DE LA NECESARIA
RELACION ENTRE LA ESCRITURA
DE LA CLINICA Y LA CLINICA DE LA ESCRITURA
Oscar D. Amaya
La escritura es el acto de pensar
sobre algo. Escribo porque quiero saber
cómo es eso que estoy pensando y que
no lograré saber si no lo escribo
Beatriz Sarlo
Algunos escriben para llegar a saber
qué es lo que piensan. Yo entre
ellos.
Jerome Bruner
La realidad no se limita a lo que nos
es familiar,
al lugar común, ya que en gran medida consiste
en una palabra futura, aún latente y
tácita
Fedor Dostoievsky
Aspirar al pensamiento de autoría en los quehaceres terapéutico significa,
entre otras cosas, asumir el desafío de afrontar los obstáculos intelectuales
de diversa índole que constituyen el tránsito hacia su conquista. Uno de ellos
lo conforma el cruce entre los abordajes clínicos y el lenguaje científico,
algo que implica necesariamente situar la centralidad de los procesos de
interpretación y producción de textos de especialización científica que
conforman las especialidades del terapeuta, a fin de que pueda comprenderse el
conocimiento disciplinar que circula en éstos, como así también la naturaleza
de los diversos géneros discursivos y formatos que lo vehiculizan, hechos que
sitúan a estas especialidades en un campo de fecunda intertextualidad.
La comprensión de los modos en que se
produce el sentido en estos soportes textuales resulta crucial no sólo para la
interpretación del conocimiento científico, sino –y en forma creciente para el terapeuta-
para la producción de éste, es decir, para la objetivación por escrito respecto
de las nuevas comprensiones del sentido de lo clínico en la infancia y la
adolescencia, bajo las formas pertinentes de comunicación de acuerdo a los
contextos en que ésta se produzca y de los destinatarios a quienes se dirija.
Afirmar lo antedicho implica
significar el cruce clínica-lenguaje científico en un doble sentido, ya
que abarca tanto la comprensión de los géneros que circulan en la clínica, a
fin de constituir un acto de escritura, como la conformación del intérprete
y autor que debe advenir en el desempeño del terapeuta, lo que constituye
un acto de implicación subjetiva, compromiso que debería ser asumido desde los primeros
tramos de la vida profesional.
La escritura de la clínica y la clínica de la escritura nombran entonces
las resonancias de este cruce: la complejidad para comunicar una experiencia
que se evidencia en el quehacer clínico y en el pensar acerca de este quehacer.
Una interrogación que se formula desde el lenguaje, en sus diversas
formas escriturarias, hacia una práctica y hacia sí mismo: “la clínica del
texto se continúa así con la clínica con el paciente en una unidad anudada por
el pacto con la palabra (...) se trata de aprender a narrar y a ejercitarse en
la lectura de los relatos de los otros para recuperar de éstos lo que nos atañe
o incumbe con relación a nuestra existencia” (Milmaniene, 2002).
Una interrogación que busca su propio
retorno, puesto que hace decir desde una práctica y desde sí hacia el
lenguaje: “se trata entonces de producir metáforas sobre metáforas, de
escribir sobre lo escrito, de decir sobre lo dicho, sobre el trasfondo de una
fuerte transferencia con el texto, lo que puede derivar en interpretaciones o
en nuevas producciones que ligan en un eslabón deseante a autores, escritores
(...) o lectores” (Milmaniene, ob.cit.). Se trata de instaurar, en el deseo de
comprender, una escritura que ilumine la relación clínica entre paciente y terapeuta.
La escritura y la organización
semiótica del psiquismo
El pensamiento posee diversas formas
para desplegar los contenidos que configura, pero sin dudas es la lengua la
forma privilegiada en que puede objetivarse y alcanzar la estabilidad necesaria
para su comunicación: “la organización misma de un contenido mental exige que
nuestros pensamientos tomen forma escrita para poder reflexionar (...) la
actividad mental, especulativa, raciocinante, analítica, es en buena parte
(...) la reflexión sobre un texto escrito (...) desplazar una coma o subrayar
una palabra tiene para nosotros el valor de un acto de pensamiento” (Cardona,
1996).
La posición sociohistórica acerca del
desarrollo cognitivo plantea que el lenguaje “genera un cambio crucial en la
configuración intelectual y afectiva. Desde un punto de vista mediacional, es
el instrumento psicológico más poderoso dentro del repertorio semiótico que una
sociedad ofrece a sus miembros, ya que sus propiedades recursivas lo convierten
en el único que puede implementar operaciones metaconcientes, o sea, el único
que permite desarrollar el pensamiento reflexivo y crítico” (Silvestri, 2004).
En este sentido, el psiquismo no puede ser pensado como externo o separado del
entorno en el que tiene lugar el sujeto, sino que constituye una condición de
la organización de su actividad práctica, en tanto establecimiento de formas de
significación.
Si como afirma Vigotski (1991) “la
conciencia se construye a través de las interacciones del individuo con el
mundo y es un atributo de las relaciones entre sujeto y objeto”, entonces la
escritura no puede ser analizada en abstracto o como fenómeno autónomo, sino al
interior de una práctica específica, y en el caso que nos ocupa, los contextos terapéutico
y pedagógico. Desde esta perspectiva “el término subjetividad estaría haciendo
referencia a la interacción en una dimensión individual mientras que el término
objetividad lo estaría haciendo el acuerdo entre varias subjetividades
(intersubjetividad)” (Santamarina, 1997). Esta concepción es reveladora a la
hora de comprender la naturaleza de una actividad social llevada a cabo
intersubjetivamente: “lo objetivo y el mundo de la conciencia no corresponden a
dos mundos diferentes, sino más bien a dos vías de percibir las interacciones
sujeto-medio, sujeto-sujeto”. (Santamarina, ob.cit.)
“El significado es el camino del
pensamiento a la palabra”, afirma Vigotski. Su análisis no deja lugar a
ambigüedades: “el pensamiento no sólo se expresa en la palabra sino que se
realiza en ella (...) es un proceso interno mediado. Es el campo de un deseo
vago hacia la expresión mediada a través del significado (...) hacia el
perfeccionamiento del pensamiento en la palabra”. (Vigotski, ob.cit.) Para este
autor, la conciencia no es algo así como una trama solitaria sino que consiste
en una forma de contacto social con uno mismo. Así, los signos no poseen
únicamente un carácter externo en tanto instrumentos objetivos de mediación
intersubjetiva, sino que se internalizan para tornarse en instrumentos internos
e intrasubjetivos en la relación de un sujeto consigo mismo. En su obra
“Pensamiento y habla” (errónemente traducida como “Pensamiento y lenguaje”),
Vigotski cita al poeta Mandelshtam para ilustrar poéticamente este fenómeno:
“he olvidado la palabra que quería pronunciar y el pensamiento incorpóreo
regresa al reino de las sombras”.
Un pensamiento que se especializa requiere de una escritura
especializada
La modalidad escrituraria de la
lengua, es decir, “el conjunto de operaciones, materiales, productos vinculados
con la producción y el uso de los sistemas gráficos” (Cardona, ob.cit.) al
adoptar formatos atinentes a prácticas específicas, adviene en instrumento de
mayor especialidad. La lengua escrita especializada, como práctica
epistémica, constituye una de las formas en que se objetiva un estado de
pensamiento científico, configurándose como una herramienta específica para
cada dominio del saber, es decir, dependiendo del modo de producción del
pensamiento en cada campo disciplinar.
Esta caracterización que concibe a la
escritura como una tecnología de carácter epistémico, la supone como
herramienta para afrontar complejidades tanto cognitivas como lingüísticas, a
la hora de elaborar el conocimiento y organizar lo pensable que hubo de emerger
del trabajo clínico. Los textos que en sus diversos géneros discursivos el
profesional debe constituir, reflejan los distintos momentos de organización en
la construcción de su conocimiento en la reflexión acerca de la clínica. Este
especialista no afronta dichos desafíos desde una identidad profesional ya
instituida, sino que se constituye subjetivamente a partir, entre otras, de
estas prácticas de escritura. “La tecnología de la escritura, al funcionar
como estructurante de los procesos de pensamiento, arma subjetividad”, afirma
Arzeno (2004).
Si la escritura configura a través de
sus marcas, lo que un profesional piensa acerca de su práctica, se está
entonces frente a una herramienta que permite desplegar las aperturas hacia
nuevas visibilidades acerca de los objetos de intervención –los pacientes,
los alumnos- y de quien lleva a cabo un quehacer clínico –el terapeuta,
el pedagogo-. Y este fenómeno debe comprenderse como constitutivo de toda
práctica disciplinar, puesto que “una disciplina es un espacio discursivo y
retórico, tanto como conceptual”, como sostienen Bogel y Hjortshoj (1984).
Lograr apropiarse de los conceptos que genera un proceso de reflexión y poder
plasmarlos discursivamente, sólo se hace posible efectuando diversas prácticas
de escritura, en las que es necesario que éstas se reconstruyan una y otra vez,
lo que equivale a afirmar que pensamiento
y escritura constituyen procesos recursivos con reescrituras sucesivas.
Comprender e interpretar los avatares
de las prácticas clínica y pedagógica entonces, significa poder leer y escribir
acerca de ellas, y “no sólo a abordarla en pensamiento u oralmente, dado que no
hay apropiación de ideas sin reelaboración, (algo) que depende en buena medida
del análisis y de la producción de escritos académicos”, según Carlino (2001).
La escritura ligada a estas prácticas constituye un instrumento cognitivo que
contribuye a conformar y sistematizar el conocimiento del profesional, debido a
que se trata de establecer una relación de conocimiento con los
materiales clínicos o pedagógicos, procedimientos y problemas conceptuales de estas
especialidades como campos científico-profesionales, es decir, la puesta en
marcha de una actitud reflexiva hacia la comprensión y producción de textos
científicos, con las dificultades discursivas y estratégicas que implica
pertenecer a una comunidad profesional.
Hacia una aventura crucial del intelecto: pensar y escribir lo que se
piensa
El trabajo intelectual tiene una
historia natural,
un poco como la de todo lo que crece.
Jerome Bruner
A la hora de indagar las dificultades
en la escritura que los terapeutas experimentan, es necesario comprender que no
sólo obedecen a las falencias en las formaciones de anteriores niveles de
instrucción, sino a que la profesión plantea desafíos cognitivos propios de los
que debe hacerse cargo: es responsabilidad del profesional aprender a
reconocerlos y afrontarlos. También las dificultades que se observan en ellos
en torno la lectura como proceso de interpretación y producción de sentido,
resultan insalvables si no se produce la apropiación de los instrumentos para
la comprensión lectora de textos científicos, que lejos de constituirse
globalmente, como se ha dicho, son específicos, es decir, propios de las
especialidades disciplinares que convergen en las prácticas clínica y pedagógica,
puesto que poseen modos de argumentar e interpretar textos de su dominios.
El terapeuta se configura como tal al
interior de prácticas de perfeccionamiento como un modo de afianzar una
formación, así como de prácticas profesionales, que permiten maximizar
desempeños especializados, que devienen en parte de anteriores “oficios”: el de
estudiante terciario o universitario, que a su vez es tributario del “oficio de
alumno” de los niveles anteriores. El
concepto de oficio alude a las posibilidades de asumir actividades que
permiten sostener una tarea productiva en el seno de una organización; esto es,
recursos a emplear, normas a observar, autoridades que consultar,
representaciones a compartir, etc. (Bourdieu, 1975).
La intervención clínica por lo tanto,
provoca un trabajo estructurado en actividades que exigen esfuerzo, disciplina
y concentración, desplegando saberes y un saber hacer específicos (Perrenoud,
1990). Si como plantea Olson (1998), la cultura escrita es una condición
cognitiva y social donde al leer y escribir se está participando de una
“comunidad textual”, la vida intelectual que se lleva a cabo en las instituciones
especializadas revisten necesariamente marcas de constitución e implicación
subjetiva.
Por lo antedicho, lo que está en
juego en este proceso es el aprender a aprender (crucial por demás para
quienes se están formando o actualizando en clínica psicopedagogica) en una
cultura letrada específica, novedosa para los estudiantes terciarios o universitarios,
ya que las prácticas más usuales transitadas por ellos se
han caracterizado por la exposición a una única fuente de información -el libro
de texto- o las explicaciones de los docentes, y por la demanda de tareas de
escritura casi siempre dirigidas a reproducir los contenidos de ese texto o de
la exposición oral, a través de resúmenes o de respuestas a preguntas.
También esta cultura es novedosa para el joven profesional, puesto que
requiere de una emancipación del pensamiento en el proceso de
constituirse en un especialista generador de conocimiento, y en ocasiones
apropiarse de nuevos marcos teóricos a pesar de sus saberes previos. Es
importante observar que un proceso de apropiación de carácter semiótico como
éste, también ha sido caracterizado como alfabetización académica,
compuesto por un conjunto de destrezas que si bien entablan necesarias
relaciones, poseen una relativa independencia: destrezas lectoras, escritoras,
cognitivas, sociales y discursivas (Santamaria Santigosa, 2004). Sin embargo,
es necesario observar los riesgos de pensarlas unidimensionalmente como un
sumatoria, cuando se trata en realidad de fenómenos que convergen en una actividad
discursiva.
El proceso de escritura como proveedor de nuevas ideas
Desde el punto de vista mediacional,
el lenguaje es el instrumento
psicológico más poderoso dentro del
repertorio semiótico que
una sociedad ofrece a sus miembros,
ya que sus propiedades
recursivas lo convierten en el único
que puede implementar
operaciones metaconcientes, o sea, el
único que permite
desarrollar el pensamiento reflexivo
y crítico.
J. Lucy
Las demandas que el profesional debe afrontar, reclaman utilizar
múltiples fuentes de información para acceder a puntos de vista diferentes y
llevar a cabo la confrontación de ideas a la hora de reflexionar sobre sus
intervenciones clínicas o pedagógicas, algo que implica a su vez, estar en
condiciones de producir actividades de escritura con diversos propósitos que le
exijan integrar, evaluar y transformar la información obtenida a partir del uso
de fuentes teóricas y técnicas, a fin de consolidar y demostrar su adecuado
desempeño como certificación del conocimiento que todo profesional debe poseer.
Aprender a aprender en este contexto profesional del que se forma parte, supone tanto la
capacidad de organizar el trabajo clínico, identificar las diversas fuentes de
información y servirse de ellas para fines específicos, como la condición de
interpretar datos en términos de indicadores clínicos o dificultades de
aprendizaje, la habilidad de formular hipótesis y la posibilidad de realizar
estrategias clínicas diagnósticas y planes de tratamiento.
El planteo que desde estas páginas se
propugna en relación al desarrollo de este tipo de estrategias escriturarias del trabajo intelectual, sostiene que
resulta necesario que el profesional se explicite a sí mismo los niveles de
comprensión alcanzados en relación al desempeño adecuado del habitus
(Bourdieu, 1988) de actor social de una profesión, activando o apropiándose de
aquellas competencias que le permitan abordar una serie de tareas clínicas o
pedagógicas en forma productiva, haciendo uso de normas, recursos y técnicas que podrían ser susceptibles de traslado a otras
situaciones en su práctica, puesto que un conjunto de habilidades especiales
estrictamente profesionales como las mencionadas en el párrafo anterior, junto
con las diversas comunicaciones en torno a ellas, forman parte del amplio arco
de incumbencias de una profesión.
Esto no constituye solamente un cambio en las modalidades de estudio
provenientes de sus instancias de formación como profesional, sino una
verdadera ruptura epistemológica, ya que se trata de una concepción del
conocimiento inconmensurable con la conocida durante el proceso de formación en
sus inicios: el conocimiento otrora concebido como producción anónima,
atemporal y verdadera, se desmantela para dar paso a una concepción que lo
caracteriza como histórico, autoral, provisorio y conjetural.
Es el profesional quien debe formular el posible encuentro entre sus
saberes previos y el saber disciplinar y su necesaria reestructuración. Desde
luego, es importante observar que creencias y teorías contradictorias en el
contenido de los saberes pueden coexistir en un mismo sujeto (Pozo y Gómez
Crespo, 1998), así como la posibilidad de producir respuestas “exitosas”
utilizando un conocimiento que puede ser reproducido sin ser profundamente
comprendido (de la Cruz, Scheuer y Castorina, 2001).
De lo que se trata entonces, es de
dominar prácticas discursivas particulares, es decir, buscar, adquirir,
elaborar y comunicar conocimiento en forma distintiva a otros ámbitos
disciplinares, aun existiendo cierta afinidad con otras prácticas que abordan
la población infantil y adolescente. Este tipo de apropiación discursiva no se
reduce a aprender a leer y escribir desde una disciplina para “decir” o
reproducir el conocimiento elaborado por otros de manera eficaz, sino que
consiste en abordar prácticas y estrategias cognitivas y lingüísticas para
“transformar” y construir conocimiento, alcanzando la necesaria reflexión sobre
la propia práctica, a fin de poder situarse a lo largo de las etapas de
formación, actualización y perfeccionamiento en un plano metacognitivo y
en la flexibilidad propia de la búsqueda intelectual y el pensamiento crítico.
Ya desde la actividad académica de
los estudiantes avanzados durante las carreras de grado, se produce la
exigencia de prácticas lingüísticas cada vez más complejas en relación con los
contenidos disciplinares y las actividades que los preparan para la asistencia
clínica o pedagógica y la investigación, como componentes de la vida
profesional. Los estudiantes cursantes de los últimos tramos de su formación
deben operar con los contenidos disciplinares puestos en juego en las materias
que han cursado y, al mismo tiempo, producir textos pertenecientes a los
géneros discursivos que se les solicitan en nuevas etapas de su formación, para
dar cuenta de esas operaciones y de los nuevos contenidos. El lenguaje es el
centro de estas actividades: a la vez que permite la construcción de conceptos,
es el medio para la realización de estas prácticas. Los últimos tramos de las
carreras exigen, por lo tanto, el aprendizaje de nuevos géneros,
entendidos como actividades sociales especializadas llevadas a cabo a través
del lenguaje, con un propósito definido en relación con el contenido
disciplinar y con el ámbito laboral.
Son conocidas las dificultades para
alcanzar las competencias necesarias para desempeñarse adecuadamente en la
comprensión y producción de estos géneros, y cómo éstas persisten hasta el
final de las carreras. Estos problemas, que a menudo obstaculizan las
actividades intelectuales de lectura interpretativa de la bibliografía, y la
producción trabajos escritos de complejidad creciente como monografías,
informes, presentación de casos en ateneos clínicos, artículos para revistas
especializadas, ponencias para congresos, etc., requieren de reconocimiento y
reflexión por parte del profesional para constituirse como sujeto de su
propio aprendizaje a fin de enfrentar las complejidades que entraña, por
ejemplo, la selección de contenidos disciplinares pertinentes para la escritura
de textos con propósitos diversos, la confrontación de las diversas posiciones que
se sustentan acerca de una problemática o la propia argumentación en el seno de
una discusión respecto del abordaje con pacientes.
La confección del informe clínico implica poner en juego
diversas operaciones de lectura interpretativa y escritura autoral. Esta
producción requiere llevar a cabo diversos procesos de escritura que presentan
sus propios desafíos, ya que requieren de competencias de escritura específicas
necesarias, que implican una apropiación gradual activa de bibliografía
especializada, de reflexión específica sobre los sujetos abordados y de formas
de comunicación por escrito de este proceso, que requieren de competencias
discursivas explicativas y argumentativas. Cuando se trata de elaborar un
género discursivo como éste, sólo resulta posible si se sostiene a partir de
una implicación personal respecto de los contenidos abordados y su
interpretación, al comunicar por escrito la concepción de estrategias clínicas o
pedagógicas de análisis e interpretación.
La práctica de la escritura profesional: el caso del género Informe
La escritura de la clínica y de la
práctica pedagógica, por tratarse de tipos de escritura científica, pueden
definirse entonces -como hemos planteado más arriba- en tanto tecnologías de carácter epistémico, a la
manera de herramientas para afrontar complejidades cognitivas, propias del
quehacer clínico o pedagógico, y linguísticas, relativas a los modos de
comunicación de estos quehaceres.
Este proceso de constitución puede
desencadenarse desde las primeras producciones escritas de los terapeutas, por
lo que estos profesionales deben comenzar a desplegar y sistematizar la
escritura en diversos géneros discursivos especializados, hasta la instancia del
Informe clínico.
La práctica de escritura que el profesional
lleva a cabo, propicia desencadenar el proceso subjetivo de autoría. La
escritura de este género discursivo está ligada tanto a la reflexión teórica
como a la práctica clínica y constituye entonces un instrumento cognitivo que
contribuye a conformar y sistematizar el conocimiento del profesional respecto
de su paciente, puesto que se trata de establecer una relación de
conocimiento con materiales clínicos, procedimientos y problemas conceptuales
de la clínica como campo científico-profesional, es decir, la necesidad de
desplegar una actitud reflexiva en una dimensión que despliega un proceso
respecto de un espacio privado o institucional, donde se producen los
encuentros en los que se lleva a cabo la comprensión de problemáticas que
atreviesan niños y adolescentes, con las complejidades teóricas y discursivas
que implica pertenecer a una comunidad profesional de intervención clínica y de
reflexión crítica.
Es por ello que el proceso de
producción del Informe tiende a que el colega terapeuta sistematice los
discursos académico-científicos mediante el análisis y la interpretación de
bibliografía especializada, así como apropiarse de los rasgos de conformación
que presenta este tipo de género discursivo, a fin de su escritura alcance el
estatuto de una elaboración de una producción científica.
