LOS CHICOS TIENEN DERECHO AL OCIO.
por Silvia Bleichmar (*)
¿Por qué un ser humano tendría que padecer, además de jornadas agobiantes de
trabajo, una cargada agenda recreativa que se convierta en una prolongación
de sus obligaciones?
Pequeños trabajadores arrastrando sus mochilas por la calle, agotados por
permanencias escolares de más de 10 horas, llevando a casa el trabajo extra,
agobiados porque la tarea nunca concluye, los niños del país que no ha caído
bajo la línea de pobreza deben garantizar, desde ahora, que podrán
sobrevivir económicamente a un futuro en el cual la categoría de progreso
queda reducida al avance científico-técnico sin que ello genere expectativas
de una vida protegida. Los fines de semana, en lugar de deshacer hormigueros
en la tierra con un palito, molestar a los padres a la hora de la siesta,
aburrirse sentados en un escalón mientras reflexionan sobre el universo que
los rodea, muchos de ellos continúan la pauta semanal del tiempo: clases
deportivas, actividades recreativas a las cuales la organización colectiva
del juego les quita todo carácter placentero, ni siquiera pueden soñar. Y
ahora vienen las vacaciones de invierno. Y no me sorprende que Santiago, o
Lorenzo, o Delfina, interrogados acerca de qué van a hacer en vacaciones,
respondan con cara de placer: dormir, como un adulto estresado que planea su
descanso. Sólo quieren no hacer nada, o a lo sumo ver tele.
Pero parecería que nuestra sociedad tiene miedo al ocio, al ocio de verdad,
tal como lo entendían los griegos, al ocio que da tiempo para pensar, para
deambular sin rumbo encontrando, sin haberlo esperado, algún Eureka a la
vuelta de la esquina.
Gran parte de los adultos tienen miedo al aburrimiento de los niños, a la
pérdida de tiempo, abrumados ellos mismos por esa exigencia de
aprovechamiento del minuto con el cual nuestra época ha llevado hasta
límites inéditos la captura del tiempo que, fragmentado y enajenado, ha
dejado de pertenecernos.
Y entonces se elaboran agendas de vacaciones, complicadas o rutinarias, no
importa, pero siempre tendientes a que los niños tengan algo para hacer,
desconociendo que el pensamiento humano se desplegó, alcanzó sus mayores
descubrimientos, en ese intervalo que se abre entre el trabajar y el no
hacer nada. Y los chicos tienen no solo derecho a descansar, sino también a
descubrir que el ocio no es la madre de todos los vicios sino el espacio en
el cual la mente procesa lo recibido para poder apropiarse y transformarlo
en creación.
(*) doctora en psicoanálisis por la Universidad de Paris; fue docente universitaria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario