Pensar este modelo desde la
perspectiva interdisciplinaria invita a “descender” a la singularidad
subjetiva, tomando distancia de abstracciones, universales diagnósticos, de
tipos de “normalidad” y supuestas desviaciones, a fin de constituir una mirada
clínica de la diversidad de singularidades que presentan nuestros pacientes en
sus procesos de aprendizajes, y de las problemáticas en torno a estos procesos.
Todo ello es que implica conceptualizar a la clínica psicopedagógica desde el paradigma de la
complejidad: algo que requiere de un cuidadoso trabajo, a fin de comprender este posicionamiento y los compromisos
teóricos y clínicos que ello implica, puesto que se trata de una tarea difícil y no siempre entendida.
No resulta sencillo comprender que un pensamiento complejo no constituye un
pensamiento totalizador, no se trata de una explicación que busca la completud,
o alguna verdad que todo lo abarque; se
trata de otro modelo diagnóstico y de tratamiento clínicos, que deja abierto un
espacio de incertidumbre, de lo incalculable o no anticipable, lo
no-cuantificable, de búsqueda no acabada de la comprensión de la singularidad
subjetiva. El obstáculo epistemológico al que nos enfrentamos los clínicos
psicopedagogos es el siguiente: el problema no es no saber, el problema es no
saber que no se sabe, y por lo tanto, suponer que lo que sabemos es la
totalidad de lo que puede saberse.
Un dispositivo clínico así planteado posee otra temporalidad diferente a la
cronológica, a las urgencias de lo escolar, lo familiar, incluso a la de otros
tratamientos. Esa otra temporalidad: la de los procesos de subjetivación de
producción de sentido, el trabajo de propiciar que lo que ocurre sea un objeto
pensable, lo que permite el advenimiento de posiciones subjetivas del sujeto
aprendiente en la apertura de espacios clínicos de reflexión.
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