A propósito de esto, analicemos a
continuación algunos fenómenos presentes en el proceso de producción de la escritura
especializada:
- Los obstáculos en la escritura del
Informe
El tipo de género Informe requiere
comunicar y desarrollar, a través de la escritura, la relación profesional
activa que el terapeuta debe entablar con problemáticas teórico-clínicas y la
literatura especializada que las soporta. Es importante por ello, destacar una
de las dificultades características que este tipo de escritura presenta, como
consecuencia del tipo de actitud que el profesional no debería
adoptar en este proceso: la posición de observador externo de las
problemáticas y bibliografías especializadas, ya que constituye un obstáculo
para la implicación subjetiva que requiere el desempeño de todo profesional.
Esta posición impacta en la escritura en forma directa, y posee ciertos rasgos
problemáticos, puesto que este tipo de escritura plasma un análisis neutral,
producto de la recolección de observaciones o datos “crudos” sin
elaboración del profesional respecto de la problemática abordada. Un Informe
así confeccionado representa una escritura donde resulta notoria la ausencia de
preguntas e hipótesis del profesional. Las observaciones “externas” al éste
hacen que éste se represente al paciente como un objeto de investigación que le
es ajeno, en este caso, la ajenidad respecto del conjunto de reflexiones
diversas que se llevan a cabo a propósito de problemas conceptuales, casos
clínicos, intervenciones terapéuticas y las dificultades teórico-metodológicas
que éstas implican.
Este modo de escritura se asemeja más
a la redacción de un informe de bibliografía, donde la acumulación de
fragmentos de de lo que sucede hace que los fenómenos de reflexión aparezcan
como naturales e inmutables. Esta posición adoptada por el profesional refuerza
una visión que remite a la distinción entre sujeto-objeto en las filosofías
clásicas como el empirismo, en la que el sujeto-observador examina los hechos
naturales que ocurren en un mundo físico en el que no interviene. Se trata de
una escritura en la que el rol de la subjetividad
en el proceso de construcción y organización del conocimiento está
divorciado del conocimiento mismo. Esta división de la trama del ámbito de la
reflexión de otros como parte del mundo social -concebido como físico- en
objetos y clases promueve la consideración de esta escena como objeto de
observación semejante a una máquina, e implica ver el mundo social como
realizado por terceros.
Es por ello que el lenguaje escrito
en el Informe puede quedar reducido a mero “reflejo” de la realidad pensada por
otros, en el que el profesional plasma una mirada unidimensional y unilateral
que aletarga, empobrece y degrada el pleno poder del lenguaje, porque lo reduce
a una especie de transparencia cuya función representa el intento por mostrar
el mundo observado de manera “fidedigna” y “objetiva”.
- La implicación subjetiva en la
escritura especializada
El pasaje de una supuesta objetividad
a la producción de un informe especializado constituye un proceso no exento de
complejidades, pues implica la asunción de otra posición respecto de la de
observador externo. Cuando un sujeto aparece inscripto en la situación que
nombra, deja marcas textuales de su presencia en los enunciados de su texto. Es
decir, produce una relación entre su texto y la situación de comunicación o de
enunciación en la que ese texto se inscribe, donde no sólo nombra a otros, sino
a sí mismo. Dentro de cada texto aparecen diversos elementos lingüísticos
(palabras o grupos de ellas) que señalan la relación entre los enunciados y los
participantes del acto de comunicación o entre la actitud del enunciador -psicopedagogo-
respecto de lo que enuncia, es decir, la posición que adopta frente a la temática
abordada o los comentarios vertidos. La actitud o posición queda marcada en los
enunciados a través de clases de palabras que constituyen la implicación
subjetiva del enunciador.
El enunciado es lo que el profesional
concretamente escribe al tomar en cuenta quién lo escribe, a quién es dirigido,
respecto de qué situación y en qué situación posterior es producido. Esta
posterioridad permite la interpretación personal respecto de la problemática
elegida para la elaboración del informe clínico.
El pleno poder del lenguaje reside en
su capacidad configuradora y valorizadora de aquello que se nombra e intenta
comprender. Es por ello que el género Informe constituye una actividad de
escritura en la que se despliega la subjetividad del clínico, que debe ligarse
a la reflexión y práctica clínica, acompañando en forma creciente los análisis,
interpretaciones y discusiones que se suscitan en torno de las problemáticas clínicas
que estructuran un tratamiento.
