas: en principio -y sin ánimo de emitir juicio de valor alguno- resulta un tanto dificultoso concebir que una persona que no consume drogas pueda convivir y formar una familia con una persona adicta; en segundo término, su relato franco acerca de los medicamentos que le habían administrado permite hipotetizar que la señora estaba intentando “blanquear” la ingesta de alguna sustancia química al amparo de un remedio recetado.

Por último, resulta posible suponer que una persona con “problemas nerviosos” concurra a un médico y conozca el medicamento que toma, con la dosis diaria indicada por el profesional, que excluye la necesidad de llevar un blister de pastillas en el bolsillo del pantalón.

Si bien se trata en principio de presunciones a la hora de elaborar hipótesis iniciales, ameritan ser atendidas; luego en el tratamiento con el paciente podrán refutarse o corroborarse, o quizás no las podamos revalidar. En última instancia, trabajaremos siempre con lo que en el paciente pueda manifestarse cómo déficit funcional, aunque su etiología continúe siendo incierta.

Dentro del mismo orden, es decir aspectos pre-natales, el adecuado control médico iniciado ante la sospecha de un posible embarazo, realizado con una frecuencia mensual y con los estudios bioquímicos y de ultrasonido de rutina, nos indicaría la existencia de un desarrollo intrauterino controlado.

En algunos estratos sociales, éstas son costumbres poco frecuentes; la madre suele concurrir al médico por primera vez pasada ya la mitad del embarazo (en ocasiones recién en el último trimestre), por lo tanto el seguimiento médico que puede hacerse del desarrollo del bebé en el útero es limitado, y se corre el riesgo de no detectar anomalías que tomadas a tiempo, permitirían al obstetra indagar -si fuera necesario- posibles trastornos genéticos, inadecuada nutrición, retraso en el crecimiento intrauterino, hipertensión de la gestante, diabetes, y una gama de “pequeñas cuestiones” que a posteriori podrían traducirse en importantes disturbios en las habilidades cognitivas en el paciente.

En relación al parto, es preciso no considerar únicamente la primer respuesta y la más común: “parto normal” o “cesárea”: en el primer caso, es relevante solicitar a la madre que narre los detalles de ese nacimiento, pues frecuentemente esto nos lleva a comprender que lo que fue calificado como “normal”, estuvo acompañado de ciertos pormenores que complicaron el alumbramiento, donde quizás haya habido sufrimiento fetal, poniendo así en riesgo las condiciones vitales del bebé. Existen en estos casos altas posibilidades de que se produzcan episodios de hipoxemia[9], hipoxia[10] y/o isquemia[11], lo cual puede producir encefalopatía hipóxica-isquémica[12], con las altamente probables secuelas neurológicas, observables luego en la clínica.

En el caso en que la madre refiera cesárea, es pertinente despejar los motivos de la intervención, ya que salvo en determinados casos en que esta intervención esté programada por antecedentes de la gestante, suele suceder que se decida realizarla ante cuadros agudos en los cuales esté en juego la salud del bebé o de la madre, como en el caso en que se presenta un episodio de eclampsia[13], ante lo cual es pertinente no descartar la presencia de los factores de riesgo mencionados en el párrafo anterior.

Nos resulta pertinente señalar algunas particularidades de la población que concurre al SAOP, que como ya se mencionara anteriormente, pertenece a los sectores más vulnerables y de extrema pobreza de zonas del conurbano aledañas a la institución. En tal sentido, y en línea con el pensamiento de Sebastián Lipina (2006), consideramos que en la actualidad ya no resulta posible desligar a las neurociencias de los problemas inherentes a la pobreza, sino que por el contrario la utilidad de estos saberes representan una posibilidad maximizadora tendiente a dar explicación a un sinnúmero de cuestiones relacionadas con el desarrollo neurocognitivo de los sujetos inmersos en situaciones de vulnerabilidad social (Lipina, 2006).

Desde los aportes de las neurociencias comprendemos que existen una serie de “factores mediadores” provenientes del contexto, externos al sujeto, que sin embargo serán los encargados de orientar de manera positiva o negativa -según sea la calidad de los mismos- a las predisposiciones genéticas; que a partir de estos aportes (factores epigenéticos) irán modelando y dando forma al sustrato neural de los sistemas de percepción y cognitivos.

