EL SAOP: UN DISPOSITIVO CLÍNICO-INSTITUCIONAL
Lucio Cerdá
El
SAOP (Servicio de Asistencia y Orientación Psicopedagógica) es una institución
asistencial de la Facultad de Ciencias Sociales que en su génesis se propuso
desplegar dos objetivos claramente diferenciados:
1.
Formación teórica y clínica para los egresados noveles de la Carrera de
Psicopedagogía de la U.N.L.Z, es decir, actividades docentes, de investigación
y de supervisión.
2.
Asistencia a la comunidad circundante a través de la creación de un espacio
gratuito, que se ofrece como un sitio de asistencia y orientación de problemas
institucionales e individuales relacionados con el aprendizaje en sentido
amplio, es decir, más allá de lo específicamente curricular y de lo didáctico
propiamente dicho, aunque desde ya tal problemática se encuentra incluida.
Cuando
se comenzó a trabajar en el diseño del dispositivo, se convino en ir realizando
una tarea crítica en relación con la propuesta de inicio con el objeto de
verificar en la práctica cotidiana si los presupuestos que el grupo de trabajo
inicial podían, en efecto, llevarse a cabo.
Luego
de diez años de tarea, parece apropiado efectuar un balance integral acerca de
la experiencia realizada y con este objetivo, en este capítulo se plantean reflexiones
que permiten no sólo sistematizar apropiadamente lo efectuado, sino además
poner en conocimiento de la comunidad universitaria y académica una serie de
consideraciones teóricas y técnicas fruto de la tarea llevada a cabo.
Acerca de la demanda
El
primer aspecto que consideramos relevante señalar, consiste en la necesidad que
el grupo de trabajo tuvo de reevaluar las características de la población que
preveíamos, concurriría al Servicio.
Si
bien suponíamos que podrían presentarse una variedad de patologías de distinto
rango y complejidad, la realidad nos mostró que la demanda que acude al SAOP
dista mucho de presentar problemáticas propias de lo que clásicamente se conoce
en nuestro ámbito como “problemas de aprendizaje”.
En
efecto, la población que acude a nuestro Servicio proviene de zonas altamente
pauperizadas y con enormes déficits socioeconómicos y culturales. Se trata en
un gran porcentaje, de población de alto riesgo, caracterizada por pertenecer a
sectores muy castigados y rezagados desde el punto de vista socioeconómico.
De
tal modo, nos hemos visto enfrentados a una gama de problemáticas vinculadas a
familias irregulares, padres desocupados o subocupados, violencia intra y extrafamiliar,
carencias emocionales graves y desórdenes sociales de variado tipo, así como un
alto porcentaje de niños con daño neurológico vinculado a ausencia de controles
sistemáticos, tanto obstétrico como pediátrico.
Por
otra parte -y este aspecto es de enorme importancia- al ser el SAOP cada vez
más conocido, se fueron acercando a solicitar atención niños con dificultades y
patologías atípicas, es decir, muy poco frecuentes en la población general. La
derivación provenía, y lo sigue siendo, de servicios de neurología de
hospitales de la zona sur del conurbano bonaerense.
Fue
así que debimos actualizarnos rápida y muy seriamente en distinto tipo de
afecciones genéticas, diversos cuadros no frecuentes de epilepsias y muchos
otros trastornos con base orgánica, que originan dificultades más o menos
serias en los aprendizajes.
Del
mismo modo, se acercaban a la institución un número creciente de pacientes con
serios disturbios psíquicos, generalmente rotulados con el diagnóstico de TGD
(trastorno generalizado del desarrollo).
En
este marco, se hizo necesario rediscutir el dispositivo de atención, en tanto
presumimos que, dadas las condiciones sociales explosivas que estaba
atravesando nuestro país alrededor de la crisis de 2001, era altamente probable
que la demanda que continuaría interpelando a la institución obligase a la
institución y a sus miembros a un serio compromiso de actualización,
investigación y formación.
Acerca del dispositivo institucional
Diseñar
un modelo de atención supone la elaboración de un dispositivo que pueda dar
cuenta tanto de los recursos humanos con que se cuenta, como de los objetivos y
naturaleza de la institución misma.
En
este sentido, el SAOP es una institución de carácter público y gratuito,
sostenida por el Estado a través de los fondos que éste destina a las
Universidades Nacionales, en este caso concreto, a la Universidad Nacional de
Lomas de Zamora. De tal manera, es necesario plantear con toda claridad un modo
de atención que asuma esta condición de espacio
público con todo lo que ello significa. Este aspecto será desarrollado más
abajo, en relación con la discusión de los marcos teóricos adoptados.
Comencemos
planteando que el SAOP se propuso
realizar el esfuerzo de diseñar una
teoría y una práctica de la prevención y atención psicopedagógica basada, en
primera instancia, en delimitar y esclarecer la problemática de consulta para
posteriormente, establecer la posible pertinencia de un tratamiento, es decir,
desarrollar entonces una tarea propiamente asistencial.
Se
trata, en primer lugar, de no olvidar que la asistencia que se brinda en el
SAOP nunca debe ser entendida como una réplica más o menos semejante a la de un
espacio privado. De pensar así, no se entendería en primer término la lógica de
lo institucional y, lo que resulta más grave, se extrapolaría un modelo
médico-clínico (disfrazado en el mejor de los casos de psicoanálisis de niños)
de manera acrítica, y por lo tanto falaz.
Cuando
esto sucede la lógica que se aplica es la siguiente:
El
único paradigma válido de asistencia lo constituye el elaborado para el espacio
privado. Por lo tanto, se tratará de adaptar el espacio público, de la manera
más mimética posible, al único modelo presuntamente válido.
Cualquier
actividad que se piense por fuera del modelo de atención privada, es deslegitimada
de manera apriorística, sin dar razones de ello. Como puede verse, no sólo
existe aquí una cuestionable mirada ideológica, sino errores serios de carácter
teórico y clínico.
Como
en toda institución de este tipo, en la que por razones de organización se
dispone un tiempo acotado del tiempo de atención, se hace necesario repensar de
manera específica la dirección de la cura, teniendo en cuenta que es altamente
probable que el paciente deba continuar su atención en otra institución, una
vez finalizado su período de tránsito en el SAOP. De allí la importancia de lo
que denominamos creación de sentido
en relación con la situación de consulta, que no deba adoptarse un modelo
clínico tal, que lleve al paciente y a su grupo familiar a una frustración cuando le sea realizada el
alta institucional.
Un
modelo de asistencia institucional, insistimos, no es una réplica menor de lo
que se haría en un ámbito privado, pues aquí son diferentes las demandas, los objetivos con que se encara la tarea,
las condiciones materiales con que se trabaja, y la legitimidad con que se
cuenta.
Cuando
se lleva a cabo un desempeño en una institución pública, se hace necesario
adoptar criterios que surjan de su condición de espacio no privado: un lugar
donde lo que se privilegia son los objetivos comunitarios, en este caso lo que
en un sentido amplio podríamos denominar salud
mental, y por lo tanto el ejercicio de una ética solidaria.
Un
ejemplo de lo que venimos planteando, se visualiza en el hecho de ciertas
condiciones del contrato terapéutico que se establece con la familia o los
adultos responsables del paciente, vinculado a la periodicidad de los
encuentros terapéuticos. En la entrevista de admisión, le es informado a los
adultos responsables que si un paciente se ausenta dos sesiones seguidas sin
aviso justificado, el Servicio decide automáticamente la baja de dicho
paciente.
Los
motivos son bastante claros: en principio (excepción hecha desde ya de
circunstancias extraordinarias) parece claro que si una familia no se comunica
con el Servicio ni siquiera telefónicamente en 15 días para dar razón de las
ausencias, demuestra no haber asumido un
compromiso explicitado de antemano. Por otra parte, la experiencia nos ha
mostrado que, cuando esto sucede a pesar del contrato acordado, el paciente
-que siendo un niño no decide cuándo venir- comienza a acumular una cantidad de
ausencias que hacen imposible cualquier abordaje serio de sus dificultades.
Asimismo,
dado el número muy elevado de niños que consultan, suele generarse una cantidad
de solicitudes de ingreso que no pueden ser satisfechas de inmediato, razón por
la cual los espacios deben valorarse en función de los futuros pacientes que se
hallan en lista de espera.
Los procedimientos fundamentales
En
efecto, un primer paso consiste en plantear a padres y /o escuelas consultantes
la posibilidad de comprender, con la mayor claridad posible, la complejidad de
la situación que los lleva a consultar, con el objeto de disolver las fantasías
que en relación a ella podrían haberse generado. Incorporar un nuevo modo de visibilizar el conflicto no es un tema
menor en los consultantes que nos llegan.