La estructura de este tipo de
escritura combina significados subjetivos, donde se plasma la mirada del autor,
con significados científicos. Estos textos construyen un campo de
interpretación e indagación del conocimiento y un tipo de relación particular
entre el destinatario del Informe y el escritor del mismo.
Como producto de la implicación
subjetiva, en las cláusulas del texto se utilizan la deixis de persona (“yo
pienso”) y posesiva (“mi interpretación”) para relacionarse con el
ámbito de la problemática, como así también la modalización (“probablemente
no sea generalizable lo que afirmo”) y las marcas subjetivemas (“una reflexión ambigua”,
“una respuesta errónea”), además de los recursos característicos de un
género académico (1). Es decir, el psicopedagogo, como autor de un texto, emplea recursos
enunciativos, junto con datos del conocimiento científico de las áreas
pertinentes respecto de las temáticas abordadas.
Con el propósito de ilustrar este
procedimiento, comparemos estos dos fragmentos de Informe:
a) “...Es importante pensar un dispositivo
psicopedagógico de estas características tomando los aportes antes mencionados,
partir de concebir a la cultura como aquella que moldea la vida de los sujetos,
que por ende es la encargada de producir y reproducir modelos culturales (...)
si se concibe esta idea de que el ser humano se construye con otros, es
impensable la posibilidad de aislar este dispositivo de las demás actividades
humanas, ya que dentro de él, el psicopedagogo podrá observar la suma de conciencias,
el plus de miradas e interpretaciones de la transformación subjetiva. Para
entender el dispositivo se hará un recorrido por distintos trabajos vinculados
a diferentes autores, exponentes del constructivismo socio-cultural."
b) “...por todo lo que he expuesto, sumado mi gran
interés por la matemáticas, me convocan para presentar argumentos al "por
qué" y "para qué” explorar y trabajar en los terrenos de este
conocimiento. En la clínica psicopedagógica, nuestros pacientes son los
protagonistas principales y por ello haré referencia insistentemente a sus
peculiares razonamientos y comentarios característicos que surgen a borbotones
(...) Entiendo que debemos trabajar coordinando varias cuestiones importantes:
considerar el contexto de donde proviene el paciente, su modo de acercamiento a
la matemática, sus conceptualizaciones personales, entre otras: esto nos
permitirá adentrarnos en lo que propongo denominar "creencias
matemáticas"..."
En el primer ejemplo, la persona del autor
prácticamente no está marcada en el texto, se trata de un Yo ausente,
que procura un tono “objetivo” respecto de una situación a la que no parece
pertenecer. En el segundo ejemplo, se observa la subjetividad del enunciador a
partir del uso de deixis, modalidades y subjetivemas. Se trata de un Yo
presente a partir de su presencia activa respecto de la situación a la que se
refiere, donde introduce marcas de valorización de aquello de lo que habla,
incluso de sí mismo.
A modo de conclusión
Es por todo lo antepuesto, que el clínico
debe observar que la comprensión y la producción de textos científicos están
intrínsecamente vinculadas a la construcción de conocimientos específicos de
los diversos saberes disciplinares que intervienen en su reflexión y práctica
clínica o pedagógica. También es relevante observar que los modos de leer y
escribir dentro de estas comunidades disciplinares revelan modos de
pensamiento diversos. Como se ha dicho más arriba, esta auto-reflexión
también permite comprender, en primer lugar, a la escritura en su función
epistémica, ya que constituye un aprendizaje de una tecnología para pensar
para dirigirse a diferentes posibles destinatarios; en segundo lugar, promueve
el análisis de la estructura esquemática de los géneros discursivos
involucrados en los quehaceres terapéutico y pedagógico, y de su realización
sobre los contextos en los que se producen; por último, permite alcanzar una
reflexión sobre el texto como proceso,
para después poder analizarlo como producto.
Es así que a través de este camino de
cruce entre clínica y lenguaje científico se construye un proceso de
realización profesional: por medio de la escritura especializada también se
conforma y consolida la identidad profesional. Desde el lenguaje y hacia el
lenguaje, la conformación de una voz personal.
Notas
(1) para considerar los rasgos de un género académico, consultar Amaya,
O. “Comunicar la clínica: el informe psicopedagógico. Pasos hacia una prosa
científica”.
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