Estos factores mediadores tales como nutrición, condiciones ambientales, interacciones entre padres e hijos, prácticas de crianza, controles de salud, características edilicias de vivienda y de la comunidad de pertenencia y cuidados médicos prenatales, entre otros, se transforman en factores de riesgo para las poblaciones que se encuentran en condiciones de vulnerabilidad social.

Ante un fenómeno tan complejo como es el desarrollo infantil, resulta indispensable un abordaje multidisciplinario, la creación de redes sociales de contención y atención a estos sectores vulnerables de la población.

Un instrumento de gran utilidad que es relativamente poco tenido en cuenta a la hora de realizar en la entrevista de admisión o en una anamnesis, es la Libreta de Salud que se entrega a los padres al momento de nacer su hijo/a. En ella constan datos acerca de los controles gestacionales realizados, antecedentes familiares de enfermedades de la gestante y cantidad de partos anteriores, entre otras consideraciones, así como datos relativos al parto y nacimiento del bebé.

Con este documento podemos corroborar y/o refutar la precisión de los datos aportados por los padres, puesto que en él se hace referencia a semanas de gestación, peso del recién nacido, signos vitales, en ocasiones constan los valores de APGAR, maniobras de asistencia respiratorias (de haber sido necesarias), enfermedades previas o contraídas durante el embarazo; todos datos que poseen una gran relevancia a la hora de evaluar factores de riesgo para el neonato.

Acerca del posible paciente en admisión

Como ya se ha mencionado anteriormente, existen cuestiones de orden psicológico que deben ser despejadas para realizar una lectura clínica acerca del posicionamiento subjetivo y/o de alteraciones en la estructuración psíquica del posible paciente, ya que esto puede influir de una manera directa o indirecta en las dificultades de aprendizaje que se le atribuyen, y posibilitar eventualmente que el admisor establezca la necesidad de priorizar un tratamiento psicológico, por ejemplo.

Además de este aspecto, existen datos que resulta adecuado conocer a la hora de pensar las causas de un supuesto desfasaje cognitivo. En principio, es importante indagar cuestiones relacionadas con pautas madurativas, desarrollo motor y adquisiciones motrices, tales como sostén cefálico, sedestación, gateo y adquisición de la marcha; tipo de alimentación, edad en la que el niño/a realizó la incorporación de alimentos semisólidos y tolerancia a los mismos; control de esfínteres, adquisición del lenguaje, entre otros datos que ayudan a establecer si estos logros evolutivos se adquirieron dentro de los parámetros esperables, o bien existen una o varias áreas en las que se han presentado desfasajes.

El relato de los padres guiará al admisor a profundizar en aquellas cuestiones más relevantes; si nos encontramos en la consulta con la información acerca de que un niño “no habla bien”, como suelen manifestar los padres, es importante indagar cómo fue la incorporación de sólidos, si hubieron dificultades para tragar los alimentos, si el niño/a realizó balbuceo promediando los 8 a 10 meses aproximadamente, entre otras cuestiones. Estos datos nos orientarán acerca de sus primeras praxias orofaciales[14], las que serán el sostén indispensable para una posterior articulación del lenguaje.

Dentro de la misma cuestión, podrían ofrecerse varios ejemplos que sería extenso enumerar, corriéndose el riesgo de realizar una categorización esquemática, que no estaría condiciendo con la concepción clínica del tratamiento psicopedagógico. Queda pues a criterio clínico del entrevistador -en una “escucha integradora”- la profundización de antecedentes que pudieran aparecer relacionados con las dificultades actuales del niño/a en consulta.

En ocasiones, la tardanza en la adquisición de las pautas madurativas iniciales nos está permitiendo construir indicadores de un posible descenso cognitivo, que quizás pudieron resultar desapercibidos para padres y pediatras, y que salen a la luz frente a las exigencias de la escuela de apropiarse de los contenidos por ella propuestos.

Es importante también realizar un recorrido por la historia escolar del niño que incluya edad de inicio de la escolaridad, condiciones de adaptación a la misma, permanencias realizadas y cambios de escuela si los hubo. Estos datos, a la hora de realizar nuestras observaciones y una primera aproximación a la etiología de las dificultades del niño/a, formarán un bloque a partir del cual se irán jerarquizando indicios significativos de manera de orientar el probable diagnóstico y eventual tratamiento.