En este
sentido, conviene tener presente todos aquellos andamiajes conceptuales y
emocionales que permiten a los actores adultos que participan de la situación,
ocupar una escena diferente de la que se trae imaginariamente. El escenario imaginario al cual aludimos
no debe confundirse con lo que en Psicoanálisis se entiende como fantasma inconciente individual y, por
tanto, no podemos entender este escenario imaginario como lo hacemos en la
teoría freudiana, pues estaríamos realizando una transposición indebida de una
teoría construida con otros objetivos, en un contexto distinto, con
presupuestos teóricos diferentes y encuadres asimismo muy diferenciados.
En
efecto, los padres o adultos que consultan, construyen efectivamente un
conjunto de escenas imaginarias, vinculadas con el malestar que genera la
situación por la cual se acercan al SAOP.
Dichas
escenas se entretejen con fantasías propias, desconocimiento de eventuales
problemáticas que pueden afligir al niño, y una suma de mitos o lugares comunes
que suelen opacar los motivos reales de consulta.
Queda
entonces, para el profesional que se hace cargo del tratamiento, destejer tales
construcciones en pos de un esclarecimiento que, como hemos mencionado,
denominamos creación de sentido. La
idea es no solamente iluminar -hasta donde sea posible- lo que puede estar
ocurriendo, sino además remover imaginarios distorsionantes que pueden
convertirse en francos obstáculos de la tarea. Más adelante volveremos sobre
este punto.
Criterios teórico-clínicos
Los
profesionales del SAOP han adoptado una perspectiva teórico-clínica que anima
la tarea, y que se constituye entonces como eje central de la labor
terapéutica. Se trata de evitar las hegemonías teóricas, que esconden por lo
general o bien intentos de ejercicios de poder, o simplemente una “mirada
miope” o decididamente empobrecida sobre el campo que se pretende estudiar. En
este sentido, luego de vacilaciones, reacomodamientos y forzosas deserciones
-propias de toda gestación- se consolidó un grupo de profesionales que decidió
asumir la idea de trabajar con los diversos enfoques teóricos a modo de caja de herramientas (Fernández, A.;
1999) y no con un sistema de saber cerrado, que construye miradas rígidas y
hegemónicas.
De
tal modo, se incorporaron a la formación y a la tarea propiamente clínica
saberes provenientes de las neurociencias, los estudios del lenguaje, la
genética y de neuropediatría.
Estas
disciplinas tienen cosas que decirnos a quienes nos ocupamos de los
aprendizajes. No se trata de importarlas acríticamente, sino de utilizar
ciertos recortes de sus desarrollos que pueden resultar muy útiles en la tarea
de comprender a un niño que puede padecer dificultades de variada índole, que
se reflejan en sus dificultades.
Estos
abordajes vinieron a sumarse a una línea de trabajo que, con base en la teoría
psicoanalítica, hace hincapié en la existencia de un sujeto hablante, emergente
de un determinado entorno familiar que lo contextualiza en sus aspectos
individuales, simbólicos y fantasmáticos. Desde este supuesto es que fueron
construyéndose sucesivas y cada vez más precisas estrategias de abordaje acerca
de las dificultades de los aprendizajes.
Acerca de las estrategias de
intervención
Cuando
hacemos referencia al término estrategias,
aludimos a una praxis caracterizada por su flexibilidad clínica, que lleva la
marca de la teorización psicoanalítica como un punto de partida ineludible para comprender los fenómenos de
significación, pero que no puede ser la única perspectiva con que intentar el
abordaje del cúmulo de determinaciones, procesos y aristas que ofrecen los
aprendizajes y sus eventuales disturbios.
En
todo caso, es necesario recordar que no se trata de aplicar sin más una determinada
teoría que se presupone hegemónica, sin analizar sus invisibilidades, sus
contradicciones y su narrativa. Por otra parte, es suficientemente claro que en
el ámbito de la Psicopedagogía se está muy lejos de haber llegado a un consenso
acerca de qué hablamos cuando nos referimos a la clínica y que tampoco existe
una multiplicidad de concepciones teórico-clínicas, más o menos rigurosas.
Es
cierto -no obstante- que la mayoría de ellas parten del basamento que ofrece la
teoría psicoanalítica, sin que esto signifique una visión unívoca de la misma.
Como es sabido, el campo del saber psicoanalítico no se halla libre de las
disputas teóricas, ni tampoco de luchas de poder por las hegemonías del campo
profesional, donde las cuestiones de prestigio y las consecuentes disputas de
escuelas y/o orientaciones, se mezclan con legítimas discusiones de carácter disciplinar.
Como
es obvio, no será el SAOP el lugar donde, de manera omnipotente, se pueda
resolver este estado de cosas. Sin embargo, esta institución sí puede y debe
contribuir, desde una labor honesta, a la configuración de un marco conceptual
que permita encaminarse hacia la elaboración de estrategias válidas en la
consecución de una comprensión, lo más abarcadora e integral, de los procesos
que constituyen los aprendizajes.
Fue
necesario desarrollar, por lo tanto, un ejercicio de la interdisciplinariedad con el propósito de evitar hegemonías
teóricas oclusivas de la tarea a realizar. En este sentido, las diferentes
formaciones disciplinares deben constituir una riqueza y no una dificultad. La
utilización de un determinado
andamiaje teórico, no puede consistir en el único recurso de quien lo ejerce
debido a la ausencia de otras lecturas, sino en un abordaje válido, aunque
no se constituya en omniexplicativo.
Consecuentemente,
decidimos desarrollar una multirreferencialidad
tanto teórica como operativa en la tarea cotidiana, de tal modo que pudieran generarse diferentes miradas que
permitieran un abordaje múltiple, aunque no exento de complejidades. Las
preguntas que necesariamente surgen de una actitud clínica como la propuesta,
obliga a que constantemente se generen interrogantes múltiples acerca de cada
paciente que se considera, así como de cada situación clínica que se nos presenta.
Es
por ello pudo construirse un espacio institucional que se convirtió en campo
propicio para desarrollar producciones teóricas y clínicas, plasmadas en dos
libros colectivos. La multirreferencialidad se constituyó en la fuente de un
estilo de abordaje de la problemática considerada, que nos permitió ejercer la
suficiente flexibilidad teórico-clínica como para adoptar una perspectiva u
otra, según lo aconsejaban las circunstancias.
Nunca
olvidamos que nuestra intervención es psicopedagógica, lo que significa que
centralmente se interesa por los aprendizajes y sus múltiples manifestaciones,
y lo hace desde una lectura amplia acerca de circunstancias, determinaciones y
contextos.
Los
criterios clínicos del abordaje que sostenemos se preocupan en dilucidar,
frente a una consulta determinada, los siguientes aspectos:
·
El despeje de determinaciones genéticas,
neurológicas y neuropsicológicas que pueden incidir primaria o secundariamente
en relación con la variedad sintomática que se presenta, así como la evaluación
de las Funciones Cerebrales Superiores y el despliegue que el paciente puede
realizar de ellas.
·
Una lectura lo más completa posible de la
configuración subjetiva que trae el paciente, incluyendo el análisis dinámico
de su aparato psíquico.
·
La elucidación de los imaginarios que atraviesan al conjunto
familiar y/o a la escuela, en relación a la presunta situación de conflicto.
·
Una
direccionalidad en las intervenciones que posibilite la asunción
de una escena problemática que pueda
hallarse oculta, y al mismo tiempo una actitud alerta acerca de los fenómenos
transferenciales que se ponen en juego en el psicopedagogo.
Un
punto a destacar (que podrá verse con más extensión en otro capítulo de este
libro) lo constituyen las admisiones al Servicio. En efecto, para poder
visualizar en los pacientes las puntuaciones reseñadas más arriba, en el SAOP
hemos desarrollado un tipo de admisión particular.
Denominamos
admisión a una entrevista que un
miembro del equipo con suficiente entrenamiento y experiencia, realiza a los
padres o adultos responsables del posible paciente del SAOP.
En
dicha entrevista, se trata de realizar una lectura lo más amplia posible acerca
de la historia vital del niño, con el propósito de elaborar un primer perfil de
los avatares más destacados del futuro paciente, a fin de realizar las primeras
consideraciones generales.
De
este modo, resultan centrales los datos vinculados al embarazo, parto, posparto
y evolución neonatal, así como todo tipo de información que pueda echar luz
acerca de la integridad neurológica del niño o adolescente.
Asimismo,
se recaban datos familiares vinculados a grupo conviviente, hermanos, familia
extendida, a fin de estar también atentos a cualquier disfunción de miembros de
la familia o parientes cercanos. Resultan de particular importancia los datos y
apreciaciones que hace la familia acerca de la actividad cotidiana del futuro
paciente, tanto en su vida familiar como escolar.