Consideraciones finales

Por último, nuestro quehacer clínico de admisión en el dispositivo del SAOP, consistirá en desarrollar por escrito nuestras primeras impresiones, realizando una puntuación de las observaciones más relevantes obtenidas en la entrevista, lo que constituirá el documento inicial de la historia clínica del paciente.

En este documento, adquiere singular importancia el modo en que ordenemos los datos obtenidos junto con nuestra impresiones clínicas que consideramos serán de utilidad al profesional que será asignado para el proceso diagnóstico del paciente. Al momento de reconstruir por escrito la entrevista de admisión, deberá ponerse especial énfasis al hecho de que el informe de esta entrevista no se convierta en un registro descriptivo de orden cronológico, sino por el contrario, se ordenarán los datos respetando un ordenamiento por temáticas relacionadas, a partir de un esquema general que podría enumerarse del siguiente modo:

Datos completos del paciente y su familia: nombre y apellido del niño o niña, edad, fecha de nacimiento, nacionalidad, domicilio, situación escolar, escuela a la que concurre; nombre, apellido, edad, escolaridad y ocupación de sus padres y del grupo familiar conviviente.
Descripción de la entidad derivante al SAOP: docente u otro profesional; en ocasiones iniciativa familiar, por lo general materna.
Nombre del admisor/a, dejando a continuación el espacio a completar por el/la profesional a cargo del diagnóstico.
Descripción y análisis de la madre y/o padre: se incluirán aspectos que describan características socio-culturales de los padres: recursos simbólicos, predisposición para aportar datos, expresión verbal, organización de su discurso, eventual compromiso con el tratamiento de su hijo/a, y -en la medida de lo posible- inferencias acerca de ciertas características psíquicas y/o subjetivas que resulten pertinentes a la hora de evaluar peculiaridades relativas a aspectos vinculares dentro de la estructura familiar, que podrían estar interviniendo en la conflictiva por la cual se consulta.
Descripción de la demanda explícita: en líneas generales, en este punto se consignan las dificultades de aprendizaje en una o varias áreas de conocimiento y/o problemas conductuales, las que surgirán del relato de los padres o de la nota de derivación.
Datos acerca de la gestación, parto y adquisiciones básicas del niño o niña: se realizará una reseña de aquellos indicios relevantes referidos a factores pre y perinatales, como así también pautas evolutivas, en virtud de lo ya expuesto en los dos subtítulos anteriores.
Aspectos subjetivos: en este punto el admisor/a debe referir las modalidades de vinculación del niño con los sujetos y objetos de su vida cotidiana; intereses, gustos, amigos, juegos preferidos y relación con las personas de su entorno.
Motivo de consulta a juicio del admisor/a (observaciones del admisor/a), o “demanda implícita” inferida a partir del desarrollo y la dinámica de la entrevista mantenida con los padres.

Estas puntuaciones nos llevarán a realizar hipótesis generales acerca de la problemática y/o sintomatología y su posible etiología, las que guiarán las sugerencias del admisor/a orientadas tanto al trabajo directo con el niño/a (observación de aspectos funcionales tales como atención, memoria, lenguaje, presencia de signos blandos, necesidad de evaluar incidencia de indicadores que emerjan relacionados con factores psicológicos, etc.), como en relación a otros ámbitos en los que se desempeñe.

Al respecto, la comunicación con la institución escolar y con otros profesionales involucrados en la asistencia del niño/a, permitirá ampliar datos del desempeño general del niño/a, a fin de intentar un abordaje conjunto que redunde en beneficio del paciente.

Finalmente, será el encuadre clínico del profesional lo que dirija el tratamiento, lo que irá configurando el eje de trabajo y las estrategias de intervención pertinentes en función de las características del niño/a, lo cual sólo será posible descubrir a partir del conocimiento del paciente, sus habilidades y dificultades, y la incidencia que éstas puedan o no tener en su posicionamiento subjetivo.

“…ese conjunto de aspectos subjetivos de cada uno
de los padres, determinará el lugar que ese hijo ocupará
 en la cadena de las generaciones y en la estructura familiar.
Ese lugar asignado puede muchas veces construir su destino…”

Horacio Belgich


BIBLIOGRAFÍA

Albajari, V. (1996) La entrevista en el proceso diagnóstico. Buenos Aires. Psicoteca Editorial.
Bleger J. (1971) Temas de Psicología. Entrevista y Grupos. Buenos Aires. Editorial Nueva Visión.
Cerdá, Lucio (2009) Avatares de los aprendizajes. Buenos Aires. Editorial Miño y Dávila.
Cerdá, Lucio. (2009) “Clínica Psicoanalítica de niños: una lectura del pensamiento de Silvia Bleichmar. Artículo. SAOP, UNLZ.
Cerdá, Lucio. (2007) “Glosario de Neurociencias”. En: Avatares de los aprendizajes. Buenos Aires. Editorial Miño y Dávila.
Cerdá, Lucio; Amaya, Oscar. (2004) “Criterios Generales para la redacción de Admisiones”. Artículo. SAOP, UNLZ.
Lejarraga, H. (Editor) (2004) “Seguimiento en el primer nivel de atención de recién nacidos de alto riesgo” en Desarrollo del niño en contexto. Buenos Aires. Editorial Paidós.
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Osorio, S. (2009) Un dispositivo de inicio en la clínica: la entrevista de admisión. En: Modelos y Estrategias de intervención en psicopedagogía, cap. 7. Buenos Aires, UNLZ. Fac. de Cs. Soc. (inédito) 2009. Editor: Amaya, O.
Sampieri Hernández, R.; Fernández Collado, C. y Baptista Lucio, P. (2010) Metodología de la investigación social. Perú. Ed. El Comercio S.A.




[1] El presente capítulo ha sido corregido y aumentado por la autora en 2014 (Nota del Editor)
[2] El SAOP depende directamente del Decanato de la Facultad de Ciencias Sociales (Nota del Editor)
[3] Universidad Argentina J.F. Kennedy. “Más allá de lo obvio. Lo oculto desde una visión neuropsicológica"

[4] Atentos al carácter complejo que suponemos en los aprendizajes humanos, replanteamos la idea de jerarquizar los datos de la Entrevista de Admisión y en su lugar nos proponemos llevar a cabo un trabajo de identificación de información significativa para formular hipótesis diagnósticas. (Nota del Editor)
[5] Epigénesis: capacidad del medio ambiente para provocar expresiones génicas que de otro modo no se producirían.
[6] Investigación SAOP (2007) “Relación entre los cuidados obstétricos maternos y los problemas neuropsicológicos de aprendizaje en niños” (Aprobado por resolución del consejo académico n°  009/07)

[7] TORCH: Toxoplasmosis, Rubeola, Citomegalovirus, Herpes.

[8] Clonazepán: Depresor del Sistema Nervioso Central. Derivado benzodiazepínico cuyos efectos farmacológicos son: ansiolítico, miorrelajante, sedante, anticonvulsionante, de alto potencial adictivo, por lo que debe ser administrado bajo prescripción y estricto control profesional. Su uso en adictos y mezclado con otras sustancias, especialmente con alcohol, es una costumbre que se ha generalizado en el conjunto de las adicciones.
Kalina E. (1998). Clínica y farmacoterapéutica del "mal uso o uso abusivo" de moléculas benzodiazepínicas. El papel del clonazepan.
[9] Hipoxemia: Contenido bajo de oxígeno en sangre .
[10] Hipoxia: Disminución en el suministro de oxígeno a los tejidos.
http://www.clinicasalud2001.com/diccionario/h.html
[11] Isquemia: Disminución transitoria o permanente del riego sanguíneo de una parte del cuerpo, producida por una alteración normal o patológica de la arteria o arterias aferentes a ella.
http://www.diccionario-medico.com.ar
[12] Encefalopatía hipóxico-isquémica perinatal: La lesión cerebral hipóxico-isquémica está caracterizada por alteraciones bioquímicas y clínicas secundarias a períodos de asfixia perinatal y son responsables de deficiencias neurológicas incluidas retraso mental, parálisis cerebral infantil, espasticidad, coreoatetosis, ataxia, epilepsia y en algunos casos la muerte.
http://www.imbiomed.com
[13] Eclampsia: aparición de hipertensión durante el embarazo en una mujer normotensa después de la vigésima semana de gestación. Se caracteriza por la aparición de episodios convulsivos generalizados durante el embarazo, parto y puerperio sin que haya epilepsia o hemorragia cerebral. Suelen aparecer antes de su instauración síntomas prodrómicos (vómitos o náuseas, mareos, dolor de estómago). http://wikipedia.org

 


[14] Praxias: Habilidades motoras adquiridas. Praxias orofaciales: referido a la motricidad de los órganos fonoarticulatorios.
http://www.fonoaudiologoscba.org.ar

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