En
suma, la entrevista de admisión busca obtener una primera mirada que nos brinda
un panorama construido, a partir de lo que la familia puede manifestar acerca
de la historia del niño.
De
este modo, junto a informes escolares y de otros colegas que eventualmente
pueden hacernos llegar sus impresiones, nos hallamos en una situación propicia
para encontrarnos por primera vez con el paciente. La coincidencia o disonancia
del material obtenido en admisión, sumada a la experiencia clínica que comienza
a desarrollarse entre paciente y terapeuta, es de una gran riqueza.
El
terapeuta comienza paulatinamente a elaborar sus hipótesis clínicas haciendo
uso de la “caja de herramientas” con que cuenta, y el proceso que se comienza a
desarrollarse bien puede considerarse como diagnóstico.
Nos
hallamos ante uno de los momentos más
decisivos del proceso terapéutico: aquel que necesariamente nos interroga para
que decidamos qué rumbo tomar. Con la escucha atenta y una mirada lo más lúcida
posible, intentamos visualizar y conceptualizar las “series complementarias”, y
concebir las hipótesis clínicas que son la condición necesaria de cualquier un
plan terapéutico.
Es
necesario puntualizar que el diagnóstico no nos interesa como acto de
enunciación o calificación nosológica, sino más bien como un conjunto de
hipótesis clínicas que operan como guías de trabajo. Es decir, no se trata
de llegar a un categoría a modo de “etiqueta” ubicable en el DSM IV, sino de
poder narrar lo que le ocurre a ese niño o adolescente.
Por
lo tanto, es este un período clínico que no estipula un tiempo prefijado, en la
medida que el diagnóstico se “confunde” y continúa sin solución de continuidad
con el mismo proceso terapéutico.
Reflexionamos
respecto de lo que vamos haciendo tomando en cuenta todas las dimensiones, para
poder llegar a decir lo que ese paciente en particular puede y lo que aún no
puede, aquello que lo estimula y le permite su despliegue psíquico y
neuropsicológico y lo que emerge como obstáculo.
Aquí
es preciso volver a reiterar nuestra manera de concebir y utilizar las pruebas
diagnósticas y el lugar que le otorgamos en el proceso clínico. Tales pruebas
no son nunca un fin en sí mismas, ni tampoco deben aplicarse de un modo
mecánico. Ellas no son otra cosa que instrumentos, a veces verdaderamente
precarios, de los que nos servimos para realizar posibles confluencias de
indicios y corroborar o ayudar a desestimar hipótesis que siempre deberán ser
validadas desde una visión clínica,
entendiendo aquí esta expresión como aquella mirada global acerca de un
semejante que sufre y necesita, en primer lugar, un incremento de comprensión
acerca de sus prácticas de sí y de su desarrollo neuropsicológico, fantasmático
y social.
Conclusiones
No
dejamos de considerar que la labor psicopedagógica, por lo general, es bastante
diferente a la que propiciamos desde el SAOP. Con mucha frecuencia suele
concentrarse en las dificultades típicamente escolares, con recursos y
estrategias asimismo muy relacionadas con lo escolar.
No
es esa nuestra posición. Creemos que los aprendizajes constituyen una actividad
humana muy lejos de poder ceñirse a lo exclusivamente escolar. El oficio
cotidiano de un niño es aprender y este aprendizaje en absoluto se limita a la
currícula de un establecimiento del sistema educativo.
El
niño aprende desde que se despierta hasta que cae rendido por el sueño,
realizando aprendizajes motores, sensitivos, sociales, psíquicos; en suma,
crecer es aprender. Cuando nos encontramos, por ejemplo, con un niño que no
adquirió el lenguaje, nos hallamos ante un problema de aprendizaje que requiere
una mirada clínica muy amplia para poder comprender su etiología y eventual
solución. Dicha mirada necesita de una verdadera caja de herramientas
conceptuales y científicas, si es que no queremos equivocarnos gravemente.
El
profesional psicopedagogo es el especialista que más sabe de aprendizajes (o al
menos debiera saber) y por lo tanto, tiene cosas que decir en todas las
ocasiones en que un niño o un adolescente -por las razones que fuera- ve
detenida o perturbada su capacidad de comprender cada vez mejor el mundo que le
rodea, y por lo tanto de comprenderse cada vez mejor, a sí mismo. Esta es la
tarea de los profesionales del SAOP, y a ella nos abocamos con toda pasión.
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